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LA ANTROPOLOGÍA ECONÓMICA Y POLíTICA
ANTE EL MERCOSUR REFLEXIONES DESDE EL CASO DE LA PROVINCIA DE ENTRE
RÍOS
Mauricio Boivin
Ana Rosato
Fernando Alberto Balbi
Cecilia Ayerdi |
RESUMEN:
Se ha diagnosticado la caducidad de los métodos y los enfoques
característicos de la antropología social ante la así llamada "globalización".
Sin embargo, todos los procesos sociales están enraizados en relaciones
sociales localizadas. Esto permite a la antropología social rescatar
sus métodos y herramientas conceptuales tradicionales, centrando
los análisis de los procesos económicos y políticos "globales"
y regionales en sus circunstancias locales, de modo de considerarlos
como particulares y locales. Ilustramos esta perspectiva a través
del análisis de la situación de la producción primaria de la provincia
argentina de Entre Ríos frente al Mercosur y del proceso de integración
entre esa provincia y el estado de Río Grande do Sul.
It has been argued that the traditional methods and perspectives
of social anthropology are no longer usefull in times of the so
called "globalization". But every social process
has its roots in social relations wich are localized. This fact
allows social anthropology to rescue its methods and conceptual
tools by focusing on the local circunstancies of the "global"
and regional pocesses, which can be seen as particular and local.
We examine from this point of view the situation of primary production
in the argentinian state of Entre Ríos as affected by the Mercosur
and the regional process of integration which is taking place between
the same state and the brazilian state of Río Grande do Sul.
En los últimos años se han escuchado numerosas voces diagnosticando
la caducidad de los métodos y los enfoques característicos de la
antropología social ante una situación que se describe como de "globalización".
Sin embargo, ese diagnóstico parece apresurado. Por un lado, quienes
lo hacen no cuestionan la existencia misma del fenómeno que llaman
globalización, el cual es tratado como un hecho probado y,
a continuación, transformado acríticamente en principio de explicación
para dar cuenta de una serie de procesos sociales contemporáneos.
Por el otro, el derrumbe masivo de los métodos y enfoques característicos
de nuestra disciplina no parece haberse verificado en los hechos:
si bien no es posible negar que la antropología social debe generar
transformaciones para ser capaz de aprehender ciertos aspectos de
los fenómenos sociales de escala territorial amplia y territorialmente
descentrados, su adaptación no parece ser tan problemática como
se ha afirmado.
Cierto es que diversos autores (Strathern 1992, 1995: Friedman
1994; Velho 1997; Sahlins 1997) han señalado la complejidad que
supone esta tarea. La antropología social se ha desarrollado históricamente
ligada al estudio de fenómenos concebidos como pertenecientes a
una escala local, lo que genera una serie de problemas conceptuales
a la hora de tratar cuestiones que la exceden (Friedman 1994:1 y
ss.; Strathern 1995).
Sin embargo, como ha afirmado recientemente Marilyn Strathern
(1995:170), todas las relaciones sociales son locales en el sentido
de que están enraizadas en condiciones sociales localizadas.
En esta medida, todos los procesos sociales son, sin importar su
extensión y su dispersión espacial, locales desde cierto punto de
vista. Por otra parte, la atención al detalle de las relaciones
sociales siempre ha sido uno de los puntos fuertes de la antropología
social. Por esta razón, Strathern (1995:170) considera que una
estrategia fértil frente a los fenómenos relacionados con la globalización
es la consistente en centrar nuestros análisis en sus circunstancias
locales, considerando como particulares y locales a las estructuras
burocráticas, las ideologías y -podríamos agregar- los procesos
políticos "globales" y regionales.
Nuestro propio trabajo en los campos tradicionalmente definidos
como de la antropología económica y la antropología política nos
ha puesto en contacto con diversos procesos del tipo que habitualmente
se intenta explicar como efectos de la globalización. En
efecto, la provincia mesopotámica de Entre Ríos -donde desarrollamos
nuestros trabajos de investigación desde 1986- se ha visto involucrada
en los últimos años en el proceso de integración regional que tiene
como manifestación más evidente la conformación del Mercosur. Este
proceso, en el que la provincia ha sido una parte activa, ha tenido
efectos económicos y políticos de importancia. En las próximas páginas
intentaremos mostrar que la inserción de la provincia en este proceso
cuya escala territorial la excede ampliamente puede, sin embargo,
ser objeto de análisis desde una antropología social que reivindica
su concentración en el examen de relaciones sociales locales. Comenzaremos
con una reseña de nuestros trabajos respecto de la inserción de
dos actividades productivas primarias en el proceso de integración
para, en el final, referirnos sucintamente al análisis -que acabamos
de iniciar- de las relaciones entre los procesos políticos locales
y el desarrollo de un proceso de integración entre la provincia
y el estado brasileño de Río Grande do Sul.
La producción primaria entrerriana frente al Mercosur: el papel
de las relaciones sociales locales
En los últimos años, las relaciones comerciales entre Argentina
y Brasil se han visto marcadas por el proceso de integración dirigido
hacia la conformación del Mercosur. Nuestra intención es comparar
dos actividades primarias dirigidas al consumo directo (pesca y
avicultura) que se llevan a cabo en la provincia de Entre Ríos,
atendiendo particularmente a las circunstancias locales que informan
las transformaciones que han experimentado a partir del inicio del
proceso de integración.
