La construcción de la alteridad a través de las imágenes
Lic.Cristian Jure
Cátedra de Antropología Social / Facultad de Bellas Artes - UNLP
Comisión de Investigaciones Científicas de la Pcia de Buenos Aires
CIC
Una ciencia que acepta las imágenes -sostiene Bachelard-
es más que cualquier otra, víctima de las metáforas. Por eso el
espíritu científico debe incesantemente luchar en contra de las
imágenes...[1].
Contrariamente, la antropología en su desarrollo histórico
fue constituyéndose como ciencia particular elaborando explicaciones
de la otredad cultural a partir de la constitución de
una imagen, de un modelo de quienes consideraba objetos de su estudio.
La imagen figurativa, en tanto "representación o simulación
del mundo exterior, el de los objetos[2]"
aparece como un elemento recurrente en la elaboración del discurso
antropológico, a punto tal que podríamos considerarla como uno de
sus rasgos característicos y particulares. Su utilización contribuyó
a diferenciar la antropología de las demas ciencias del hombre
y a los antropólogos de otros científicos, construyendo así su propia
imagen. "En Los Argonautas del Pacífico, B. Malinowski
consagraba la imagen paradigmática del antropólogo como un nuevo
tipo de intelectual que haría posible acabar con las distorsiones
a las que eran sometidos los pueblos lejanos"[3]
De los dibujos, esquemas y fotografías utilizadas en los iniciales
trabajos con pretensiones científicas a la actual pluralidad de
técnicas, materias y formas de lo audiovisual, el cine ha
ejercido por sobre todas un liderazgo que obliga necesariamente
a vertebrar nuestro análisis en torno de las innovaciones teóricas
y metodológicas producidas a lo largo de su evolución, puntualizando
aquellos aportes que influenciaron de manera sustancial la relación
de los otros con la imagen. En consecuencia, cine y
antropología constituyen actualmente dos campos diferenciados de
conocimiento con puntos de contacto, desencuentros y reconciliaciones
pero que comparten ante todo un mismo origen histórico: los cambios
en el modo de producción, el desarrollo tecnológico experimentado
por Europa durante el último cuarto del siglo XIX permitió, por
un lado, la aparición de una gran cantidad de innovadores aparatos
técnicos, entre ellos el cinematógrafo. Por el otro, este
mismo desarrollo devino en una crisis de superproducción que condujo
a las potencias europeas a expandirse y colonizar nuevas tierras
consideradas como no pertenecientes a nadie y legitimando dicha
apropiación en la superioridad del hombre civilizado
sobre las incapacidades, ignorancias y atrasos de los
pueblos colonizados. En este contexto histórico surgen la antropología
y el cine con objetivos diferentes pero a la vez complementarios.
Transcurrido más de un siglo, ni la identificación ni la concepción
de los "otros" en las sociedades contemporáneas son las
que eran en los comienzos, pero la elaboración de la imagen ha continuado
siendo un elemento esencial en la construcción de la identidad de
grupos, sectores y pueblos. En cuanto a la imagen audiovisual, durante
el transcurso de este tiempo, los otros" han dejado
de aparecer como objetos pasivos de filmación para ser
verdaderos sujetos de realización, constructores de su imagen audiovisual,
reafirmando así su propia identidad.
De este modo, desde el presente artículo se pretende distinguir,
analizar y reflexionar sobre algunas de aquellas innovaciones
teórico-metodológicas, cambios, rupturas y reestructuraciones, que
posibilitaron este desplazamiento, atendiendo tanto los contextos
históricos como a sus implicaciones operativas.
1. En los comienzos: el otro, objeto pasivo
Las cronofotografías de E.J. Marey, los adelantos de Muybridge,
la vigencia de los esquemas evolutivos de Morgan, Tylor, Mc Lennan,
el teatro óptico de E. Regnaud, al kinetoscopio de T. Edison, el
fotomontaje de los Hermanos Kladanovsky y el cinematógrafo de los
Lumière, los comienzos etnográficos de Boas, Mauss, Malinowski,
los escritos en Le Film Esthetique de Louis Feuillade, la
publicación de El Manifiesto de las Siete Artes de Ricciotto
Canudo, esos momentos constituyen un período de construcción y afirmación
donde ni el cine era todavía el séptimo arte ni la antropología
una ciencia consolidada. Pero ambos venían siendo. En esta etapa
inicial se produjeron 'las primeras miradas cinematográficas' hacia
quienes, posteriormente, la antropología denominaría 'los otros
culturales'. La bibliografía sobre los orígenes del cine y de su
utilización en antropología presenta, según los autores, diferentes
nombres que designan "primeros registros en movimiento consagrados
a los otros culturales". Así, para Emile de Brigard, "el
primero en hacer cine etnográfico fue Félix-Louis Regnault, un filósofo
especializado en anatomía patológica que se interesó por la antropología
en 1888, el año en que Jules-Etienne Marey, el inventor de la cronofotografía
demostró la capacidad de su nueva cámara con película de celuloide
ante la Academia Francesa de la Ciencias. En la primavera de 1895,
Regnault con la ayuda de un asociado de Marey, Charles Comte, filmó
una mujer wolof haciendo cerámica en la Exposición Etnográfica del
Africa Occidental"[4].
Por su parte, Karl Heider, luego de mencionar la escolar frase "siempre
es agradable tener una fecha definida para comenzar una historia,
propone para el cine etnográfico el 4 de abril de 1901:
En este día Baldwin Spencer, que se hiciera notable por sus
estudios sobre los aborígenes australianos, filmó una danza nativa
del canguro y una ceremonia para la lluvia"[5].
En tanto, Pierre Jordan sostiene que "fue en el estudio,
bautizado como Negra María, que W.K.L. Dickson filmó en 1894 las
dos bandas para kinetoscopio tituladas Indian War Council y Sioux
Ghost Dance. Estos dos documentos constituyen, aparentemente, las
primeras imágenes en movimiento consagradas al otro"[6].
Seguramente, en la medida en que continúen las investigaciones,
nuevos autores irán proponiendo a otros realizadores para ocupar
el podio, pero más allá de lo anecdótico, ese tipo de datos no tienen
mayor importancia en este análisis. Como sostiene Edward Said
las ideas acerca del origen, en virtud de su pasividad, son
usadas de forma que debiera evitarse. El término comienzo,
en cambio, está íntimamanete relacionado con un amplio complejo
de vinculaciones: entre la palabra comienzo y la palabra
origen se extiende un sistema constantemente cambiante de significados,
la mayoría de los cuales dotan primero a una y luego a otra palabra
de mayor prioridad / precedencia, importancia, poder explicativo[7].
En consecuencia, estos registros del comienzo -con intenciones
etnográficas en Regnault y lejos de ellas en Dickson y la mayoría
de los operadores Lumière[8]- se realizaron dentro de un marco caracterizado
por la situación colonial, donde los principales precursores de
películas pertenecían lógicamente a las naciones colonizadoras.
De este modo, las imágenes de aquellos contactos estuvieron influenciadas
por la mirada exótica colonial legitimada en los postulados evolucionistas
de la sociedad occidental de fines de siglo XIX. Durante aquellos
años y hasta la segunda década del siguiente siglo, la antropología,
como el resto del campo científico, disputaba su espacio en la sociedad
construyendo un tipo de autoridad propia, distinta de la autoridad
de la religión, la filosofía o las artes. Apoyados en la "objetividad"
y "el método científico", los evolucionistas, contrariamente
a las concepciones filosóficas y religiosas de la época, propusieron
al hombre como una especie (biológica pero también social),
resultado de la evolución genética, el desarrollo histórico y la
selección natural. Los esfuerzos de Lewis Morgan, Edward Tylor
y demás antropólogos de este período, se centraron en ordenar científicamente
las diferencias y semejanzas culturales construyendo un esquema
evolutivo en el cual el estadio más alto del desarrollo de la especie
humana lo constituía la civilización y el punto inicial el
salvajismo, entre uno y otro, la barbarie. El camino
para reconstruir este esquema fue desde el presente hacia el pasado,
de la civilización al salvajismo, desde el nosotros
a los otros, de la sociedad industrial del siglo XIX,
cúspide del progreso, hacia los 'pueblos estancados en períodos
anteriores'. Los bienes materiales y las instituciones de la sociedad
industrial eran indicadores del máximo progreso alcanzado por el
hombre, y así como la ciencia era la manifestación suprema del pensamiento
civilizado, el cinematógrafo fue un fiel exponente de la tecnología
en su estadio más evolucionado.
Como sabemos, el término nosotros expresa fundamentalmente
el reconocimiento de una identidad colectiva que adquiere plena
significación cuando se opone a su contrario, los otros,
el nosotros fue entonces el punto de partida para clasificar
a los otros dentro del esquema evolutivo y sobre todo, una
manera de calificar y categorizar lo diferente.
La expansión europea del siglo XIX, como todo colonialismo, se
sostenía sobre los supuestos de considerar lo descubierto como propio,
no perteneciente a nadie y legitimando dicha apropiación en la superioridad
del conquistador sobre la incapacidad e ignorancia de los pueblos
colonizados, con la particularidad de sustentar, fundamentar y justificar
la pretendida inferioridad desde el prestigio de la práctica científica.
De este modo el método utilizado para establecer la superioridad
del hombre civilizado fue la comparación realizada
desde el más familiar sentido común: cuanto más simple más
cercano al salvajismo y más alejado de la civilización, aunque
conjuntamente se utilizó la deducción especulativa cuando
los datos resultaban escasos. El mecanismo fundamental para
clasificar a 'los otros' en el esquema evolutivo consistía en identificar
las ausencias de adquisiciones culturales. De este modo, el evolucionismo
definía a los otros como aquellos seres sin los bienes e instituciones
de la civilización moderna y construía su imagen a partir de la
carencia esencialmente intrínseca resaltando además de las ausencias,
la desorganización y el caos. Decía un autor de fines
del siglo pasado: No es natural, no es justo que los pueblos
civilizados occidentales vivan en espacios restringidos, donde acumulan
maravillas de la ciencia, del arte de la civilización, dejando la
mitad del mundo a pequeños grupos de hombres incapaces e ignorantes...
