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Juegos de Reconocimeinto e Invención de Identidades: Ser o no
Ser... Ilegal
Por María Carman
Licenciada en Trabajo Social. Becaria de investigación
categoría iniciación UBACyT. Forma parte de subsidios de investigación
colectivos respecto a la temática de ocupaciones ilegales de casas
tomadas y problemáticas de identidades sociales. Inserta en el Area
de Estudios Urbanos del Instituto de Investigaciones Gino Germani.
U.B.A. Docente de Antropología en la Carrera de Trabajo Social U.B.A.
E-mail: Carman@fsoc.uba.ar |
INTRODUCCIÓN
A lo largo de estas páginas nos proponemos reflexionar e "inscribir"
algunas cuestiones que surgen del trabajo de campo que estamos realizando
en el barrio del Abasto, en el marco de una beca de investigación.
Dicho trabajo investigativo indaga acerca de las disputas materiales
y simbólicas, al interior de este entramado barrial, entre los ocupantes
ilegales de casas tomadas y los demás actores sociales.
Como parte de esta lucha por la apropiación del espacio urbano,
procuramos develar de qué manera las casas tomadas configuran estrategias
habitacionales para estos sectores populares. También nos interesa,
entre otras cosas, ahondar en las prácticas y discursos que se construyen
en relación a los "otros" del barrio, a la vez que evidenciar
de qué manera los actores se apropian diferencialmente de los bienes
materiales y simbólicos de este escenario barrial.
El barrio que nos incumbe es denominado por el sentido común de
la gente como "el Abasto", ya que allí fue emplazado,
a fines del siglo pasado, el Mercado Central de frutas y verduras,
en torno del cual se desarrolló una vasta actividad sociocultural.
Retomamos entonces esta denominación, procurando respetar los límites
barriales que más se aproximan a este imaginario vecinal y a las
singulares características edilicias que se entretejen alrededor
del mercado. El Abasto cuenta con dos peculiaridades difíciles de
hallar juntas en otros barrios de Capital: a) su ubicación céntrica
y b) su gran cantidad de espacios vacíos (baldíos, antiguos depósitos,
casas abandonadas, etc.) que antes eran utilizados por el mercado,
el cual fue clausurado hace 10 años, produciendo una profunda recesión
en la zona. Otras de las peculiaridades que distinguen a este barrio
es el marcado contraste entre los distintos grupos sociales que
allí conviven, ya que encontramos residencias de clase media (edificios,
casas dúplex, etc.) contiguas a deteriorados conventillos de sectores
populares.
En particular, el problema que hemos de plantearnos aquí es el
siguiente: cómo inciden los argumentos del sistema de clasificación
oficial respecto a los ocupantes ilegales, en la construcción de
identidades sociales de este sector y de otros afines? Tomaremos
para el análisis la confrontación de dos casos: el de los ocupantes
ilegales propiamente dichos -los actuales y más famosos "pobres"-
y el de los antiguos trabajadores del mercado de Abasto, que también
habitan precariamente en el barrio, dispersos en hoteles pensión
y veredas reparadas del viento.
OCUPANTES ILEGALES: UNA "MARCA" CON POCA "CHAPA".
El rótulo de "ocupante ilegal" abarca, con sus precisas
sílabas, a estos pobladores dispersos y anónimos que se han apropiado
silenciosamente de lugares ociosos -edificios, casas, baldíos, bajos
de autopistas, garitas de plazas- a lo largo de estos últimos 15
años. Esta alternativa habitacional de los sectores populares tiene
actualmente un peso significativo dentro del paisaje urbano de la
Capital Federal: mientras que en 1980 existían aproximadamente -según
el Censo- unos 37.000 ocupantes gratuitos, los datos del último
Censo nos permiten estimar -con un cierto margen de error- que existe
una población ocupante que ronda las 200.000 personas.