Una comparación preliminar entre ambas actividades nos permite
establecer ciertas similitudes:
- se trata, en ambos casos, de productos primarios no tradicionales
para el caso argentino, cuya demanda por parte del mercado interno
estaba estancada.
- el aumento en el flujo de comercialización se dio en ambos
casos de forma paralela a las negociaciones por la consolidación
del Mercosur, de tal manera que cuando se liberaron finalmente las
barreras arancelarias el vínculo previo solo tuvo que ser consolidado.
- el proceso de producción está estructurado a través de
una relación entre capital y trabajo donde éste no se encuentra
proletarizado.
Por otra parte, si bien ambos procesos productivos fueron
afectados por las nuevas relaciones comerciales establecidas por
el Mercosur, el sentido de su incidencia fue diferente en cada caso:
la integración con el Brasil supuso un aumento de la demanda en
uno y un incremento de la oferta en el otro. De allí, precisamente,
el interés que presenta su comparación.
[1]
A- El caso de la producción pesquera entrerriana
[2]
El origen del proceso productivo pesquero [3] en el Dpto. de Victoria, Entre Ríos, se remonta
a la década del '60 (Balbi 1990). Sus principales características
eran, hasta 1991, las siguientes:
- División del proceso productivo en dos procesos de trabajo:
el de captura del pescado, desarrollado por pescadores que conforman
pequeñas unidades productivas independientes de carácter doméstico,
y el de traslado, que está en manos de los acopiadores (como
se los denomina en la zona), comerciantes que se valen de trabajadores
asalariados para desarrollar su parte del proceso productivo. Los
acopiadores eran los únicos partícipes de la producción pesquera
que contaban con los medios técnicos (camiones térmicos, máquinas
para picar hielo, etc.), los contactos y la capacidad de gestión
necesarios para acceder a los centros de consumo.
- Relación de intercambio desigual (extracción de
plusvalor en forma de productos) entre el pescador y el acopiador:
el pescador, que no puede conservar fresco el pescado, se ve forzado
a aceptar los precios que impone el acopiador, quien cuenta con
el camión térmico y el hielo necesarios para ello. En la pesca,
los riesgos son grandes porque se depende de un recurso natural
móvil y porque, dado el carácter rudimentario de la tecnología,
la productividad depende directamente de la desigual calificación
de los pescadores. En este marco, por un lado, el control directo
de la captura sólo resulta conveniente cuando es masivo, es decir,
cuando involucra un gran número de equipos de pesca, porque ese
número reduce las pérdidas ocasionadas por las oscilaciones de la
productividad y permite establecer un promedio adecuado en base
a las desiguales capacidades de los peones. Sin embargo, esto requiere
de una inversión considerable que no está al alcance de todos los
acopiadores (Balbi 1991). Por otro lado, los acopiadores encuentran
conveniente dejar la captura en manos de productores independientes
porque ello les permite transferirles los riesgos y buena parte
de los costos a través del control de las condiciones de intercambio.
Esta situación parecía condenada a revertirse a partir de
1992, cuando -a través de la instalación de nuevas empresas en la
zona de captura, las industrias exportadoras- se incrementa
notablemente la demanda de pescado fresco desde Brasil, pasando
de 1163 tn en 1990 a 4805 tn en 1995.
|
Año |
1990 |
1991 |
1992 |
1993 |
1994 |
1995 |
|
Toneladas |
1163 |
1467 |
1579 |
3842 |
3645 |
4805 |
Fuente: Comisión de Puertos de Fiscalización, Victoria,
E.R.
La producción pesquera entrerriana no parecía preparada para
enfrentar una expansión radical de la demanda: tecnología estancada
desde hacia 20 años, baja capacidad de inversión del capital comercial,
etc. Sin embargo, los nuevos empresarios pesqueros encontraron en
las relaciones sociales de producción vigentes antes de su ingreso
al area los instrumentos adecuados para generar un incremento de
la producción.
El mercado interno se caracterizaba por la discontinuidad
de la demanda y, en consecuencia, los ciclos productivos eran también
discontinuos. Puesto que el mercado externo es estable, el brusco
aumento de la demanda pudo ser enfrentado, básicamente, a partir
de la introducción de una mayor continuidad en las actividades productivas,
en el sentido de un menor y mas regular espaciamiento de los ciclos
productivos [4] . En suma, existía una capacidad
productiva ociosa que no afectaba al proceso de acumulación
del capital pesquero gracias al tipo de relaciones de producción
predominante (que dejaba en manos de los pescadores la reproducción
de sus unidades domésticas y productivas durante los períodos de
caída de la demanda), capacidad que pudo ser aprovechada para abastecer
el aumento de la demanda sin introducir nuevas tecnologías y, en
principio, sin necesidad de introducir más fuerza de trabajo [5] . Las industrias no necesitaron proletarizar
a los pescadores para aumentar la producción y el intercambio desigual,
con todas sus ventajas, siguió siendo la forma básica de la relación
capital‑trabajo.
[6]
Si bien no se introdujeron nuevas tecnologías, no se proletarizó
masivamente a los pescadores ni se intensificó el proceso de trabajo,
existieron cambios en la organización de éste que contribuyeron
a incrementar la productividad. En la etapa previa, dos restricciones
relacionadas con el factor tiempo limitaban la productividad de
los pescadores.