[9]
En otras palabras, la invasión, la expropiación de las tierras,
la explotación, el extermino y genocidio de los otros
fundamentado en la superioridad del hombre blanco civilizado no
fue mostrado ni por la ciencia ni por la naciente cinematografía
ni por ninguna otra institución civilizada como una
expresión del más acérrimo de los racismos. A lo que Eduardo Menéndez
se preguntó: Pero cuándo los hombres blancos occidentales
y cristianos nos hemos enterado de que existía el racismo, no sólo
como discriminación más o menos distanciadora de los otros, sino
como asesinato, como una de las formas más terribles de violencia
en todas las dimensiones que podemos imaginar: El dato no por ser
evidente deja de ser espectacular: tendemos a ubicar ese período
con la decadencia del treinta y más específicamente con la
preparación y desarrollo de la segunda guerra mundial. Es
decir tendemos a identificar y redescubrir la relación
existente entre racismo y violencia sólo en el momento en que una
máquina blanca de guerra trata de exterminar en Europa a otros blancos
muy parecidos. ¿Pero acaso algo de esto era nuevo? ¿Acaso los blancos
no habían asesinado, discriminado, inferiorizado a otros conjuntos
humanos? Lo único nuevo fue que tal acción haya operado básicamente
sobre Europa, sobre blancos con los mismos principios ideológicos
que venían empleando sobre indios, negros y amarillos[10]
Los registros fílmicos y textos de la etapa evolucionista apoyaron
el proceso colonialista construyendo a los otros como
seres diferentes, creando una imagen donde aparecían como
individuos improductivos, vagos, ignorantes, resaltando
por sobre todos los aspectos el exotismo y esto
se debe básicamente a que para el colonialismo del 1900 las otras
visiones del mundo resultaban altamente significativas para construir
su propia imagen. En la comparación, a partir de observar las
creencias y supersticiones de los otros veían la
grandeza de su propia religión, lo mismo hacían las costumbres
con relación al derecho y las danzas, bailes y folklore a
las Bellas Artes.
Durante esa etapa inicial, los máximos referentes, y de algún modo
fundadores de la ciencia antropológica no tenían ningún tipo de
contacto con los habitantes de las tierras colonizadas. Sus estudios
se basaban exclusivamente en los datos obtenidos de los informes
de viajeros, exploradores, militares, evangelizadores, comerciantes
donde hablaban de la existencia, creencias y curiosidades de los
que consideraban otros culturales. En el libro Researches
into the early history of manking (1865) de Eward Tylor elaborado
con los más rigurosos criterios académicos de la época, todas las
fuentes sobre las que se basó eran anteriores a 1860.
Entre los pioneros registros fílmicos pensados como documentos
visuales para la investigación se destacan sobre todos, los realizados
por Alfred Cort Haddon en el año 1898 durante una expedición al
estrecho de Torres (que separa Nueva Guinea de Australia) organizada
por la Universidad de Cambridge. Transportando una cámara cinematográfica
y un fonógrafo, Haddon realiza uno de los más originales y notorios
emprendimientos en la historia de la investigación antropológica.
Sus pocos registros aún conservados están referidos fundamentalmente
a las danzas y ritos de tipo ceremoniales. A partir del éxito logrado
en la expedición al estrecho de Torres, destacados científicos y
exploradores comenzaron a incorporar entre sus instrumentos de investigación
una cámara cinematográfica, otra fotográfica y en muchos casos,
aparatos de registro sonoro. De esta forma, la preocupación por
el registro de lo diferente llevó a figuras como Walter B.
Spencer y Gillen a realizar filmaciones en Australia Central, Rodolph
Pöch hizo lo propio en Nueva Guinea, William Van Valin en Alaska,
Luiz Thornaz Reis en el Mato Grosso, Josehp Dixon en Norteamérica
mientras estudiaba a los indios Crow, F.W. Hodge a los Zuñi, Martin
Johnson en el pacífico Sur.
Mientras estos y otros exploradores/realizadores desarrollaban
sus actividades en los más "lejanos y remotos lugares de la
tierra, en una sala del cine Casino de Nueva York se estrenaba
In the Land of the Head Hunters (1914) un film de
Edward Curtis, prestigioso fotógrafo ampliamente reconocido por
su trabajo sobre grupos indígenas norteamericanos, quien había decidido
realizar esta película luego de haber compartido la vida cotidiana
de los Kwakiutl durante varias estaciones. Este film épico que narraba
la epopeya de los indios Kwakiutl fue muy bien recibido por la crítica
y el público, pero repudiado en el naciente campo antropológico
norteamericano que en aquellos días intentaba producir cambios estratégicos
tendientes a separar de la ciencia antropológica todo tipo de elemento
aficionado, sin método ni entrenamiento (característico de la antropología
hasta ese momento). Este esfuerzo más allá de toda crítica actual
siempre le fue reconocido a Franz Boas y sus primeros discípulos
quienes, como sostiene Marvin Harris, se vieron obligados
a construir una antropología profesional, universitaria prácticamente
desde sus cimientos. Y lo hicieron con notable éxito si se tienen
en cuenta los numerosos obstáculos que tuvieron que vencer[11] . Entre los obstáculos que
implicaban los trabajos considerados como superficiales, sin rigor
científico, el de Curtis particularmente sumaba otro agravante.
Sus protagonistas, los indios kwakiutl, habían sido especialmente
estudiados por Boas desde hacía bastante tiempo atrás[12]
y esto iba en contra de una de las incipientes reglas implícitas
de la antropología, donde involucrarse con otros que
ya estaban siendo estudiados era considerado como una invasión
de territorio. Pero Curtis fue más allá aún, ya que incorporó
como ayudante y consultor durante el rodaje de su película al mismo
kwakiutl que Boas tenía como informante para sus investigaciones.
A pesar de todo, Boas no menospreciaba al cine como instrumento
de investigación, sino que, por el contrario, lo consideraba un
medio eficaz en el estudio del comportamiento humano y proponía
utilizarlo para documentar las condiciones actuales en las
que se encontraban "los otros" y posteriormente estudiarlas
tratando de comprender el comportamiento registrado en el presente
etnográfico. Para Curtis, en cambio, el cine era otra cosa, un medio
que podía ser utilizado para restaurar y reconstruir el comportamiento
de "los otros" no para ser reproducido en un laboratorio
o entre selectos grupos de investigadores, sino para que los públicos
de los grandes teatros pudieran ver cómo habían vivido los Kwakiutl
en una época pasada. Narró en el film su interpretación de lo que
pudo haber sido la vida de aquellos indios en una época pasada y
la reconstruyó cinematográficamente poniendo especial énfasis en
hacer creible la imagen. Cuidó de una manera notable para la época
cada uno de los detalles y fueron verdaderos talladores
Kwakiutl los que reconstruyeron falsos frentes a las
casas, además de canoas, totems y adornos. Pero además, aparte de
mostrar los elementos indios de manera novedosa, Curtis, que provenía
de la misma escuela de D. W. Griffith, había manejado magistralmente
el suspenso en la construcción de su relato. Tras el éxito de In
the land of the head hunters, Boas, evidentemente molesto, propuso
al presidente Roosevelt que convocase a un comité de distinguidos
científicos para revisar el desempeño de Curtis y así impedirle
continuar trabajando. Finalmente exonerado continuó fotografiando
incansablemente las distintas comunidades de indios norteamericanos,
produciendo una de las más importantes obras fotográficas en la
historia de la etnografía, tarea que eclipsó su aspecto realizativo
y así su película fue olvidada y finalmente perdida, mientras Boas
comenzaba a filmar sus propios registros del comportamiento Kwakiutl.
Una experiencia similar habia sido realizada en México por Carlos
Martínez Arredondo cuando en 1912 filmó Tiempos Mayas y La Voz
de la Raza. En Argentina Alcides Greca filmará años más tarde
en San Javier El Ultimo Malón (1919) donde reconstruye la
última revuelta indígena de los indios mocovíes, incorporando al
relato una romántica historia de amor. El gran valor testimonial
de esta realización reside también en el hecho que Greca hizo participar
en el film a muchos de los mismos mocovíes que doce años antes habían
sido protagonistas de aquel episodio.
Así como In the Land of the Head Hunters fue la primer
y última película de Curtis, El Ultimo Malón lo fue para
Greca. Esta falta de continuidad también era la característica común
entre los pioneros trabajos que tenían al otro diferente
como objeto pasivo de filmación. Salvo algunas excepciones la tendencia
general fue lamentablemente la de no tener una continuidad en el
uso del film en las posteriores expediciones e investigaciones.
Las razones de esto están referidas a cuestiones de orden tecnológico
y económico - el excesivo peso de los aparatos que dificultaban
su movilidad, el peligro inflamable que implicaba el Nitrato, los
altos costos de un equipo numeroso -, pero también influyeron otras
de orden teórico. En primer término la consolidación del cine como
una nueva manifestación del arte sustentado en las creaciones subjetivas
de sus artistas se contradecía y en cierto modo amenazaba la pretendida
objetividad científica. Esto lo reconoce F. Régnault
cuando en 1931 escribía el éxito prodigioso del cine hace
olvidar la importancia del film para las investigaciones científicas.[13] Desde otro punto de vista,
a principios del siglo XX el interés por la cultura material que
caracterizó la generación de Haddon, fue progresivamente sustituido
por el énfasis en los aspectos psicológicos y en las estructuras
sociales de carácter inmaterial. Este nuevo enfoque no encontró
en el registro fílmico un recurso eficaz para sus investigaciones.
Igualmente "los otros" continuaron siendo utilizados como
objetos exóticos, atractivos de filmación y su caracterización como
seres diferentes, primitivos e inferiores, aunque cada vez menos
utilizada en el campo antropológico fue una estrategia muy utilizada
por muchos realizadores durante el desarrollo histórico de la cinematografía
hasta nuestros días.