El contenido que se asigna al término de ocupante dista de ser
neutro, en tanto la imagen social hegemónica los uniforma como inmigrantes
ilegales asociados a actos delictivos. En este contexto, se les
atribuye determinados atributos fijos: se trata de individuos salvajes,
fuera del sistema, que "rompen candado" y transforman
la vivienda ultrajada en "aguantadero" de sus actividades
non sanctas. Podríamos decir que existe aquí una pretensión de homogeneización:
se intenta "unir a todos en un mismo destino y en torno a intereses
idénticos".
En el mismo gesto en que estos elementos -aparentemente persistentes
y comprobables- se enfatizan, son adoptados como emblemas de identidad
para marcar, desde las miradas del afuera, la especificidad de ese
grupo social. Los rasgos y prácticas descriptas son priorizados,
en los esquemas de percepción y clasificación dominantes, como criterio
para la imputación de la marca de ocupante ilegal, y la consecuente
calificación del individuo que "cae" dentro de dicha denominación.
Así, los ocupantes ilegales no ven reconocida su especificidad más
que como estigma.
Hemos de retomar entonces, para nuestro análisis, esta categoría
de "ocupantes ilegales" que se encuentra constituida a
priori por sectores sociales con diversos intereses, si bien se
encuentra naturalizada como si se tratara de una "realidad
dada", homogénea, deducible de determinadas condiciones materiales
de vida.
LA DISPUTA EN TORNO A LA CLASIFICACIÓN: LAS ESTRATEGIAS DE
LOS MÁS ILEGALES.
A partir de lo enunciado, es posible hablar de una identidad
de los ocupantes ilegales? Como primera instancia, debemos señalar
que esta cualificación externa que define ciertos atributos como
característicos de los ocupantes ilegales, no resulta suficiente
argumento para definir la identidad social de este sector.
Estos esquemas clasificatorios tienen "el poder de hacer ver
y creer", organizando el mundo a través de diversos principios
de visión y división. No obstante, la imposición de esta definición
como legítima no está exenta de conflictos; en todo caso, se trata
de "cristalizaciones provisionales" en constante movimiento
que delimitan permanentemente nuevos trazados de "otros-nosotros".
En otras palabras, los sistemas de clasificación, así como la atribución
de identidades sociales, son objeto de disputas.
En el caso que nos concierne, los ocupantes generan estrategias
de manipulación de identidades en procura de obtener un lugar
social más favorable, las cuales se combinan con estrategias materiales
de acceso a la vivienda y a los consumos colectivos, para enfrentar
la expoliación urbana de estas ciudades. (Acaso sea necesario
aclarar que, desde esta perspectiva teórica de la que estamos partiendo,
existe -en términos de García Canclini- una "indisolubilidad
de lo económico y lo simbólico, de lo material y lo cultural",
por lo que estas dimensiones sólo pueden ser separadas en términos
analíticos. Asimismo, consideramos que los conflictos urbanos no
sólo tienen origen en las contradicciones propias de la urbanización
de tipo capitalista, sino también -y crecientemente- en procesos
que tienen lugar en el campo de lo simbólico, por lo que
sería impensable limitar el análisis de nuestra problemática a sus
dimensiones meramente materiales -en nuestro caso, la estrategia
habitacional de ocupación de casas-; sin considerar, en el mismo
gesto, las "astucias" de distinción que también despliegan
estos actores sociales. Consideramos fundamental, pues, indagar
acerca del "otro" a partir de la categoría de cultura,
en tanto ésta "...se vuelve fundamental para entender las relaciones
y las diferencias sociales").
Volviendo a las estrategias de orden simbólico de este grupo social,
resulta interesante reflexionar cómo se expresan en un contexto
urbano marcado por una enorme diversificación de modos de vida y
concepciones del mundo, en donde se vuelve impensable "...una
experiencia de la totalidad, ampliamente compartida, capaz de engendrar
una identidad social común y duradera". Frente a este marco
de fragmentación social, cómo pueden los mismos "ocupantes
ilegales" conferirle un nuevo status a ese término con el que
son designados, si la noción conlleva en sí misma el estigma de
la ilegalidad, la burla de la lógica de la propiedad privada?