Ambas limitaciones resultan del hecho de que los pescadores
eran, en su gran mayoría, habitantes de la ciudad de Victoria, cabecera
del Departamento. Antaño, buena parte de los pescadores eran isleños.
Sin embargo, las grandes inundaciones de principios de la década
pasada dieron lugar a un paulatino despoblamiento de las islas,
donde sólo quedaron quienes se desempeñan como puesteros, cuidando
del ganado llevado allí para su engorde. En estas condiciones, y
visto el hecho de que los mejores sitios de pesca se encuentran
en medio del Delta, toda la organización de la producción se vio
doblemente condicionada por la necesidad de que los pescadores se
trasladaran diariamente a ellos.
Por un lado, los viajes entre los puntos de desembarco y
las zonas de captura eran realizados por los pescadores en botes
de escasa capacidad de carga y dotados de motores de poca potencia,
insumiéndoles varias horas (variables según los sitios de pesca
elegidos por cada uno), horas que se perdían para las actividades
productivas propiamente dichas.
Por otro lado, problemas relacionados con la conservación del
pescado impedían a los pescadores combinar dos técnicas de pesca
diferentes: el lanceado y el calado (Rosato et.al.,
1987). En el primero, el pescador arroja la red allí donde detecta
un cardumen y, encerrando al pescado entre las aguas bajas de la
ribera y el bote, lo atrapa; en el segundo, la red se deja fija,
a la espera de que el pescado quede atrapado en ella. Normalmente,
los pescadores no podían combinar ambas alternativas por obra de
una limitación temporal: el calado implica que el pescado
atrapado en la red permanezca vivo hasta que se lo levanta; como
esto sucede cerca de la superficie del agua, el pescado queda expuesto
al sol, el cual comienza a "pudrirlo por dentro", de manera
que es preciso levantarlo antes de que este proceso se inicie. Ahora
bien, si un pescador deja calado por la noche, debe hacerlo
cerca del punto de descarga a fin de asegurarse de tener un viaje
corto que le permita llegar a levantar el pescado antes de que se
eche a perder. Esto supone, sin embargo, privarse de pescar en los
mejores sitios, generalmente alejados del puerto. Si, en cambio,
opta por lancear en los mejores sitios, debe privarse de
calar por la noche porque no podría evitar que el pescado
se pudriera durante las horas de espera en la red (y, una vez eviscerado,
durante las horas dedicadas a lancear y al viaje de regreso).
Todo esto resulta del hecho, ya mencionado, de que el pescador carece
de los medios técnicos necesarios para conservar el pescado por
un lapso prolongado: las técnicas de conservación, en efecto, se
limitan a eviscerar y lavar al pescado, colgarlo (en pares) de ramas
colocadas transversalmente en el bote y cubrirlo con hojas para
protegerlo del sol.
Evidentemente, pues, estas limitaciones de la productividad
se relacionaban con el nivel de la tecnología empleada (botes y
medios de conservación). Sin embargo, ellas podían ser superadas
sin necesidad de introducir tecnologías más productivas, y la única
razón por la que esto no se produjo antes de 1992 fue la de que
la demanda no era lo bastante alta como para hacerlo necesario.
Analizaremos primero las transformaciones, para luego considerar
la forma en que fueron producidas.
Las dos limitaciones mencionadas aparecen, en principio,
como limitaciones temporales: el pescador pierde tiempo de producción
porque debe viajar hasta el sitio de pesca, y no puede combinar
las técnicas de lanceado y calado porque utilizar
una implica no contar con el tiempo necesario para emprender la
otra. Sin embargo, de hecho, ambas formas de escasez de tiempo
resultan -dadas las relaciones producción y el nivel de desarrollo
tecnológico existentes- de la organización espacial de las actividades
productivas.
Contemplemos el tiempo de viaje. Los viajes son inevitables,
pero no es imperativo que los pescadores sean quienes se hagan cargo
de ellos. Existe otra posibilidad: la de que los pescadores permanezcan
en los sitios de pesca dejando el traslado del producto en manos
de los barcos de acopio. Ello supone desplazar espacialmente el
acto que vincula a las unidades productivas de los pescadores y
los acopiadores: la compra-venta del pescado. Tal desplazamiento
significaría una reducción del tiempo de trabajo improductivo para
los pescadores, quienes podrían disponer de más tiempo para pescar;
permitiría, además, que el volumen de pescado transportado en un
sólo viaje ascendiera a varios miles de piezas
[7] ; finalmente, la permanencia de los pescadores en los sitios
de pesca les permitiría calar por la noche y durante las
pausas en el trabajo (almuerzo, etc.) sin por ello verse obligados
a renunciar a lancear. En suma, si los pescadores se encontraran
permanentemente en las islas en lugar de habitar en tierra firme,
la productividad aumentaría marcadamente.
Y, en efecto, a partir de 1992 se incrementó la participación
‑de larga data‑ de los barcos de acopio, que antes se
limitaban a recorrer la zona de islas comprando pescado a los -cada
vez más escasos- isleños. En los últimos años se adoptó un tipo
de organización diferente: los pescadores se instalan en grupos
en las islas durante varios días, dedicándose exclusivamente a la
pesca, mientras que los barcos pasan regularmente a buscar la captura
para llevarla a tierra firme.