Observación, otros y cámara. (participantes)
Durante los comienzos de la segunda década del siglo XX, a consecuencia
de la reestructuración estratégica del escenario colonial se producen
cambios significativos en el campo cinematográfico y en la naciente
ciencia antropológica que permitieron construir la imagen del "otro
cultural" a través de una estrategia distinta a la propuesta
por la teoría evolucionista. El funcionalismo británico de B. Malinowski,
el particularismo histórico de Franz Boas en Norteamérica junto
a la escuela histórica cultural alemana y la sociológica francesa
surgieron en oposición a la escuela diacrónica evolucionista, criticando
fundamentalmente su raíz etnocentrista. De este modo las
críticas apuntaban esencialmente a la utilización del método
comparativo, ya que su aplicación había tenido siempre como
referente exclusivo los valores de la sociedad occidental. El surgimiento
de estas corrientes y escuelas identificadas con el relativismo
cultural produjo un significativo cambio en la construcción
de 'los otros' que implicó desplazar al sin como mecanismo cognitivo
(característico del evolucionismo) por el con. A partir de esto,
'los otros' ya no serían considerados seres carentes de los
bienes, costumbres y organización de la sociedad modernidad, sino
individuos con economía, religión, artes, política y demás
instituciones que se presentaban de una forma distinta.
En otras palabras, mientras los evolucionistas entendían al contacto
con el otro como un retorno al pasado, un viaje a un
tiempo remoto, los relativistas lo concebían como un encuentro ahí
y ahora. El viaje en la contemporaneidad de su tiempo les hacía
no prestarle mayor atención a los desarrollos históricos o evolutivos
de cada pueblo particular, pero les permitió llegar hacia aquellos
lugares distantes que los teóricos evolucionistas solo habían conocido
a través de relatos escritos.
En 1922 luego de convivir durante largos períodos entre los nativos
de las islas Trobriand, Malinowski publica una obra capital para
las ciencias sociales Los Argonautas del Pacífico Occidental.
Allí expone los lineamientos generales de lo que posteriormente
constituiría uno de los rasgos particulares de la ciencia antropológica:
la metodología de la observación participante. Ese mismo
año Robert Flaherty logra estrenar en la sala Capitol de Nueva York
su ópera prima: Nanook el Esquimal (Nanook of the North,
1922). La sorpresa fue casi generalizada: el masivo éxito de
taquilla impactó a los ejecutivos de las distribuidoras que anteriormente
la habían rechazado. La consistencia en la estructuración del relato
y las sutilezas estéticas fueron reconocidas los críticos. Las proezas
del personaje y de su familia para sobrevivir en un clima hostil
sorprendieron a un público acostumbrado a que en la gran mayoría
de las realizaciones de este tipo - a excepción de los trabajos
de Reiz y de las reconstrucciones de E. Curtis y de Dixon - la edición
consistiera en un simple "pegado" del material en bruto.
Pero las innovaciones metodológicas coincidentes con las propuestas
por Malinowski en su libro, pasaron desapercibidas para los impulsores
de la ciencia antropológica.
En una de las secuencias mas recordadas, Nanook sorprendido frente
a un fonógrafo muerde un disco y sonriendo ingenuamente a la cámara
se agacha para observar detalladamente el extraño aparato. En la
escena, además del fonógrafo en el centro y Nanook a la izquierda
aparece otro esquimal a la derecha igualmente sorprendido y en un
segundo plano se ve una mujer con un niño en brazos. Sorpresivamente
de un cuadro a otro sin ningún tipo de corte aparente la mujer y
el niño desaparecen. Ese detalle - que por cierto pasa desapercibido
para la gran mayoría de los espectadores - permitiría sospechar
que el realizador "armó" esta escena debiendo realizar
al menos dos veces la misma acción para poder ser registrada por
la cámara (y en alguna de ellas por razones que desconocemos la
mujer y el niño no participan de la escena). Todas las sospechas
quedan resueltas cuando Flaherty expone la metodología de realización
y su particular concepción del cine: "Una hábil selección,
una cuidadosa mezcla de luz y sombra, de situaciones dramáticas
y cómicas, con una gradual progresión de la acción de un extremo
a otro son las características esenciales del documental ... cuando
se lleva a cabo la albor de selección, la realizo sobre material
documental, persiguiendo el fin de narrar la verdad de la forma
más adecuada y no ya disimulándola tras un velo elegante de ficción,
y cuando como corresponde al ámbito de sus atribuciones, infunde
a la realidad el sentido dramático, dicho sentido surge de la misma
naturaleza y no únicamente del cerebro de un novelista más o menos
ingenioso"[14].
Por otro lado, la concepción del otro cultural, así como
su estrategia de construcción, coincidía en principio con los postulados
fundamentales de la contemporánea corriente funcionalista inglesa
que como dijimos había desplazado al evolucionismo de su lugar hegemónico
en la naciente ciencia antropológica. Aunque nunca escuchó el término,
Flaherty había construido el film con la metodología que los antropólogos
llamarían observación participante. La cámara adquirió una
nueva dimensión en el proceso de realización llegando a constituirse
en lo que apropiadamente se dio en llamar 'cámara participante'.
Es decir un instrumento esencial en torno del cual se estructuraría
la relación observador - observado. Al igual que Curtis había
organizado cada escena en función de la cámara cuidando al máximo
cada uno de los detalles. Pero se diferenció de éste y de todo lo
anterior porque construyó la narración haciendo participar a los
protagonistas desde el armado de cada una de las escenas hasta la
compaginación final.
Ya sea en la ciencia o en las artes - sostiene Said
- si buscamos la fuente de un logro podemos observar que lo
que un hombre hace es repetir o refutar lo que algún otro ha hecho
- repetirlo en otros tonos, refinarlo, amplificarlo, simplificarlo,
cargarlo o sobrecargarlo de contenido; o refutar, trastocar, destruir,
pero así lo asume y lo ha usado invisiblemente. Los contrarios nacen
de los contrarios.
Decimos que un autor es original cuando no podemos trazar las
transformaciones ocultas que otros sobrellevaron en su mente, queremos
decir que la dependencia de aquello que hace con lo que otros han
hecho es extremadamente compleja e irregular[15] En este sentido, Nanook
fue por sobre todas las cosas una obra original que luego
algunos- incluido el mismo Flaherty - imitaron, otros la contrariaron,
muchos olvidaron y tiempo después fue rescatada y revalorizada.
También en la obra de Malinowski resulta difícil encontrar algún
tipo de relación con algo anterior, más allá que su teoría funcionalista
estuviera sustentada y fuera en cierto modo continuidad de la misma
lógica positivista que caracterizaba al evolucionismo[16]. Mas allá de toda crítica, tanto
su concepción funcionalista de la sociedad como sus propuestas de
construir al otro cultural desde la estrategia de la diversidad
continuaron manifestándose de distintos modos en la producción antropológica
y cinematográfica.
El otro como sujeto
Cuando Flaherty decidió filmar la vida de los esquimales canadienses
a través de la elección de uno en particular, introdujo un desplazamiento
en relación a la identificación del personaje. "...En Nanook,
en Hombre de Arán y en Sabú, yo y mis colaboradores -reconocerá
en escritos posteriores - hemos intentado captar el espíritu
de la realidad que queríamos representar, y por eso hemos ido,
con todas nuestras máquinas a los tugurios nativos de los individuos
que habíamos elegido - esquimales, isleños de Aran, hindúes - y
hemos hecho de ellos, de sus ambientes y de los animales que los
rodeaban, las estrellas de los filmes realizados"[17]. Hasta ese momento las únicas "estrellas" identificables
en el cine que tenía por objeto el registro de " otros"
eran los propios realizadores, quienes aparecían ante las cámara
como los verdaderos héroes de grandes aventuras ocurridas en tierras
lejanas entre individuos extraños y muchas veces peligrosos.
Es sin dudas uno de los elementos más significativos de la obra
de Flaherty el hecho de que el otro dejó de aparecer
como un pasivo objeto de registro y comenzó a ser un
personaje con participación activa en la estructuración del relato
del film. A partir de Nanook "el distinto" tuvo nombre,
había dejado se ser un objeto indiferenciado de los suyos, una ilustración
de lo exótico, diferente, lejano e inferior para convertirse en
un personaje identificado en el film[18]. A tal punto aquellos individuos de tierras
lejanas no fueron considerados por Flaherty como seres "inferiores,
carentes de" y si como personas distintas, que en su
artículo La Función del documental sostuvo que "Una
vez que nuestro hombre de la calle haya lanzado una mirada concreta
a las condiciones de vida de sus hermanos de allende fronteras,
a sus luchas cotidianas por la vida con los fracasos y victorias
que las acompañan, empezará a darse cuenta tanto de la unidad como
de la variedad de la naturaleza humana, y a comprender que el extranjero,
sea cual sea su apariencia externa, no es tan solo un extranjero,
sino un individuo, que alimenta sus mismas exigencias y sus mismo
deseos, un individuo, en última instancia, digno de simpatía y
de consideración" [19]
Esta actitud de presentar a los otros como personas
diferentes, y no como inferiores adquiere un valor mayor cuando
la contrastamos con las realizaciones de sus contemporáneos. Entre
las más representativas, el caso de Grass (1925) la película
de Ernest Shoedsack y Marian Cooper realizada en Turquía y Persia,
distribuida con gran éxito por la Paramount, mostraba una masiva
y accidentada migración en busca de pastos para los rebaños. En
un determinado momento del film la multitud cruza un río que al
desbordarse provoca la muerte de hombres, mujeres, niños y animales.