A partir de aquí podemos desplegar algunos supuestos respecto
a la construcción de identidades en los ocupantes ilegales. Estamos
en condiciones de argumentar, a partir de nuestra experiencia de
trabajo en terreno, que los ocupantes disputan no sólo el nombre
que los designa sino también los sentidos que le vienen asociados.
Contrariamente a los habitantes de las villas miseria, que se apropiaron
del rótulo estigmatizante con los que son nombrados por la sociedad
-"villeros"-, resignificándolo en términos reivindicativos,
los ocupantes no se denominan a sí mismos de tal manera. O, en todo
caso, se apropian del término pero lo usan de una
manera distinta a aquella proveniente de los "ecos ajenos".
Desde sus percepciones, ellos no son ocupantes, sino
que están ocupando: el hecho de habitar "provisoriamente"
esa casa inviste una situación de ilegalidad, y no ellos, que en
última instancia son una suerte de "trabajadores caídos en
desgracia", de ciudadanos pauperizados... Por lo que ellos
no serían casi ocupantes: se trata más de una fatalidad, una mala
jugada del destino que va a revertirse.
Estas identidades más cotizadas socialmente que la de "ser
un intruso" se representan en pos de un determinado interlocutor
que les imponen un modo de ser asociado a la ilegalidad, ya sea
el Estado, algunos medios de comunicación, o los vecinos de clase
media con los que comparten el espacio barrial en disputa. A través
de la puesta en práctica de este sentido del juego, los ocupantes
disputan un lugar social más favorable, mostrándose ante la sociedad
con diferentes caras de sí mismos.
Una de las caras posibles se vincula con la construcción de una
diferencia con los demás ocupantes, los cuales son ubicados en el
"polo negativo":
"...Y es así, ojo, es verdad que hay gente que le gusta
vivir en la mugre, por ejemplo a éstos (señala hacia el fondo
del baldío, donde están los cartoneros) les conviene vivir acá
en el terreno baldío porque así pueden traer todas esas porquerías
que traen... (se pone muy seria) Pero no todos viven así porque
les gusta... los problemas no son todos iguales..."
"Acá por ejemplo somos 20 familias. Toda gente de trabajo,
laburante, excepto en 3 ó 4 piezas que son los que andan en
la drogadicción, o en el robo, y que vienen acá porque tienen
las puertas abiertas, entonces les conviene, nadie los vigila..."
Se construye de esta manera una gama de distinciones que compone
un intrincado sistema de clasificación interno de los habitantes
de casas tomadas. Estas sutilezas discursivas se combinan, a su
vez, con diversas estrategias materiales dirigidas a lograr
una mayor permanencia en la casa, o a borrar las "huellas"
que los desprestigian socialmente.
Por un lado, dichas estrategias se expresan en el arreglo de la
fachada de la casa, el pago de los impuestos, o la aspiración de
convertirse en inquilinos municipales, situaciones que les permitiría
acceder -desde la percepción de este grupo de ocupantes- a una mayor
legalidad social:
"(...) acá viene cada negrito querida que te querés
morir... Está viniendo cada uno últimamente... Yo los trato
de convencer para que entre todos arreglemos la casa... La otra
vez hice una reunión y todo, que era para que juntemos 10$ cada
uno por dos meses.
Si fuera así, viste, lo enfrentaríamos de otra manera, porque
si aparece el dueño y la casa es un desastre, tiene todo el
derecho de sacarnos, pero si uno lo estuvo cuidando y además
lo mejoró no va a ser tan fácil sacarte... Eso te da más seguridad,
lo podés luchar más...