La transformación en la organización de las actividades
de captura resultó , en suma, de un desplazamiento espacial del
acto constitutivo fundamental del proceso productivo: la venta de
pescado del pescador independiente al intermediario. Este desigual
intercambio, que antes ocurría en el puerto de la ciudad, pasó a
producirse en los sitios de pesca. Los intermediarios concentraron
y aceleraron el traslado del pescado, permitiendo a los pescadores
reducir la proporción de tiempo de trabajo improductivo. Se liberó,
de esta forma, una capacidad productiva que antes estaba ociosa
por la sencilla razón de que no había provecho alguno en explotarla.
La consecuencia más notable de este desplazamiento espacial
del acto que vincula a las unidades que desarrollan las diferentes
etapas del proceso productivo pesquero -aparte del incremento de
la producción- fue la revalorización del espacio isleño como un
lugar donde vivir en forma permanente
[8] . El reasentamiento de población, inicialmente precario
y limitado a los días hábiles, tendió luego a ser permanente. La
consolidación del nuevo sistema garantizaba una demanda de pescado
continua en la zona de islas; esto permitió que muchas familias
se trasladaran a las islas, donde pueden combinar la pesca y la
caza de nutrias y, a la vez, generar un ahorro considerable al producir
buena parte de sus alimentos. [9]
¿Cómo fueron producidas estas transformaciones?. En primer
lugar, a través del aprovechamiento de cierto capital disponible
localmente. Los barcos de acopio ya operaban en el área; las empresas
exportadoras, simplemente, se asociaron con sus propietarios evitando
invertir un capital extra para introducir la nueva forma de organización
del trabajo. En segundo lugar, la reorganización se hizo a través
de las relaciones de producción vigentes anteriormente, sea
porque las nuevas empresas las adoptaron desde un principio, sea
porque optaron por no tratar directamente con los pescadores, dejando
que los intermediarios locales organizaran el proceso de captura
en su beneficio. Esto permitió, además, mantener el sistema de intercambio
desigual -como ya vimos-. Hizo posible, asimismo, que las transformaciones
no generaran mayores conflictos. Al ser los pescadores productores
independientes, la decisión final de aceptar o no las nuevas modalidades
está en sus manos. En cambio, si se hubiera generalizado el control
directo de la captura por parte de las industrias, los pescadores
proletarizados se hubiesen visto forzados a trabajar según las nuevas
condiciones más aptas para el capital, lo que hubiese supuesto un
potencial de conflictos mucho mayor. Por otro lado, las relaciones
capital/trabajo en la pesca están fuertemente personalizadas, fundamentalmente
a través de la participación de los intermediarios locales (los
acopiadores locales, la cooperativa de pescadores, y los propietarios
de barcos de acopio) que se hacen cargo del trato cara a cara con
los pescadores (Balbi 1995). Estas relaciones involucran intercambios
de favores recíprocos, lazos de parentesco y de amistad y vecindad,
siendo a través de ellas que las actividades de los pescadores son
controladas y organizadas según las necesidades de los acopiadores
que controlan el mercado interno y, en los últimos años, de las
empresas exportadoras. Ello permite que las diferencias de intereses
sean manejadas y controladas a través de la manipulación de los
lazos personales, lo que mantiene bajo el nivel de conflictos.
Finalmente, la reorganización de la captura se produjo velozmente
porque el patrón adoptado en modo alguno constituía una novedad
para los pescadores y los intermediarios. En efecto, la forma en
que se respondió a un aumento permanente del nivel de demanda fue
la misma que se empleaba antes de 1992 para responder a sus aumentos
coyunturales. El consumo interno de pescado tiene su pico durante
el período que abarca la Cuaresma y la Semana Santa, cuando la demanda
se acelera y los acopiadores compiten por el pescado ofreciendo
precios superiores a los habituales. Entonces, hasta 1992, era común
que pescadores e intermediarios adoptaran una serie de prácticas
dirigidas a implementar la capacidad productiva ociosa durante el
resto del año (Balbi 1994). Estas incluían pescar los siete días
de la semana y, fundamentalmente, la instalación de los pescadores
en islas para lancear y calar sin interrupciones,
entregando su producción a los barcos. En este sentido, de hecho,
es importante advertir que la reorganización espacial del proceso
de captura no fue tanto una iniciativa de las industrias
como una respuesta al incremento de la demanda por parte de los
actores locales -pescadores e intermediarios-, quienes reorganizaron
sus actividades productivas de manera de liberar una capacidad productiva
hasta entonces ociosa. Esto fue particularmente visible en el
hecho de que muchos pescadores decidieran, una vez asentado el sistema,
trasladar a sus familias a las islas. Si los frigoríficos
no ejercieron desde el primer momento un control directo de las
actividades de captura del pescado -si no invirtieron en botes,
redes y salarios para formar equipos de pesca propios- fue, en última
instancia, porque encontraron a nivel local determinadas condiciones
que hicieron que ello no fuera necesario ni conveniente.