Para las crónicas de la época esta escena "representa una
de las secuencias más espectaculares nunca vistas en una película",
aunque la imagen de "los otros" es representada a través
de una masa colectiva y anónima de pastores en la que no se podía
diferenciar a ninguna figura individual.[20] En el film La Croisiére Noire (1926)
de Leon Poirier una particular película patrocinada por Citroën
que narra una travesía en auto por tierras Africanas, las personas
filmadas en las distintas tribus visitadas son indistinguibles unas
de otras representan una masa homogénea adonde la estrella indiscutida
del film es el resistente y fuerte Citroën. Pero sin dudas es Congorilla
(1929) de Martin y Osa Johnson la que supera todo lo conocido
hasta ese momento (incluso hasta sus anteriores realizaciones).
Siendo el primer filme sonoro realizado en las lejanas tierras
africanas , desde la narración se menciona a "los otros"
como "graciosos salvajillos ... los más felices salvajillos
que hay sobre la tierra". Cuando uno de los porteadores
que por cierto presenta un particular corte de pelo dice su nombre,
la señora Johnson escucha algo así como "coffee pot" (taza
de café) y así, sin ningún tipo de dudas este gracioso salvajillo
será llamado durante el filme Mr. Coffee Pot. Sobre las "travesuras"
del matrimonio Johnson señala Erik Barnouw que "Su idea
de humorismo era por ejemplo, dar un cigarro a un pigmeo para ver
como éste se descomponía, dar a otro un globo para que lo inflara
y observar su reacción cuando el globo estallaba o dar de beber
cerveza...."[21] . Años mas tarde, cuando realizadores europeos
con el fin de obtener "imágenes fuertes e impactantes"
aprovecharon la mecánica liviana y ágil de la cámara de 16 mm para
salir a la búsqueda de lo extraño, cometiendo las más repudiables
aberraciones humanas, aquellas ocurrencias de los Johnson quedarán
en la historia de la cinematografía como inofensivas y hasta ingenuas
travesuras infantiles. Pero eso sucederá después, con la aparición
de los filmes del estilo Mondo Cane impulsados por G. Jacopetti.
(solo superado recientemente con la irrupción del fenómeno Snuff)
4. El cine - verdad
Una vez que el cine logró superar sus justificaciones técnico -
mecánicas para constituirse como campo de conocimiento autónomo
comenzaron a manifestarse los enfrentamientos entre las distintas
concepciones teóricas en busca de posiciones hegemónicas. Mencionamos
al Manifiesto de la Siete Artes de Riccioto Canudo como un
hito fundamental dentro de la historia de la cinematografía en el
cual este precursor de la crítica cinematográfica fijaba su posición
de lo que entendía debía ser el cine." ...Este arte de síntesis
total que es el cine, este prodigioso recién nacido de la Máquina
y del Sentimiento, está empezando a dejar de balbucear para entrar
en la infancia. Y muy pronto llegará la adolescencia a despertar
su intelecto y a multiplicar sus manifestaciones; nosotros le pediremos
que acelere el desarrollo, que adelante el advenimiento de su juventud.
Necesitamos al Cine para crear el arte total al que, desde siempre,
han tendido todas las artes"[22] . Ésta concepción del cine como síntesis de todas las artes
contó con una gran adhesión entre cineastas, críticos y el público
pero también fue duramente discutida y cuestionada por otros. En
el cine, como en otros campos de la sociedad, se enfrentan constantemente
sectores tradicionalistas que adhieren a los vigentes esquemas
consagrados por el uso contra los sectores innovadores que
intentan subvertir esos mismos esquemas. A diferencia de los primeros,
los innovadores generalmente no representan una unidad claramente
definida. Y como sostiene Guido Aristarco "Todos los innovadores
tienen su propia concepción creativa, su propio método y un estilo
individual distinto de los demás, pero todos ellos quieren descubrir
las leyes del cine, formulando los principios teóricos del arte
cinematográfico[23]..." .
Durante los años 20 la cinematografía en la Rusia revolucionaria
estuvo caracterizada por el surgimiento de sectores innovadores
que influenciarían el desarrollo histórico del campo cinematográfico
del resto del mundo. Eisenstein, Pudovkin, Kozintsev, Trauberg,
Ermler, Duvzhenko, Yutkievich...entre los más combativos se destacaba
la figura de Dziga Vertov. El objetivo de su cámara no estaba dirigido
hacia aquellos individuos que la antropología de la época consideraba
sus objetos de estudio pero sus aportes teóricos y conceptuales
son de tal importancia en el actual campo antropológico que hoy,
luego de que sus propuestas fueron revalorizadas, es considerado
-junto a Flaherty- uno de los padres del documentalismo y del cine
antropológico en particular. Editor de noticieros semanales durante
los primeros años de la revolución Vertov se propuso 'patear el
tablero' del cine en respuesta a la creciente entrada de las películas
extranjeras y a la adhesión que éstas encontraban en el público
de su país. Propuesto a luchar contra este tipo de cine al cual,
parafraseando a Marx consideraba el opio de los pueblos,
comenzó a exponer sus teorías en artículos que publicaba en forma
de manifiestos con evidentes características futuristas. Aunque
es necesario aclarar, el futurismo ruso, en tanto corriente literaria
oficial de la revolución, difería del futurismo de Marinetti[24] ya que no estaba concebido como
una corriente de elite sino de masas. Maiakovski el máximo
exponente de esta corriente negaba el valor del cine tradicional
"Para Ustedes, el cine es un espectáculo. Para mí es casi
una concepción del mundo. El cine es prestador del movimiento. El
cine renueva la literatura. El cine derriba la estética. El cine
es audacia. El cine es un atleta. Pero el cine está enfermo [25]". Identificado
con las propuestas del gran escritor ruso en crear un lenguaje particular
y propio, Vertov propone desde sus manifiestos "a huir de
los dulzones abrazos del romance, del veneno de la novela psicológica,
del abrazo de teatro del amante, a dar la espalda a la música".
En este mismo sentido realiza junto a un grupo de seguidores
"Kino-pravda" (Cine verdad), una serie de noticiarios
en donde periódicamente manifestaban en la pantalla sus concepciones
visuales y propuestas teóricas de un cine que entendían debía basarse
en la verdad, presentando fragmentos de la realidad cotidiana reunidos
con un sentido claramente definido. En uno de los manifiestos dirá
que "la muerte de la cinematografía es indispensable para
que viva el arte cinematográfico. NOSOTROS llamamos a acelerar su
muerte. NOSOTROS protestamos contra las mezclas de las artes que
muchos califican de síntesis". Muchos, eran justamente
aquellos directores tradicionalistas que miraban de reojo cualquier
tipo de experimento innovador. Nosotros, un grupo de cineastas
de características vanguardistas quienes se identificaban con el
nombre de kinoks 'para distinguirnos de los "cineastas",
hatajo de chamarileros que apenas logran encubrir sus antiguallas[26]".
Los kinoks proclamaban que en el Kino-pravda (cine-verdad), cine
del futuro, el film estaba en montaje desde el mismo momento en
que se lo comenzaba a pensar (hasta la edición final) pudiéndose
distinguir en ese montaje continuo tres períodos sucesivos:
Primer período: El montaje es el inventario de todos los datos documentales
que tienen una relación, directa o no con el tema tratado (...)
después de ese inventario el plan temático se cristaliza, se revela,
`se monta´. Segundo período: El montaje es el resumen de las observaciones
realizadas por el ojo humano sobre el tema tratado (...) Al efectuar
esta selección, el autor toma en consideración tanto las directivas
del plan temático como las propiedades particulares de la máquina-ojo,
del cine-ojo. Tercer período: Montaje central. Resumen de las observaciones
inscritas en la película por el cine ojo. Cálculo cifrado de las
agrupaciones de montaje. Asociación (suma, resta, multiplicación,
división y colocación entre paréntesis) de los fragmentos filmados
de idéntica naturaleza. Permutación incesante de estos fragmentos-imágenes
hasta que estén colocados en un orden rítmico donde todos los encadenamientos
de sentido coincidan con los encadenamientos visuales. Como resultado
final de todas estas mezclas, desplazamientos, cortes, obtenemos
una especie de ecuación visual, una especie de fórmula visual ...[27].
En virtud de demostrar que el lente de la cámara permitía llegar
donde no el ojo humano, se registraban las situaciones cotidianas
desde los ángulos más extraños e inimaginables. En el montaje las
superposiciones de imágenes múltiples, cámaras lentas, movimientos
acelerados, experimentos fotográficos, etc eran a su vez expresión
de la mano del hombre, manifestación de la elección de un autor.
Pero todos esos experimentos vanguardistas comenzaron a ser incomprensibles
para el gran público de los teatros y resultaban cada vez más incómodos
para las autoridades formalistas. Mis amigos
ya no me entendían y me reprobaban. Mis enemigos saltaban de alegría.
Los operadores declararon que se negaban a rodar para el kino-pravda.
En cuanto a la censura rechazó pura y simplemente el Nº 14. Confieso
que quedé hundido (...) A continuación el conflicto se fue resolviendo.
Los jóvenes y los clubes obreros tributaron una excelente acogida
al film (...) el estado de alerta había concluido pero el combate
seguía[28]. De este modo a través
del forzado desplazamiento de los lugares legitimados por la cinematografía
como lo eran los grandes teatros, Vertov encontró una explicación
que fue mucho más allá de la defensa de su concepción de cine.
Sobre un espectador asiduo a las salas de cine, el drama de
arte habitual actúa como cigarro sobre el fumador. Intoxicado
por el cine-nicotina, el espectador aspira la sustancia de la pantalla
que excita sus nervios. Un cine objeto, elaborado con materiales
de noticiarios, contribuye en gran medida a quitarle la borrachera
y , desde el punto de vista gustativo le produce sobre la impresión
de un contraveneno de sabor desagradable. Sobre un espectador virgen,
que no ha visto nunca cine y por tanto no ha visto jamás ningún
drama de arte , el efecto es exactamente contrario.