Lo que ellos no se dan cuenta es que si lo arreglamos somos
menos usurpadores, menos depredadores, y nos van a tirar manos
bronca, nos van a mirar de otra manera, y podemos conseguir
más cosas... la van a pensar más veces antes de sacarnos..."
No obstante, la estrategia que prevalece entre los ocupantes del
barrio estudiado no es la que acabamos de mencionar, sino la que,
por el contrario, apuesta sus fichas a lograr el perfil más bajo
posible. La mayoría de los ocupantes procura que sus casas resulten
desapercibidas en el escenario barrial. Para ello disimulan las
entradas que resultan muy visibles, mantienen cerradas las persianas
que dan a la calle en forma permanente, se privan de la luz del
día o restituyen la puerta principal allí donde no existe, etc.
El trabajo de campo que hemos llevado a cabo pudo reconstruir, en
parte, la lógica que subyace a estas prácticas de ocultamiento.
Desde la perspectiva de los ocupantes, los habitantes de las casas
y baldíos que exhiben "demasiado" su ilegalidad serían
los "peores jugadores":
"SH: Igual no creo que venga [la orden de desalojo] todavía.
Acá hay gente que hace 15 años que está viviendo acá, y todavía
no pasó nada... Aunque la otra vez vi que habían sacado a unos
de un frigorífico, no me acuerdo cómo se llamaba...
Yo: los de las bodegas Giol?
SH: Ah sí esos... Y después en la cuadra esa de la vía, una
que yo paso siempre que está llena de vidrio y cartone', que estaba
tomado bueno, yo siempre pasaba y los veía pero ahora los sacaron,
no quedó nadie. Está la policía ahora ahí, cuidando que no lo
tomen...
Pero era un asco eso, era un villerío yo creo.
Yo: Por qué un villerío?
SH: Sí claro porque estaba lleno de cosa', además todos los
que pasaban los veían, si pasan un montón de colectivos por ahí
y no los tapa nada, estaba ahí a la vista de todos.
Acá por lo menos tenés una puerta, y quién sabe cómo vive
uno, si adentro hay departamentos o qué? La gente no se entera,
salvo ponele vos o las chicas, que vienen y entran, pero sino
el resto no sabe que es una casa tomada... Y es como que... cómo
te explico... estás más tranquilo...
Yo: Como que te protege?
SH: Exactamente, tenés protección."
La fachada está íntimamente ligada, pues, a la mayor o menor legalidad
de los ocupantes. Las casas más expuestas a la mirada de los "otros",
las que más disputan el espacio público (apropiación de las veredas
o la calle para comer, hacer sus necesidades, etc.) son las más
estigmatizadas. Desde la percepción de los ocupantes, la extrema
visibilidad de una casa tomada, la hace "merecer" mayores
controles policiales y allanamientos, e incluso el desalojo. Inversamente,
la posibilidad de volverse "invisibles" frente a los ojos
de los demás, les permitirá poner en juego a los ocupantes un mayor
número de maniobras para ser, dentro de la ilegalidad, los más legales
posibles.
La complejidad de la problemática, que estamos en vías de analizar,
excede los límites de este trabajo, y es por ello que optaremos
por no entrar en mayores puntualizaciones. Lo que nos interesa resaltar,
en relación a lo expuesto, es que los habitus y prácticas
de los habitantes de casas tomadas -sumadas a sus historias residenciales
y laborales- nos remiten a identidades múltiples y fragmentadas,
que ponen en cuestión la pretendida homogeneidad que se les imputa
a estos sectores desde las miradas prevalecientes del sentido común.
Creemos entonces que, como punto de partida para el análisis de
las identidades de un grupo social, es necesario no deducir las
identidades de las condiciones materiales de vida -vale decir, como
si fuera algo "dado", observable- sino partir de los modos
en que esta identidad es simbólicamente representada, dentro de
esta lucha por el reconocimiento social.