B- El caso de la actividad avícola entrerriana
[10]
La actividad avícola en la provincia de Entre Ríos estuvo,
en sus orígenes, en manos de productores independientes: los granjeros,
quienes producían y vendían el producto directamente al mercado
local. A partir de la década del '60, con la introducción de importantes
cambios tecnológicos, se da un complejo proceso (Rosato 1995) que
culmina, hacia fines de la década del '70 y comienzos de la del
'80, en el sistema de contrato entre empresas avícolas
y galponeros actualmente en vigencia. Sus principales características
se resumen a continuación:
- Integración: el galponero, propietario
de las instalaciones donde se lleva a cabo el engorde del
pollo, está adscripto contractualmente al servicio de una empresa
frigorífica que le suministra los insumos básicos para llevar adelante
el engorde y cuidado de los pollos y le estipula un tiempo de crianza
al final del cual le paga por el servicio [11] . Los insumos (pollitos BB, alimentos balanceados, etc.) que
la empresa entrega en forma de paquete son la base de su
control "tecnológico" y de la dependencia del productor [12] . A este tipo de relación se la conoce como
integración.
- Precio: la relación entre instalaciones, insumos
y trabajo queda objetivada en el precio que se paga por pollo, mismo
que representa la retribución que el productor recibe por el trabajo
realizado y por el uso que hace la empresa de las instalaciones.
El precio se establece según la conversión y la mortandad.
Ambas variables surgen de una relación entre peso/alimento utilizado,
entre Kg. totales de pollo terminado entregados por el productor
y Kg. totales de balanceado entregados por la empresa. Todas las
cantidades que intervienen en estos cálculos son establecidas por
las empresas.
- Preferencia por las granjas domésticas: las empresas
se vinculan a través del contrato con dos tipos de unidades productivas.
Estas incluyen a las conformadas por capitalistas propietarios de
las instalaciones y por peones asalariados a cargo del trabajo,
y a las conformadas por pequeños productores dueños de las instalaciones
que aportan tanto su trabajo y el de los miembros de sus unidades
domésticas como su propio capital. Históricamente, las empresas
han tenido una preferencia por proveerse en granjas domésticas [13] , en la medida en que ‑tal como hemos
visto en el caso de la producción pesquera‑ el intercambio
desigual les permite transferirles costos y riesgos.
Cuando en 1992/93 se introdujo en el mercado local la oferta
proveniente del Brasil
[14] a precios altamente competitivos, la antigua preferencia
de la empresas por abastecerse de pollos provenientes de unidades
domésticas a través del sistema de contrato pareció contraproducente.
Las empresas entrerrianas necesitaban refuncionalizar no sólo los
procesos que controlaban directamente sino también el proceso productivo
que controlaban indirectamente, intentando lograr al mismo tiempo
cantidad y calidad en el producto final. Para ello hubiera sido
necesario adaptar las unidades productivas encargadas de la crianza,
pero al no tener un control directo de ellas el proceso de refuncionalización
había de ser, inevitablemente, lento.
Ante esta situación, las empresas parecían encontrarse frente
a la necesidad de transformar sus relaciones con los galponeros
en relaciones formales de manera de poder introducir más rápidamente
los cambios técnicos necesarios para lograr una mayor productividad
y abaratar los costos. Sin embargo, lejos de modificar la relación
de producción en este sentido, se acentúo el aprovisionamiento de
los pequeños productores por parte de las empresas, manteniendo
con ellos las mismas relaciones vigentes hasta entonces. La estrategia
que se adoptó fue, justamente, la de hacer que los pequeños productores
asumieran los costos que suponía la adaptación a las nuevas condiciones.
Las empresas intensificaron entonces el uso ‑que siempre habían
hecho‑ de una cláusula existente en el contrato: la que establece
los arreglos respecto del tiempo de producción.
El pago del trabajo se realiza al final de la crianza cuando
el pollo alcanza el peso adecuado y es retirado por la empresa [15] . A ello se agrega un tiempo
de reposición o de espera -aquél que transcurre entre una
crianza y la otra y que el productor emplea para poner en condiciones
el galpón-. Si los tiempos técnicos se cumplieran, ello le permitiría
al productor mantener una continuidad de trabajo y de ingreso total
anual: en la práctica, sin embargo, las empresas siempre han manejado
estos plazos de acuerdo a sus propios tiempos de producción industrial
y, principalmente, de mercado. Con la entrada del producto brasileño
al mercado nacional, las empresas, sencillamente, profundizaron
este manejo.
[16] Esto tiene varios efectos negativos desde el punto de
vista de los intereses del galponero:
- se reduce el número de crianzas al año.
- durante los tiempos suplementarios de crianza y de espera
el productor realiza un trabajo que no le será pagado.
- la prolongación del tiempo de crianza altera la conversión
alimentos/engorde en perjuicio del galponero, porque los
alimentos consumidos durante ese período extra no conducen a un
mayor engorde de los pollos, y porque aumenta el riesgo de mortandad.
[17]
En suma, el mantenimiento de las relaciones sociales de
producción que caracterizan a la avicultura desde la puesta en vigencia
del sistema de contrato, permitió a las empresas sobrevivir
a la crisis sin asumir costos que inevitablemente hubieran debido
solventar en caso de optar por la imposición de un sistema basado
en el asalaramiento de los galponeros. Cabe preguntarse si
las empresas hubieran sido capaces de superar la crisis de haber
tenido como único recurso el de asumir el control directo de todas
las unidades productivas y refuncionalizarlas a través de la incorporación
de tecnologías más productivas, lo que hubiese supuesto, además
de la absorción del costo de la nueva tecnología, la adquisición
de instalaciones y tierras, y el asalaramiento de toda la fuerza
de trabajo.
C- Conclusiones: relaciones sociales, etnografía y comparación.