Su educación su hábito, empezará a partir del film que nosotros
le mostramos. Si después de una serie de kinopravdas le proponemos
un drama de arte su reacción gustativa será tan amarga
como la impresión que produce sobre un no fumador el primer cigarrillo
de tabaco fuerte[29].
Pasando por alto la consideración superficial del espectador
como ente pasivo de percepción y la explicación limitada y atomizada
sobre los gustos del público, es posible sostener que Vertov fundamentaba
sus argumentos en lo que la sociología explicaría como socialización.
De este modo, así como Flaherty a través del cine estaba practicando
antropología entre los esquimales sin saberlo, contemporáneamente
en la Rusia revolucionaria Dziga Vertov estaba haciendo sociología.
Aunque como señala Jean Rouch "...nunca se encontraron,
ni tuvieron contacto alguno, con los etnólogos o sociólogos que
estaban desarrollando sus nuevas ciencias, al parecer sin conocer
la existencia de estos infatigables realizadores[30]".
Contraponiéndose a los cada vez más rígidos requerimientos formalistas,
en 1929 logra realizar su más ansiado proyecto El Hombre de la
Cámara (Chelovek s Kinoapparatom, 1929) con el cual consigue
trascender los límites de la Unión Soviética llegando a otros públicos
y recibiendo el reconocimiento de críticos de todo el mundo. El
film mostraba el rol del cineasta documentalista en la sociedad
pero ponía el acento en revelar el procedimiento cinematográfico,
en develar el cómo, más que mostrar el quién. Buscó
por sobre todas las cosas que " la audiencia entendiese
como funciona el cine, tanto a nivel mecánico, como técnico y metodológico,
así también como de una forma conceptual, desmitificando a su vez
el proceso creativo"[31]
. Vemos así al camarógrafo llegar en auto a las vías del ferrocarril.
Su cámara registra un tren acercándose cada vez más hasta pasarla
por encima. Sale del hueco excavado bajo las vías con la cámara
que registró la escena que se acaba de ver. Así el tan simbólico
acercamiento del tren a la pantalla es llevado por Vertov hasta
sus máximas consecuencias, pero intercalando las tomas que dan una
explicación del como se está haciendo, consigue romper la
ilusión y desmitificar a una de las sin dudas más emblemáticas escenas
en la historia de la cinematografía. Estas y otras escenificaciones,
además de una gran cantidad de artificios y efectos ópticos utilizados
por el autor indican que de ninguna manera el film ilustra los postulados
de aquellos manifiestos, pero tampoco que los contradicen. El
Hombre de la Cámara puede ser tomada como su última jugada táctica.
Una nueva etapa donde - sin dejar de plantear al cine como una forma
de comunicación que trasciende su expresión de síntesis artística
- busca, tras una determinación de tipo vanguardista, suprimir la
ilusión para favorecer otro tipo de percepción más profunda. Sugiere
que para ser capaces de captar intenciones y establecer deducciones,
los espectadores necesitan conocer las reglas y acuerdos relacionados
con los procesos de construcción del lenguaje cinematográfico. Esta
propuesta de reflexividad donde vemos la película y al mismo tiempo
la manera en que está siendo construida debió esperar muchos años
en ser comprendida y aceptada en el campo cinematográfico, otros
en ser incorporada por el antropológico y algunos más en ser continuada
y enriquecida por ambos.
5. Autor y punto de vista documentado
Ya sea desde la perspectiva óptica, desde el aspecto cognitivo
o desde el ideológico el concepto de punto de vista
plantea necesariamente cuestionarse sobre la noción de autor. Como
sostiene Cassetti el concepto de punto de vista refiere
por un lado a la lógica según la que se construye la imagen y por
otro a la clave que hay que poseer para recorrerla. Es decir la
noción de punto de vista identifica una base abstracta como base
de juego: un autor y un espectador explícito"[32] De este modo, el concepto de punto de vista nos obliga
necesariamente a reflexionar sobre la noción de autor y la
consideración que ésta tuvo y tiene en el campo cinematográfico
y antropológico. En uno y otro, por diferentes razones, la idea
de autor resulta particularmente compleja. En antropología, a
diferencia de lo que ocurre en otros ámbitos científicos, donde
la validez de la ciencia es asumida como una existencia sin autor,
la idea misma de autoría y las discusiones que giran a su entorno
resultan esenciales en la comprensión y análisis del discurso antropológico.
En los Argonautas del Pacífico Occidental, Malinowski escribía
"...todo hombre de rango elevado que ejerce un poder sobre
un territorio, más o menos extenso, para poder ejercer ese poder
y cumplir con las obligaciones inherentes a su cargo debe ser rico,
y en las islas Trabriand sólo se puede ser rico poseyendo varias
mujeres"[33] . Años más tarde en 1969 su familia decide
publicar el diario personal que escribió día a día mientras permanecía
en las islas y la diferencia entre lo publicado en Los Argonautas
y lo que expresaba en su diario produjo una ruptura en el desarrollo
de la ciencia antropológica. Las discusiones sobre la noción de
autor habían existido en el campo antropológico antes de la aparición
de El Diario de Malinowki, la diferencia entre lo que el
antropólogo observaba en el terreno y lo que posteriormente escribía
en los textos publicados constituía una de las reglas implícitas
del campo. Pero a partir de su publicación las críticas se potenciaron
y la regla fue finalmente transgredida. La máxima expresión de aquella
trasgresión se produjo en los años 80 a partir de la producción
de un poliforme grupo de antropólogos estadounidenses quienes engendraban
lo que dieron en llamar el movimiento posmoderno. Sus
planteamientos inspirados fundamentalmente en las ideas deconstructivistas
de Deleuze y Derrida, los estudios hermenéuticos de Geertz
y en menor grado en el redescubrimiento de la dialógica de
Bajtín, produjeron un desplazamiento del objeto de estudio antropológico
a partir del cuestionamiento del antropólogo como autor. Ante la
evidencia de que aquellos textos sobre otros no podían
ser leídos como expresiones taquigráficas de lo ocurrido en el campo
sino que eran producto de la creatividad del antropólogo, consideraron
que los textos, más que trabajos científicos constituyen un género
científico-literario que llamaron el realismo etnográfico.
El cual presenta como característica esencial el no uso de la primera
persona en la narración en virtud de sugerir objetividad y neutralidad.
En el cine documental clásico el realismo-etnográfico
es sin dudas una de las estrategias más utilizadas y uno de
sus rasgos característicos. Todo relato se estructura a partir de
ocultar, disimular, mentir sobre la no intervención del realizador
en aquello que el espectador está mirando en la pantalla. Generalmente
construyendo la narración desde una voz en off, que como el antropólogo
en sus textos, nos dicen los hechos como son, puntualizando
sobre dónde y cómo se debe mirar lo que se está viendo, qué preguntas
hacerse y para evitar cualquier tipo de angustia también nos dan
las respuestas. Todos los esfuerzos están puestos en disimular que
se trata de una construcción donde el realizador a partir de un
punto de vista determinado tuvo necesariamente que haber elegido
sobre aquello que mostraría y sobre lo qué debía esconder y también
haber pensado a quién contárselo y la forma en que debía hacerlo.
Actualmente se sabe que lo observado en el encuentro con los
otros está condicionado por lo que se ha dicho de esos 'otros'
anteriormente, por el tipo de relación que se establece, por el
marco de referencia desde el cual observa, por lo que se quiere
o necesita demostrar, etc. Como éstos condicionamientos fueron recurrentemente
ocultados en la gran mayoría de los textos antropológicos (literarios
y fílmicos), desde los llamados sectores posmodernos del campo antropológico
se propuso volver sobre esos mismos textos no ya para analizar los
objetos específicos de los cuales trataban sino a partir de deconstruir
los procedimientos textuales que fueron utilizados. De este modo,
"los otros" ya no serían ni aquellos diferentes
del evolucionismo, ni los distintos del funcionalismo, estructuralismo
y particularismo ni los desiguales, sino los propios textos
antropológicos. Estas posturas resultaron útiles en la producción
del discurso antropológico, fueron críticas generalmente fundamentadas
y necesarias, pero la propuesta de reducir la antropología a un
género literario más, produjo una reacción en el resto del campo
de quienes no quieren ver su trabajo de investigación minimizado
en una mera cuestión de estilo.
En el campo cinematográfico, el momento en que las discusiones
entorno a las ideas de autor alcanzaron su máxima expresión fue
durante los años '50 cuando a partir fundamentalmente de la postura
de François Truffaut se comienza a manifestar la necesidad política
de plantear una nueva teoría de autor en el cine. A partir de la
irreconciliable frase Yo no puedo creer en la coexistencia
pacífica de la Tradición de la calidad y de un Cine de Autor[34]
se buscó al mismo tiempo desplazar al guionista del status de autor
y proponer en su lugar al director, quien hasta ese momento era
considerado un "ejecutante" (tal como lo continuó siendo,
incluso hasta nuestros días, en el medio televisivo). Inspirado
en la figura del artista romántico de siglo XIX que rompe con la
tarea de los artistas de adecuarse sin demasiados cuestionamientos
a la tradición, Truffaut relaciona el concepto de tradición literaria
con el de género cinematográfico, proponiendo al autor como
un trasgresor de géneros. Reformuló la concepción del cine considerando
que "la puesta en escena" constituía el punto esencial
donde residiría el componente arte cinematográfico,
privilegiando al director como el responsable y artífice de la misma.