EL CASO DE LOS POBRES DE LA VIEJA CAMADA: LOS "DUEÑOS
LEGÍTIMOS" DE LA HISTORIA LOCAL.
Las disputas que se generan en torno de reconocimientos y clasificaciones
también refieren a otros habitantes precarios del barrio en cuestión.
Hemos de reparar, específicamente, en el caso de los antiguos trabajadores
del mercado, que permanentemente son confundidos con los ocupantes
ilegales en las percepciones de otros actores locales más cotizados
-propietarios, comerciantes, etc.- .
Con la expresión antiguos trabajadores del mercado aludimos
a ex-changarines y pequeños puesteros del mercado que continúan
viviendo en los alrededores del Abasto en condiciones de gran pobreza.
Incluso algunos de ellos -pese a la edad avanzada- viajan regularmente
hasta el actual Mercado Central, ubicado en la autopista Ricchieri,
para "hacer unos pesos". Nuestro contacto se centró en
tres de ellos: uno de ellos vive en forma permanente en la vereda
del mercado abandonado; otro en un hotel pensión enfrente del mismo;
y el último en una famosa cantina tanguera hoy cerrada, cuyo dueño
consiente que habite a cambio de cuidado y arreglos.
El caso de estos "pobres de la vieja camada" que aún
subsisten en el escenario barrial resulta interesante para retomar
las sutilezas de los juegos de reconocimiento y diferenciación dentro
de una relación de fuerzas desigual, en donde éstos -al igual que
los ocupantes- ocupan una posición subordinada en el sistema de
clasificación hegemónico.
En términos de Bourdieu, el espacio social se modela como un espacio
de relaciones en donde los actores sociales se definen por sus posiciones
relativas en el mismo: "...el mundo social se presenta (...)
como un sistema simbólico que está organizado según la lógica de
la diferencia", y es por ello que "el espacio social tiende
a funcionar como un espacio simbólico". Esta aseveración cobra
sentido si tenemos en cuenta que las propiedades materiales, una
vez que son percibidas y apreciadas en relación a otras propiedades,
funcionan como propiedades simbólicas: las diferencias materiales
se retraducen en signos de distinción o marcas de infamia y vulgaridad.
Desde esta perspectiva, el "rating" social que adquieren
los ex-trabajadores no difiere de aquel que obtienen los ocupantes
ilegales. Incluso podemos argumentar que la disputa construida alrededor
de la diferencia es tanto más grande en los espacios más
próximos de la distribución social, aquellos espacios que incluso
para un observador extraño serían homogéneos, de tan próximos. La
Lucha por la diferencia específica, por la última diferencia enmascara,
pues, este género común.
Es por ello que, como veremos, estos "viejos pobres"
acuden a los "tesoros" de la historia local para diferenciarse
de los actuales pobres -los ocupantes ilegales- ya que, al igual
que ellos, "...deben enfrentar cotidianamente un sistema de
clasificación (...) que los denigra, sin contar con la posibilidad
de mostrar su éxito económico para desmentir el estereotipo que
de ellos se tiene. Por el contrario, (...) tienen que lidiar con
el hecho de que, a primera vista, los estereotipos (...) parecen
confirmarse".
Frente a este sistema de clasificación que inclina la balanza a
favor de la evidencia física, la salida posible se vincula con la
construcción de una diferencia o la "invención" de otra
fachada para aumentar su cotización como grupo social. Coincidimos
con Bourdieu en que "la lucha simbólica tiende a circunscribirse
a la vecindad inmediata", por lo cual "el más vecino es
el que más amenaza la identidad social". En tanto la diferencia
de estos ex-trabajadores del mercado con los ocupantes ilegales
no es palpable sino que por el contrario, lo que salta a la vista
es su similitud, ésta deberá construirse desde un determinado manejo
de la impresión: invocando un pasado más glorioso para distinguirse
de los ocupantes "sin arraigo y sin historia".