Hoy en día se insiste en que la competitividad depende de
la modernización de las formas de organización del trabajo y la
utilización de tecnología de punta. Sin embargo, los dos casos analizados
muestran que, al menos en las actividades primarias, la competitividad
puede resultar del mero mantenimiento de formas de organización
de la producción que no coinciden con aquellas que habitualmente
se consideran características del proceso de acumulación del capital
a escala mundial en general y, menos aún, de su fase "globalizada"
de desarrollo actual. [18] Ahora bien, lo que nos ha permitido apreciar
este hecho es la atención brindada a las condiciones sociales de
las dos actividades primarias analizadas, a los entramados de relaciones
sociales que constituyen sus fundamentos. Y, a su vez, en la medida
en que nos centramos en las relaciones sociales locales hemos rescatado
una serie de preocupaciones conceptuales que tienen una larga historia
en la antropología económica: el problema del rol de los grupos
domésticos en la organización de la producción, la dependencia de
las actividades económicas en relación con complejos entramados
de relaciones sociales, etc. Asimismo, al centrarnos en las relaciones
sociales que constituyen las condiciones locales de los procesos
analizados, hemos podido servirnos del acerbo metodológico fundamental
de la disciplina: el método etnográfico, que prioriza las
técnicas de observación participante y de entrevista abierta para
la recolección de información y recurre a la comparación
para construir sus análisis. [19]
El proceso de integración entrerriano-riograndense: representaciones
sociales y procesos políticos locales
La misma perspectiva que hemos sostenido para el análisis
de ciertas derivaciones económicas del proceso de integración es
aplicable al examen de sus facetas políticas. En este sentido, nos
encontramos actualmente abocados al análisis de un proceso de integración
en curso entre la provincia de Entre Ríos y el estado de Río Grande
do Sul.
Este proceso comienza antes de entrar en vigencia los tratados
fundantes del Mercosur y se inscribe en el marco de una iniciativa
más amplia emprendida en 1988 por las provincias de litoral argentino
y los estados del sur de Brasil con el objeto de lograr una "integración
regional". Hacia 1994, la provincia de Entre Ríos se propone
hegemonizar dicho proceso, comenzando con el envío de una comitiva
de empresarios, productores y funcionarios a la ciudad de Porto
Alegre para establecer contactos institucionales y comerciales con
el estado de Río Grande do Sul.
Como resultado de esta iniciativa, se realiza en agosto de
ese año el Primer Encuentro Entrerriano-Riograndense entre funcionarios,
profesionales, productores y empresarios de ambos estados. Un mes
más tarde, la provincia argentina inaugura la Casa de Entre Ríos
en Porto Alegre, estableciendo una base permanente para la promoción
de la integración. A los Encuentros anuales se suman una serie de
eventos artísticos y culturales y -a partir de 1995- una Reunión
de Municipios del Mercosur, con representantes del sur del Brasil,
Uruguay y las provincias argentinas de Corrientes, Santa Fe y Entre
Ríos. El último de estos eventos -Encuentros y Reuniones se desarrollan
de manera simultanea- se desarrolló en agosto de 1997 en la ciudad
de Colón (E.R.), reuniendo 1500 participantes.
Nos encontramos, así, con un proceso de construcción de lazos
políticos, institucionales, económicos y culturales entre ambos
estados. El proceso es producto de una iniciativa política de sectores
del oficialismo entrerriano que organizan tanto la delegación político-empresarial
que inicia los contactos en 1994 como el primer Encuentro. Desde
ese momento, la relación entre el proceso de integración y la política
entrerriana es estrecha. En efecto, ella no afecta por igual a todos
los sectores económicos y actores sociales: ya hemos visto los efectos
diferenciales de la integración económica sobre el sector primario;
igualmente, existen intereses diversos frente a la integración por
parte del gobierno, los partidos políticos de oposición, los diversos
profesionales liberales, trabajadores estatales, sindicatos, etc.
Así las cosas, la integración con Río Grande do Sul pasa inevitablemente
a ser un factor en los procesos políticos locales en los niveles
provincial, departamental y municipal.
La diversidad de intereses de cara al proceso efectivo de
construcción de lazos con el estado brasileño se refleja en las
múltiples concepciones de la integración que sostienen los actores.
Esto es: si bien desde el primer momento todos los sectores involucrados
se refieren al mismo como a un "proceso de integración regional"
(empleando una terminología vinculada al Mercosur, el NAFTA, etc.),
sus concepciones respecto de cómo es y de cómo debería ser esa "integración"
son extremadamente diversas. En este sentido, los múltiples discursos
(en un sentido lato del término) sobre la integración constituyen
un conjunto de representaciones sociales (Durkheim 1951, 1992):
las diversas concepciones del proceso de integración son
otras tantas formas de exposición simbólica (Leach 1977:36) del
proceso efectivo de construcción de lazos entre ambos estados, los
modos en que los actores involucrados en dicho proceso expresan
sus concepciones del mismo y toman posición ante él.
Recapitulando, encontramos en todo este fenómeno tres elementos
centrales interrelacionados de manera compleja. El objeto de
nuestro proyecto es, precisamente, analizar las relaciones entre
esos elementos, a saber: (a) el proceso de construcción de
lazos políticos, institucionales, económicos y culturales entre
los dos estados, (b) las representaciones sociales de dicho
proceso que se presentan predominantemente en términos de la noción
de "integración", y (c) los procesos políticos
locales que constituyen la fuerza motriz de las políticas tendientes
a la integración y que se ven condicionados por ella.