Como lo había hecho Vertov, Truffaut sustentó sus propuestas produciendo
una vasta obra cinematográfica que actualmente resulta indispensable
analizar para comprender los más importantes movimientos producidos
en el campo cinematográfico. En La Noche Americana ( Le
Nuit Americane 1973) ante la sorpresiva muerte de una de las
estrellas, Truffaut pone de manifiesto su punto de vista
respecto a lo que entiende debe ser el cine "Desde que empecé
a hacer cine esto fue lo que más temí. Cancelar la filmación por
la muerte de un actor. Una era del cine desaparece (...) Los estudios
no se usarán más, las películas se filmarán en la calle sin estrellas
ni guiones...". Esta lucha contra los estudios no era nueva
y mucho menos fue definitiva. Flaherty había desafiado a los grandes
estudios, desoyendo los mandatos de producir filmes en la menor
cantidad de tiempo posible. Y aunque solitarios, sus pasos fueron
seguidos por algunos grandes realizadores. Seguramente el caso más
conocido haya sido el de Murnau quien hastiado de Hollywood lo
convocó para filmar Tabú 1931 en las tierras de Tahiti. Pero
más allá de casos puntuales la tendencia fue producir cada vez más
en menos tiempo, para lo cual resultaba más productivo traer a
los otros a los estudios, que movilizar todo un equipo
de filmación. Esta modo de rodar básicamente en los estudios llevó
a que muchos realizadores documentalistas se adaptaran a un tipo
de cine que se legitimaba fundamentalmente en la taquilla. Shoeddsak
y Cooper son el mejor ejemplo de aquellos realizadores, ya que
después de haber realizado Grass - film rodado enteramente
en Turquía que la Paramount financió luego del éxito alcanzado por
Nanook - continuaron con la tendencia de salir cada vez menos de
los galpones de estudios y alcanzaron su mayor éxito cuando en el
año 1933 realizaron King Kong.
Paradójicamente La noche americana, que presagiaba el
fin, ganaría en 1973 el Oscar a la Mejor Película Extranjera,
con lo que Hollywood en representación del cine de estudio, daba
cuenta una vez más de su inmejorable buena salud permitiéndose premiar
a quien amenazaba y anticipaba su destrucción. Pero la postura de
Truffaut mas que Flaherty tenía otro referente. En un determinado
momento vemos a las estrellas en sus elocuentes balcones
y abajo, en la calle los técnicos, operarios, extras y asistentes
se preparan para rodar la escena más importante (donde se utilizará
el recurso que da nombre al film). Traillers, autos y camionetas
atraviesan las calles de Niza. De pronto la cámara se detiene para
enfocar un nombre. En pantalla completa: rue Jean Vigo. Mediante
esa cita intertextual Truffaut referencia al genial director francés
que entre 1929 y 1934 había logrado conjugar en un cine de realismo
estilizado y personal la expresión francesa del formalismo vanguardista,
el naturalismo del cine mudo norteamericano de von Stroheim y Chaplin
y los preceptos teóricos del cine-ojo de Vertov. Ignorado por el
público de las grandes salas, despreciado por críticos y negado
por los productores y expositores, sus obras debieron esperar hasta
los tiempos de la posguerra en ser reconocidas como magistrales
manifestaciones de realismo lírico, simplicidad poética y por sobre
todas las cosas la manifestación del punto de vista del autor.
Los comienzos de Vigo en el cine estuvieron influenciados por los
sonidos de sinfonías cinematográficas que habían comenzado
a realizarse en las más importantes ciudades del mundo a partir
del impactante éxito de Berlín, sinfonía de una gran ciudad (Berlin:die
Sinfonie der Grosstadt, 1927) de Walther Ruttman. En este contexto
decide filmar su opera prima "retratando" del algún modo
los ritmos y configuraciones de la ciudad de Niza, convocando a
Boris Kaufman (hermano de Dziga Vertov) quien desarrollaba una idea
similar en Paris. En 1929 realizan A Propósito de Niza (Â Propos
de Nice, 1929), Vigo como director y Kaufman como cámara. Pudo
haber sido la fuerte influencia de Vertov sobre los dos realizadores
- quien recordemos, se oponía rotundamente a concebir el cine como
síntesis de las demás artes, rasgo característicos de estas "sinfonías
fílmicas urbanas - o tal vez la firme decisión de construir
un tipo de filme personal donde la presencia del director se manifestara
durante toda la película, llevó a que Niza, en aquella oportunidad
no sonara como el resto de las ciudades. Aunque compartía
una gran cantidad de elementos comunes a las contemporáneas películas
sobre ciudades, su film se caracterizó por poseer una ingeniosa,
arriesgada y desenfada nota de sátira, a veces sutil. "Dirigirse
hacia el cine social, significaría decidirse simplemente a decir
algo y a suscitar ecos diferentes de los eruptos de todos esos señores
y señoras que van al cine a hacer la digestión"[35]. Años más tarde repetirá
su fórmula con igual éxito en dos "indispensables" filmes
de la historia cinematográfica: Cero en conducta (Zéro de conduite,
1933 ) y El Atalante (L´Atalante, 1934).
Así como Flaherty se había sentido movilizado por retratar aquellas
últimas expresiones de pueblos que se encontraban en vías
de desaparición, Jean Vigo sentía la necesidad de filmar "
los últimos espasmos de una sociedad que descuida sus responsabilidades
hasta el punto de producirnos náuseas y hacernos cómplices en la
búsqueda de una solución revolucionaria"[36]. Era en cierto sentido una forma de lo
que posteriormente se dio en llamar filmes etnográficos de salvamento
(o rescate). Consideraba que el cine que proponía, debía tener la
función de abrirle los ojos a los espectadores y en este sentido
A Propósito de Niza la consideraba 'un modesto borrador'. Pero
su temprana muerte y la decisión de Boris Kaufman de viajar a los
Estados Unidos, donde se consagraría como exitoso director de fotografía
en Hollywood, no permitieron desarrollar aquel esbozo
En el desarrollo del cine y de la antropología, el concepto de
punto de vista documentado fue fundamental ya que aportó nuevos
elementos que cambiarían sustancialmente el eje de las discusiones
sobre las nociones de realidad y objetividad. "Este documental
social dirá Vigo - se diferencia del documental sin más y
de los noticiarios semanales de actualidad por el punto de vista
defendido inequívocamente por el autor. Este documental exige que
se tome una postura, porque pone los puntos sobre las íes. Si no
implica a un artista, por lo menos implica a un hombre. Una cosa
vale la otra"[37].
6. La voz de los otros
Actualmente los textos fílmicos y literarios sobre otros
son resultado de construcciones múltiples donde interactúan las
voces, reflexiones y análisis de los antropólogos con las de los
sujetos observados. Pero esta interacción de miradas está ya en
los comienzos mismos las representaciones visuales de 'los otros',
alcanzando una de sus formas acabadas en lo producido por John Grierson
y su equipo durante la década del 30.
En 1929, luego de familiarizarse con la obra de Sergei Einsestein
y sus técnicas de montaje - a partir de haber preparado la versión
del Acorazado de Potemkim para el público Norteamericano
- estrena en una sala de Londres A la Deriva (Drifters, 1929).
Basado en una rigurosa y cuidada narración argumental, se diferenciaba
de Flaherty a quien consideraba su maestro y el padre del
documental - porque no viajó a tierras lejanas y remotas en busca
de románticos personajes. Sus protagonistas fueron los trabajadores
ingleses quienes históricamente habían sido ignorados por la cinematografía
inglesa. De este modo, los pescadores de arenque fueron "los
otros" quienes con toda crudeza y realismo narraban "el
drama de lo cotidiano" (tal como lo haría años mas tarde el
neorrealismo italiano). Grierson no se detuvo en lo pintoresco del
paisaje y sus antiguas aldeas, (como seguramente lo hubiera hecho
Flaherty) sino que centró su cámara en las duras condiciones de
producción, resaltando el trabajo en equipo y su relación con la
máquina. Pero homenajea de algún modo a su maestro titulando al
film Driffters, palabra que Flahertyr resaltara en los carteles
de "Nanook".
A partir del éxito de A la Deriva, Grierson crea la Unidad
Cinematográfica de la Empire Marketing Board (EMB Unit) donde sobresalieron
nombres como Paul Rotha, Basil Wright, John Taylor, y en la que
se alinearon otros dos prestigiosos cineastas, R. Flaherty y Alberto
Cavalcanti. Los innovadores experimentos sonoros de éste último
alcanzaban cada vez mayores resultados en filmes como Canto del
Ceylan, Correo Nocturno, Cara de Carbón, pero fue en Problemas
Domesticos (Housing Problems, 1935) de Edgar Anstey y Arhur
Elton donde se produjo una cambio significativo con respecto al
narrador de la historia. Se desplazó al comentarista-narrador y
aparecieron como voceros los mismos protagonistas, los propios lugareños
de los barrios marginales. "El otro" finalmente tenía
la palabra.
Pero el nombre de John Grierson entraría en la historia del cine
no solo por haber coordinado aquello que dio en llamarse Escuela
Documentalista Inglesa, sino por haber definido conceptualmente
el género documental. Como primer paso incorporó del
francés el término documentaire pero consideró que el
concepto resultaba demasiado ambiguo y poco operativo, ya que episodios
para noticieros, películas de viaje, temas para revistas, filmes
dramatizados, educativos o científicos por el solo hecho de compartir
el atributo de haber sido registrados sobre el terreno eran
catalogados inevitablemente como documentaires. Redefinió
el concepto buscando a la vez distinguir, identificar y crear un
lugar definido dentro del campo cinematográfico para las realizaciones
del mismo tipo que las producidas por su equipo. En uno de sus Postulados
fundamentales sostenía: "Documental es una expresión torpe,
pero dejémosla así" y contra la gran variedad de materiales
realizados desde las más diferentes intenciones decía: "Esta
mezcla de especies se hace desde luego inmanejable para la apreciación
crítica, y tendremos que hacer algo al respecto. Representan diferentes
calidades de observación, diferentes intenciones en la observación
y, desde luego, fuerzas y ambiciones muy distintas en la etapa de
la organización del material. Propongo así, tras unas pocas palabras
sobre las categorías inferiores, utilizar la expresión documental
solamente para la superior[38]" Su propuesta de definir
al documental como la elaboración creativa de la realidad resultó
de algún modo operativa para aquellos años pero hoy es solo una
frase anecdótica.