Ahora bien, de qué manera "echar mano a la historia"
se transforma en una estrategia simbólica? Para responder
este interrogante hemos de tomar en cuenta la investigación realizada
por el antropólogo Pablo Vila en la frontera entre México y Estados
Unidos. Al igual que en el caso que el autor reseña, nosotros observamos
que la construcción de una identidad valuada es lograda por nuestros
entrevistados a través de un doble movimiento: separándose
del barrio "real" e "inventándose" un barrio
con el cual relacionarse con orgullo.
Por un lado ellos reivindican su herencia de "verdaderos vecinos
del Abasto", pero puntualizando que están orgullosos del Abasto
del pasado. Y cómo construyen estos entrevistados su "viejo
Abasto" del cual se sienten orgullosos?
"Raúl pasa hacia el fondo del salón, y con un gesto solemne
y teatral me invita a conocer el estrado donde cantó Gardel.
R: Acá cantaba Gardelito... (se emociona) ...se paraba ahí
arriba y cantaba... qué grande Gardelito!! Qué épocas!! Mirá lo
que son estas columnas, este lugar es histórico! (De golpe se
entristece) Esto no tendría que estar así, todo abandonado, porque
es un lugar... HISTÓRICO, sabés Marita?".
"V: (...) Sí, pero eso ya no es un hotel, antes era un
hotel en serio, decente, todo limpito, ordenado, y no podías decir
'mire, no tengo para pagar'. Antes había unos hoteles bárbaros
acá, yo vivía en el más lindo de todos, el más pitucón que lo
acababan de abrir. Y el bar 88 tampoco era así... Yo me acuerdo
que a mi hijo me lo llevaba al 88 que era el boliche de los dueños
ricos, no iba ningún pobre ahí...".
Se trata, pues, de un Abasto "totalmente diferente" al
barrio contemporáneo. Perciben al barrio de su pasado como rico
y feliz, y el argumento se extiende hasta sostener que no sólo el
barrio ha cambiado, sino también su gente. Estos actores remarcan
su larga residencia en el barrio como un factor de prestigio. Paralelamente,
el Abasto del presente del que buscan distanciarse para preservar
sus identidades, es sentido como algo extraño y ajeno.
"Hace 40 años que vivo en el barrio, y éste para las
clases populares, es el mejor barrio del mundo.
Yo: Por qué?
F: Y, porque acá empezó Gardel a cantar sus primeras canciones,
en estas calles, y Leguisamo cuando venía de ganar una carrera,
adónde venía? Al mercado de Abasto. Entonces para la gente de
las clases populares este barrio es lo mejor que hay, tiene mucha
historia, me entendés? Aunque ahora hay mucha necesidad..."
"Yo trabajé en el mercado durante muchos años... Hay
que ver lo que era esto, porque vos pensá que el mercado no es
sólo esto (señala la planta baja), hay tres pisos más abajo y
dos arriba... Antes ésto era una olla de grillos...Era lindísimo,
lindísimo...Hace poco, cuando cerró el mercado, hubo gente que
se murió de angustia. Con el cierre falleció mucha gente, muchos
ancianos como yo..."
Por otro lado, estos entrevistados se separan de los sectores populares
del presente, a quienes no reconocen como "uno de los nuestros",
ni siquiera en cuanto a su condición de trabajadores:
"Y después cuando cuando cerraron el mercado se fueron
todos para allá, para el mercado central, y quedaron un montón
de depósitos vacíos... Y ahí vienen (con gesto despectivo) todos
esos delincuentes, ladrones, narcotraficantes y prostitución (sic!)
, todo esto, que se instalan a vivir ahí. Y estos no tenían nada
que ver con la gente que trabajaba en el mercado, que era OTRO
TIPO de gente, nada que ver".