Ahora bien, este problema está definido en términos de los
enfoques y métodos característicos de la antropología social, tal
como lo revelan la atención prioritaria a la perspectiva de los
actores y a los procesos de escala local. Es así que de acuerdo
con nuestra definición del problema a investigar habremos de ocuparnos,
por un lado, de numerosas cuestiones típicas de la antropología
política en particular y de la antropología social en general: procesos
políticos locales, representaciones sociales de procesos y relaciones
sociales, eventos formales (tales como los Encuentros y las Reuniones)
que operan como instancias ritualizadas de expresión y manejo de
los conflictos referidos a las representaciones sociales, etc. Y,
por el otro, lo haremos valiéndonos de una perspectiva etnográfica,
priorizando la observación participante y las entrevistas abiertas
-¿de qué otra forma podríamos analizar los "rituales"
de la integración y detectar en toda su diversidad las múltiples
formas en que los actores la conciben?- y valiéndonos del método
comparativo como base de nuestro análisis -contrastando diversas
representaciones sociales, eventos "ritualizados" y procesos
políticos-.
En definitiva, no dudamos que los procesos sociales de escala
regional -y aún de mayores escalas- pueden ser analizados adecuadamente
desde los métodos y los recursos conceptuales que caracterizan a
la antropología social. Particularmente, creemos necesario reivindicar
la vigencia de la perspectiva etnográfica, entendiendo por etnografía
a una forma de análisis que da por supuesta la diversidad de lo
real y trata de aprehenderla (Balbi 1997), obteniendo sus materiales
a través de la exposición directa del investigador a la alteridad
concebida y analizada desde un punto de vista comparativo.
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Mauricio Boivin: Master en Antropología Social (London
School of Economics). Profesor Regular Asociado, Dpto. de
Cs. Antropológicas, FFyL-UBA. Profesor Titular Interino, Carrera
de Cs. de la Comunicación, FCS-UBA. Ha dirigido proyectos de
investigación sobre producción pesquera, cooperativismo, programas
de desarrollo rural y efectos de la inundación de 1982-83 en el
Delta entrerriano.
Ana Rosato: Lic. en Cs. Antropológicas (UBA)
y Master en Sociología (Flacso). Investigadora Asistente,
Conicet. Profesora Regular Adjunta, Carrera de Cs. de
la Comunicación, FCS-UBA. Profesora Regular Asociada, Carrera
de Trabajo Social, FTS-UNER. Ha desarrollado investigaciones
sobre producción pesquera, caza comercial, cooperativismo, producción
avícola, programas de desarrollo rural y efectos de la inundación
de 1982-83 en el Delta entrerriano.
Fernando Alberto Balbi: Lic. en Cs. Antropológicas
(UBA); candidato a Master en Antropología Social (UNaM).
Becario de investigación, Programa UBACyT, categoría: perfeccionamiento.
Jefe de Trabajos Prácticos regular, Dpto. Cs. Antropológicas,
FFyL-UBA. Ha desarrollado investigaciones sobre producción pesquera,
cooperativismo, programas de desarrollo rural y efectos de la inundación
de 1982-83 en el Delta entrerriano.
Cecilia Ayerdi: Lic. en Cs. Antropológicas (UBA).
Jefa de Trabajos Prácticos, Carrera de Cs. de la Comunicación,
FCS-UBA. Ha desarrollado investigaciones sobre producción pesquera,
cooperativismo y programas de desarrollo rural en la provincia de
Entre Ríos, especializándose particularmente en el rol de los grupos
domésticos en la organización de la producción.
Dirección postal: Instituto de Ciencias Antropológicas - Sección
Antropología Social; Fac. de Filosofía y Letras - Universidad de
Buenos Aires. Puán 470, piso 4, oficina 401. (1406) Capital
Federal, Rep. Argentina.
E-mail: mboivin@teletel.com.ar.
NOTAS
[1] . Hemos
expuesto una versión más detallada de este análisis en: Boivin,
Rosato y Balbi 1996.
[2] . Nuestras
investigaciones sobre la producción pesquera entrerriana se han
desarrollado entre 1986 y la actualidad con financiación del Programa
UBACyT y del Conicet.
[3] . Entendido
en el sentido de todas las actividades necesarias para que el
pescado fresco llegue a los consumidores, sean estos finales o
industriales. El mercado interno para la producción pesquera de
la zona se concentra fundamentalmente en el NOA y la provincia
de Misiones (Balbi 1990). La especie de mayor importancia económica
es el sábalo (prochilodus platensis). Para información respecto
del recurso véase Boivin 1991.
[4] . Hasta
1992, la cantidad de días de trabajo por semana variaba entre
dos y siete en distintos momentos del año. En la actualidad, los
pescadores trabajan aproximadamente un promedio de cinco días
por semana durante todo el año (Boivin, Rosato y Balbi 1996).
[5] . Por
otra parte, en la medida en que trabajan más días por año, muchos
pescadores han logrado cierta acumulación a pesar de que la desigualdad
en las condiciones de intercambio no ha desaparecido. Esta acumulación
ha permitido a algunos de ellos adquirir herramientas y
contratar peones, lo que ha supuesto una cierta incorporación
de fuerza de trabajo a la actividad. Sin embargo, se trata de
un fenómeno limitado que, sin lugar a dudas, no es una condición
necesaria de la adaptación de la producción pesquera a la actual
coyuntura del mercado.