Los realizadores de la Escuela Documentalista Inglesa
trataban de evitar todo tipo de "esteticismo", porque
sostenían que antes que autores ellos eran propagandistas, cuyo
principal objetivo consistía en brindar elementos que aportaran
a la lucha por mejores condiciones de vida. Para esto lo fundamental
era construir una imagen digna del trabajador en contraposición
de la actitud capitalista victoriana, enfocando los conflictos desde
el punto de vista de los obreros, contando la historia
a partir de la visión de los protagonistas. La utilización del cine
como elemento de propaganda emergió durante los años 30 como un
fenómeno mundial. Y apoyado sobre el principio de que la imagen
sirve a todas las causas surgieron filmes que reivindicaban las
más antagónicas posiciones políticas. Mientras Grierson apoyaba
los requerimientos de la clase obrera particularmente en Inglaterra,
Leni Riefenstahl exaltaba al siniestro régimen Nazi y su inefable
líder. Paralelamente Roman Karmen, Joris Ivens y demás reconocidos
cineastas de todo el mundo llegaban a España como integrantes de
las Brigadas Internacionales para contar la otra visión
de la guerra civil.
En los años 40 en el Field Museum de Chicago se encuentra una copia
de un film de nitrato no identificado, que luego de investigar determinan
que se trataba de la película perdida de Edward Curtis sobre los
Kwakiutl. Recién en 1962 la copia original es restaurada
y proyectada en las mismas aldeas donde medio siglo antes había
sido rodada. Sorprendentemente a medida que aparecían las ceremonias
rituales en la pantalla los espectadores entonaban espontáneamente
los cantos correspondientes a las imágenes. Fue así que junto a
un ingeniero en sonido se decidió grabar aquellos cantos y finalmente
el film fue sonorizado y renació con el nuevo título de In the
Land of the War Canoes. Como este, otros ejemplos dan cuenta
que en el film antropológico antes de que los avances técnicos posibilitaron
el registro sonoro, los otros, en determinados casos,
participaron en la estructuración del relato expresando su visión
de la historia. Por eso, mas allá de que los avances
de orden técnico influenciaron decisivamente en el desarrollo teórico
metodológico de la antropología y la cinematografía, la participación
cada vez más activa de los otros en la construcción
de los discursos está más relacionada a preocupaciones teóricas
y epistemológicas que a cuestiones tecnológicas. Es decir, incorporar
la perspectiva de los otros a través de sus palabras
necesitó de un replanteo teórico en antropología que debió ser acompañado
con la manipulación y experimentación de los nuevos avances tecnológicos.
Como sostiene Jean Rouch Al principio nadie tenía confianza
en el nuevo material sonoro (portátil) excepto algunos antropólogos
que aprendieron solo a manejar estos extraños aparatos que ningún
profesional de la industria del cine quería siquiera mirar. Varios
de estos antropólogos se hicieron productores, cámaras, técnicos
de sonido, editores y directores. Curiosamente Luc de Heusch, Ivan
Polunin, Henry Brandt, John Marshall y yo nos dimos cuenta de que
adicionalmente estábamos inventando un nuevo lenguaje.[39]
7. El uso de la cámara como herramienta metodológica
Durante los años 30 la relación cine y antropología estuvo
caracterizada por una gran paradoja, mientras los antropólogos le
otorgaban mayoritariamente poca y casi ninguna importancia al uso
del registro fílmico en la investigación, el cine logró su aceptación
definitiva en el campo antropológico. Esto fue posible a lo realizado
por Margaret Mead y Gregory Bateson en Nueva Guinea durante 1936
y 1938.
En la ciencia antropológica, el registro fílmico no era un recurso
ignorado por aquellos días, pero se utilizaba solamente como un
elemento ilustrativo de dudosas y cuestionables cualidades. Así
lo consideraron por ejemplo significativas figuras del campo antropológico
como Hambly, Herkovits o Marcel Griaule. Tal vez entre las excepciones
deba puntualizarse la experiencia de Franz Boas, quien a pesar de
su insistente disputa con E. Curtis había comenzado a utilizar la
cámara cinematográfica como instrumento de investigación entre los
Kwakiutl y desde su púlpito académico había influenciado a toda
una generación de jóvenes investigadores. Entre ellos Margaret Mead
fue de las pocas en considerar la sugerencia de su maestro de llevar
cámaras cinematográficas y fotográficas para realizar sus investigaciones
en Bali y Nueva Guinea. Entre 1936 y 1938 junto a Gregory Bateson
(quien había sido alumno de Haddon) produjeron 6.000 metros de film
en 16 mm (aproximadamente 50 horas) y unas 25.000 fotografías.
Como resultado del trabajo de dos años de registro publicaron en
1942 Balinese character: a photographics analisis y años
mas tarde editaron varios film que fueron distribuidos después de
la guerra en la serie llamada The Character formation in different
cultures. La forma elegida para exponer los resultados alcanzados
no fue menos original. Desde la primera frase de la introducción
los autores anticipaban que La forma de presentación utilizadas
en esta monografía es una innovación experimental[40]. Ciertamente la combinación de textos literarios y fotografías
era algo realmente nuevo en la publicación de un trabajo antropológico
y tal vez fue esta característica lo que posibilitó su difusión
y aceptación más allá de las fronteras académicas.
En el campo cinematográfico su trabajo no tuvo mayor trascendencia.
Se trataban de relatos comparativos sobre costumbres cotidianas,
interesantes para un público muy caracterizado. Narrativamente no
aportaba elementos novedosos ,el relato había sido estructurado
desde la voz en off de Mead, acompañada con imágenes que muchas
veces no coincidían, o mejor se contradecían con lo narrado por
su autora. Técnicamente además de las poco deseables condiciones
con las que se registraron las imágenes debió sumársele una cuestionable
decisión de montaje. La mayor parte del registro había sido realizado
a 16 cuadros por segundo, pero en la mesa de montaje el relato de
Mead debió incluirse a 24 cuadros / s. El resultado no pudo ser
peor, en pos de una mayor calidad de sonido vemos moverse a los
protagonistas a una velocidad más rápida que su ritmo habitual.
En uno de los párrafos del libro dirán que Este no es
un libro sobre las costumbres balinesas, sino sobre los balineses,
sobre la forma en que ellos, como seres vivos, se mueven, cómo se
paran, como comen, duermen, bailan...[41]. Pero más allá de empeñarse en demostrar
que aquella experiencia no representaba una ventana hacia la realidad
objetiva sino que se trataba de una descripción operacional,
el trabajo fue duramente criticado por su concepción positivista
de la realidad y la objetividad. Desde otro punto de crítica, Marvin
Harris sostiene que Mead y Bateson debieron recurrir a la fotografía
y al cine porque en sus trabajos anteriores habían sido duramente
cuestionados por lo inverosímil y poco consistente de sus datos,
y fue por eso que utilizaron aquellas imágenes como una manera de
hacer más creíble sus afirmaciones. Pero más allá de toda crítica,
la originalidad metodológica de utilizar las imágenes como elementos
centrales del análisis, convirtió a la fotografía y el cine en
instrumentos respetados para la investigación antropológica. A partir
de aquel trabajo ya nadie pudo negar las cualidades propias del
medio cinematográfico pero igualmente muy pocos lo utilizarían como
instrumento válido en sus investigaciones.
Una década después de la publicación del Balineses
Character, Margaret Mead luego de analizar las causas por la
cuáles las nuevas ideas eran rechazadas o aceptadas en el campo
antropológico concluyó que existía una tendencia a pensar en
términos de lo uno - o lo otro. El pensamiento o el sentimiento,
lo imaginado o lo observado... la palabra o la imagen. Este tipo
de pensamiento dicotómico permite que aún hoy determinados sectores
del campo desechen ciertas películas etnográficas por considerarlas
demasiada estéticas (y por lo tanto artísticas y subjetivas)
por lo que pareciera que aquella dicotomía fue superada solo parcialmente.
Los films de Bateson y Mead representaron un punto de inflexión
en la relación cine y antropología, en tanto que propiciaron la
aceptación de la cámara como herramienta metodológica y los registros
como datos válidos de la investigación. Sin embargo, sus trabajos
mas allá de las críticas y el reconocimiento no tuvieron el efecto
multiplicador esperado dentro del campo antropológico. Es
frustante especular sobre cuánto los filmes etnográficos podrían
estar más avanzados hoy en caso que las innovaciones de Bateson
y Mead en el campo visual hubieran sido ampliamente comprendidas
y desarrolladas en las décadas del 40 y del 50[42]
8. Descolonización, crisis y 'el otro' desigual
Los años posteriores a la segunda guerra mundial estuvieron
caracterizados por la reconstrucción de los países destruidos y
por el proceso de independencia y descolonización de las tierras
ocupadas. Como consecuencia, en el campo antropológico y en el
cinematográfico se produjeron cambios y desequilibrios que obligaron
a modificar y reestructurar las relaciones internas y las externas.
Para la antropología, surgida como la institución de los países
colonialistas que estudiaba científicamente los habitantes de las
tierras expropiadas, la descolonización produjo la más aguda crisis
de su historia. Claude Levi-Satruss, máximo referente en Francia
y uno de los pensadores más influyentes de la época difundió un
artículo por el mundo al que tituló ¿La Antropología en
peligro de muerte?. Tras diluirse la frontera entre otros
y nosotros las respuestas eran por cierto poco alentadoras.
Porque los pueblos llamados primitivos o arcaicos
no caen en el vacío o en la nada: mas bien se disuelven, incorporándose,
de manera más o menos rápida a la civilización que los rodea[43] Pero no solamente la antropología
se vio convulsionada durante aquellos años. En un clima de mucha
incertidumbre y una paz aparente, entre medio de ruinas y pobreza,
los realizadores que hasta ese momento se habían abocado al género
documental debieron comenzar a buscar nuevas estrategias, recursos
temáticos y discursivos para sus siguientes producciones Durante
una década y media habían estado ocupados exclusivamente con la
guerra: la amenaza de guerra, la guerra misma, la posguerra. Casi
ninguna otra cosa había parecido importar. En esos años, el documental
rara vez había sido sutil o profundo, pero tenía fuerza y había
conquistado una posición central[44].