Nuestro entrevistado niega a estos nuevos sectores populares que
habitan en el barrio la condición de "vecinos", en tanto
no tienen arraigo, como si ellos fuesen los únicos portadores de
la "verdadera" herencia y tradición locales. Los ocupantes
ilegales constituyen, para estos trabajadores pauperizados, los
"otros" de los cuales hay que diferenciarse para construir
una identidad propia. Y estos entrevistados puntualizan que la distinción
entre ellos y los "otros" reside básicamente en una ética
y una moral diferentes:
"Antes era lindísimo, teníamos valores... Eramos pobres,
pero de buena cuna, me entendés? Andábamos siempre de traje, a
las fiestas tenías que ir con el trajecito, los zapatos, la corbatita,
todo bien puesto... Siempre estábamos bien vestidos, no como ahora
que no hay valores ... Acá en esta cuadra de Agüero [las casas
tomadas frente al mercado] no se puede andar, está llena de delincuentes.
Hacen unas fiestas... Se matan entre ellos. A mí me molesta el
ruido y me voy a caminar...".
"Esta es gente de mal vivir, no hay caso, gente que tiene
la moral deteriorada... De noche no podes andar ni loco! Son una
roña, pura basura".
De esta manera el Abasto deja de ser un barrio y "...se transforma
en un concepto, una forma de entender la moral y la ética",
moral y ética que supuestamente fueron las características de un
barrio que existió hace mucho tiempo atrás. Estos ex-trabajadores
del mercado, diría Vila, "desplazan la geografía por la historia",
ya que, ante la imposibilidad de negar el Abasto "real"
que ven todos los días -y del que forman parte- recurren a ciertos
símbolos de identidad asociados a la historia barrial, y a una "cultura
que ya no existe más".
Es interesante comprobar cómo estos "pobres de la vieja camada"
construyen su mecanismo de apropiación de la historia no sólo como
parte de un interjuego con otros sectores (los vecinos del barrio,
la sociedad global); sino también -y es lo que intentamos resaltar
aquí- en relación a un tercer actor: los ocupantes ilegales.
Los ex-trabajadores del mercado interponen los mitos del Abasto
-uno de sus últimos recursos simbólicos- entre ellos y los habitantes
de casas tomadas, una suerte de "sucesores" a los que
han de negarles todo reconocimiento, incluyendo la valiosa "herencia"
de la historia barrial.
CONCLUSIONES
Los dos casos reseñados dan cuenta de cómo la identidad se construye
a partir de la diferencia, involucrando procedimientos de inclusión
y exclusión. Esta lucha simbólica por imponer una determinada visión
del mundo -que se procesa en la vida cotidiana de estos sectores-
está permanentemente en función de la mirada del otro; por lo que
adherimos a las palabras de Penna: "la identidad del actor
social es el resultado de dos definiciones: la externa y la interna".
Por un lado encontramos, pues, las clasificaciones originadas en
el "exterior" del grupo, que muestran cómo el grupo es
reconocido por los demás (alter-atribución). Por otro lado, está
definición se completa con la identidad que "parte" del
interior del grupo; las formas en que la identidad es simbólicamente
representada por ese mismo grupo (auto-atribución). En los casos
analizados procuramos dar cuenta de cómo estas dos direcciones que
intervienen en la construcción de identidades sociales, se articulan
en forma compleja.
Por último, resulta interesante constatar de qué manera, aun los
sectores más desfavorecidos, reconocen a un "otro" peor
cotizado que ellos mismos, al que "desplazan" las acusaciones
que la sociedad pretendía endilgarles. Esta astucia del desplazamiento
permite, en el mismo gesto, rechazar la identidad imputada y legitimar
la identidad pretendida, procurando otorgar nuevos contenidos al
sistema de clasificación hegemónico. En otras palabras, estos sectores
también "juegan", traman estrategias y maniobran identidades,
por lo que sus juegos de reconocimiento también actúan sobre las
relaciones de poder, reproduciéndolas o transformándolas.
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