[6] . Parece
sensato afirmar que de no haber contado con esta posibilidad,
las industrias no hubieran sido capaces de satisfacer la demanda
brasileña porque la baja composición orgánica de sus capitales
no les hubiese permitido ampliar substancialmente la productividad
en base a la proletarización de toda la fuerza de trabajo que
opera en la captura y/o a la incorporación de nuevas tecnologías
más productivas.
[7] . Los
botes empleados por los pescadores sólo pueden transportar algunos
cientos de sábalos, mientras que las lanchas de acopio lo hacen
de a miles.
[8] . Hemos
analizado las variaciones históricas del asentamiento humano en
el área de islas del Dpto. entrerriano de Victoria en el marco
de una investigación interdisciplinaria -en la que participan
biólogos, edafólogos y climatólogos- referida a los efectos de
la inundación de 1982-83 sobre dicha zona. La financiación de
este estudio corresponde al Programa de Medioabiente UBACyT 1996-97.
Cfr.: Boivin, Rosato y Balbi 1997.
[9] . Esto
generó, a su vez, una mayor presencia de las instituciones estatales
en ellas: por ejemplo, se produjo la reapertura de una escuela
que había dejado de funcionar a fines de la década pasada y se
inauguró una escuela flotante.
[10] . Los
datos correspondientes a la producción avícola provienen de una
investigación realizada en 1995 por la Lic. Ana Rosato para la
Secretaría de Asuntos Agrarios - Gobierno de la Provincia de Entre
Ríos (SAA-ER).
[11] . Según
los datos de que dispone la Subsecretaria de Asuntos Agrarios
de la Provincia, en 1984 había 1510 productores avícolas, de
los cuales 1240 estaban integrados a los frigoríficos (82,12%),
150 eran subintegrados (9,93%), y 120 eran independientes
(7,95%). En 1994, sobre un total de 2500 productores (un 46% más
que 10 años antes) se calcula que existen 2300 integrados (92%).
[12] . Con
este arreglo, el productor pierde parte de su autonomía tecnológica
al tiempo que disminuye su riesgo de producción, el que es asumido
parcialmente por la empresa.
[13] . En
el Informe Preliminar de Reconversión Avícola (SAA‑ER),
se concluye que las granjas con menos de 10.000 pollos "representan
el 41% del total de las granjas integradas, que generan el 21%
de la producción de aves vivas, y que tienen un reducido tamaño,
de alrededor de 6.000 pollos por crianza" en promedio.
[14] . En
ese entonces, la industria avícola entrerriana abastecía al 40%
del mercado nacional, proveyendo un total de 94.311 cabezas (SAA,
ER). Las empresas entrerrianas demandaron la participación
del Estado para proteger la industria nacional frente a la externa,
lo que derivó en el establecimiento de cupos para la entrada del
producto brasileño, condicionados, sin embargo, a la reducción
de costos y la adecuación del precio final al precio internacional
por parte de las empresas nacionales.
[15] . Técnicamente,
esto ocurre en 55 a 60 días.
[16] . Las
empresas también prolongan el tiempo de pago -aquél que media
desde que le retira al productor la crianza hasta que se la abona-
entre 15 y 90 días.
[17] . El
tiempo de espera técnicamente necesario varía de acuerdo
a la capacidad del galpón y la capacidad técnica del productor,
entre dos y siete días. Así, si el pollo fuera retirado por la
empresa una vez alcanzado el peso adecuado, en 50-60 días, y
si la empresa le entregara la nueva crianza a los 7 días (tiempo
que le permite al productor realizar los trabajos necesarios para
preparar las instalaciones), cada ciclo insumiría un máximo de
67 días y el productor podría llegar a realizar casi 6 crianzas
por año. En el Informe Preliminar de Reconversión Avícola (SAA‑ER)
se menciona que el 41% del total de granjas integradas produce
6000 pollos promedio por crianza a un precio promedio por pollo
de U$S 0,27 de tal manera que ese productor promedio recibiría
U$S 1620.00 por crianza. Si tomamos el tiempo técnico de 70 días
por crianza (el informe calcula sus aproximaciones sobre esta
base) el productor medio recibiría un ingreso anual de U$S 8440.20
(U$S 700 mensuales). Si, en cambio, se cumple el tiempo establecido
usualmente en los contratos, de 90 días, ese mismo productor pasa
a recibir U$S 6577.20 al año (U$S 548.10 mensuales), de manera
que su ingreso se reduce en un 22%. Además, hemos encontrado casos
en los cuales el productor ha tenido que esperar 15 o 20 días
más para que le retiren el producto (hasta un total de 90 días).
[18] .
Los límites de esta posibilidad, sin embargo, parecen variar según
las características de cada actividad productiva y de cada mercado:
la actual crisis de la producción avícola entrerriana revela que
la utilización de las antiguas relaciones de producción no permitió
a la empresas superar los efectos negativos de la introducción
de la oferta brasileña sino, tan sólo, posponerlos por algunos
años.
[19] . Si
bien no nos es posible extendernos aquí sobre este particular,
creemos que el breve resumen de nuestros trabajos trasluce claramente
tanto el tipo de información empleada -y, en consecuencia, el
carácter etnográfico de nuestra indagación- como la naturaleza
comparativa del análisis.
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