En momentos donde se trasformaba el objeto de estudio antropológico
y las teorías que lo abordaban, aparecen en el escenario social
nuevos sujetos de conocimiento: los antropólogos
nativos, quienes apuntaban las miradas hacia sus mismos países
y sus propias sociedades. ¿Quién era el otro? ¿Qué era
lo que lo distinguía de nosotros? ¿Dónde estaba lo distinto?
Una respuesta posible fue establecer que era el antropólogo
el que de manera consciente y metódica marcaba la distinción. Ya
no era el objeto el distinto por sus características
propias, sino que el antropólogo construía la distinción, lo extraño.[45] Se produce un cambio sustancial en la metodología de investigación.
Mientras que los anteriores antropólogos debían poner todos sus
esfuerzos en acercarse, incorporarse y familiarizarse lo más posible
con las sociedades que desconocía y pretendía estudiar, los de esta
nueva etapa, al tener que estudiar su misma sociedad, sus propias
costumbres, debieron tomar distancia de su cotidianeidad y situar
la mirada desde otro lugar. Es decir, al conocer los supuestos
de lo cotidiano, al compartir los mismos códigos de quienes
estudiaba, los antropólogos debieron necesariamente modificar sus
estrategias de observación. El extrañamiento fue el recurso
metodológico a partir del cual se comenzaron a estructurar las investigaciones
antropológicas.
La producción antropológica surgida de las tierras descolonizadas
diferían radicalmente con lo que había sido el discurso tradicional
antropológico. Y si el colonialismo había sido el gran
ausente en los trabajos evolucionistas y relativistas, los conceptos
claves a partir de los años 60 fueron dominación, dependencia
y desigualdad. En aquel momento la teoría marxista fue
adoptada por muchos de los nuevos países emergentes, a partir de
la cual estructuraban su organización política y social. También
el campo antropológico encontró en las teorías marxistas los mejores
aportes para sus nuevas necesidades. Al poner la mirada hacia lo
cercano y abordar problemáticas de su propia sociedad se produjeron
entre otros, problemas de competencia con aquellas ciencias
sociales que habían estudiado tradicionalmente a quienes en ese
momento comenzaban a ser objetos de estudio de la antropología.
Estos conflictos entre campos, lejos estuvieron de eclipsar el enfrentamineto
interno entre los sectores dominantes que luchaban por la continuidad
y la reproducción, y los subalternos que buscan subertir las condiciones
imperantes. Instalar la necesidad metodológica del registro cinematográfico
en el trabajo antropológico, otorgarle un lugar dentro del campo,
justificarlo teórica y epistemológicamente condujo inevitablemente
a que los anteriores aportes surgidos del vínculo entre cine y
antropología fueran resignificados y que la relación se planteara
en otros términos.
Las antropologías de aquellos años, mas allás de las
influencias entre unas y otras, estaban caracterizadas por la visión
parcial de las experiencias propias de cada país. Fueron puntuales
los esfuerzos que buscando incorporar el registro fílmico a la investigación
lograron trascender sus fronteras y constituirse en referentes obligados
de los estudios sobre otros y la imagen. Pierre Jordan
sostiene que Jean Rouch mejora progresivamente las técnicas
de filmación que van a sacudir al cine etnográfico: es el advenimiento
de la cámara participante y del cine verdad. En los
EE.UU, Richard Leacok y Robert Drew introducen un living camera
y hacen los primeros ensayos de registro sincronizado de sonido,
una técnica igualmente experimentada por Rouch desde 1951. John
Marshall encara una filmación sobre los bosquimanos del Kalahari
y de vuelta a Harvard inicia el montaje de The Hunters, en colaboración
con Robert Gadner, que filma Dead Birds en 1961. El film etnográfico
se transforma en antropología visual[46].
Aquellos innovadores consiguieron que el cine antropológico fuera
también antropología, aunque como sostiene Adolfo Colombres "quizás
el llamado cine etnográfico se hubiera acabado, chapoteando en los
pantanos de un racismo no del todo consciente y cegado por los resplandores
de lo exótico, de no ser, por la tan polémica como monumental figura
de Jean Rouch."[47]
A partir de su obra, la imagen audiovisual adquirió en el discurso
sobre los otros una nueva significación. Dejó
de ser una forma alternativa, diferente y novedosa de decir las
cosas para convertirse en un instrumento que por sus cualidades
específicas posibilitaba decir-mostrando otras cosas[48].
En Rouch se integran la cámara y el sujeto participante de Flaherty;
el cine-verdad y la reflexividad de Vertov; la idea de punto de
vista documentado de Vigo; la incorporación de la palabra de los
otros y el uso metodológico del registro fílmico. De
la integración surge una revalorización de estos y otros aporten
que en los años 60 provocaron una ruptura, un punto de inflexión
en la relación cine y antropología.
a) Sobre "el otro" como sujeto y el valor de su
palabra: Desde sus comienzos en la década del 40 Jean Rouch se propuso
atacar los cimientos de todo tipo de exotismo y romper así con cualquier
forma de cine que se sustentara en la mirada exótica, superior y
racista. En este sentido si bien Crónica de un verano,1961
marcó un punto de ruptura en la antropología y también en el campo
cinematográfico, lejos estuvo de ser su film más polémico y cuestionado.
En 1953 luego de haber estado durante más de 6 años en el África
Occidental presenta lo que sería hasta ese momento su obra más acabada
Los sacerdotes locos (Les Maítres Fous, 1953). La película
fue muy bien recibida en gran parte del ambiente cinematográfico
por la sutileza con la que se mostraba una ceremonia ritual desgarradora,
pero fue duramente criticada por quienes apoyaban el movimiento
revolucionario independentista y sobre todo por los revolucionarios,
quienes consideraban que el film difundía una imagen degradante
de los pueblos africanos. Ciertamente la película no intentaba disimular
en nada lo dramático de aquellos sacerdotes africanos que en trance
ritual y con espuma en sus bocas aparecían como seres poseídos que
practicaban entre otras cosas el sacrificio animal. Pero tampoco
se la podía considerar como una obra que escarbaba en lo exótico
de aquellos personajes. No solo porque contra ese tipo de cine Rouch
se había enfrentado desde siempre sino porque luego de la ceremonia
vemos a los personajes en sus trabajos cotidianos dando cuenta que
solo en determinadas circunstancias practican un necesario
exceso compensatorio de su psiquismo. Es decir, al mostrar
a los mismos personajes en la rutina de su vida diaria no quedan
demasiadas dudas que aquellos seres no eran monstruos sanguinarios
y salvajes, sino seres humanos, hombres dignos y respetables, mas
allá de toda diversidad.
Igualmente sin entrar en el terreno de lo exótico, la imagen que
había decidido proyectar de sus protagonistas no apoyaba en nada
las necesidades independentistas por las que luchaban en aquellos
días. Y esto se debía a que Rouch consideraba que tales expresiones
del África más genuina constituían manifestaciones de una gran riqueza
cultural, que sus películas debían homenajear, ya que
aquellas expresiones estaban en peligro de desaparecer. Su postura
fue duramente criticada por las filas revolucionarias y los sectores
emergentes, porque consideraban que la exaltación del pasado del
continente conducía al aislamiento de los africanos de su realidad
cotidiana. La riqueza cultural no debía eclipsar aquella parte de
la realidad donde se evidenciaba un significativo nivel tecnológico
y sobre todo la lucha por la independencia. Aunque hay
en verdad pocos puentes entra las dos Áfricas en dichos filmes de
Rouch, descalificarlos por esa sola razón sería ya una politización
extrema de juicio. Porque aunque se trate de apenas una cara de
la realidad, es una cara legítima, la que el etnógrafo juzga como
la más cargada de significaciones[49]
De sus posteriores realizaciones se evidencia que aquellas críticas
lo afectaron de un modo tal, que le hizo replantear sobre la temática
de sus futuras realizaciones. En Yo un Negro (Moi, un
noir, 1958) desplazó su mirada del África primitiva
para centrar su atención en la problemática de los obreros desarraigados,
indigentes, sin empleos estables que sobrevivían en una populosa
ciudad de Costa de Marfil. En Jaguar, 1956 había comenzado
a experimentar con la utilización del sonido. Proyectó el film a
un africano mientras registraba el audio de sus libres comentarios
resultado de la más pura improvisación. Aquello le resultó tan significativo
que decidió incorporar lo grabado a la banda sonora del film. Este
experimento fue mejorado y alcanzó en Yo un Negro,1957 su
mejor forma. Sobre la primeras imágenes la voz de Rouch nos invita
a introducirnos en el film: Cada día jóvenes parecidos
a los personajes de esta película llegan a las ciudades de África.
Abandonaron la escuela, el seno familiar, tratan de entrar en el
mundo moderno. No saben hacer nada pero hacen todo. Son una de las
enfermedades de las nuevas ciudades africanas: la juventud sin empleo.
Esta juventud atascada entre la tradición y el progreso, entre el
islam y el alcohol no ha renunciado a sus creencias y han sido seducidos
por los ídolos modernos del boxeo y el cine. Durante seis meses
seguì a un grupo de inmigrantes nigerianos en Trenchville, suburbio
de Abidjan. Les propuse hacer una película donde actuaran ellos
mismos pudiendo hacer y decir lo que quisieran. Fue así como improvisamos
esta película...- tras presentar a cada personaje dice sobre
las imágenes del protagonista principal - ...excombatiente de
la guerra de Indochina echado por su padre porque había perdido
la guerra. Él es el héroe de la película. Le paso la palabra.
De este modo, así como los experimentos sonoros de Cavalcanti habían
posibilitado incorporar la visión de quienes nunca antes habían
tenido la palabra en el cine, a partir de Yo un negro la
voz de los otros, de los colonizados tuvieron un lugar
en el cine antropológico .
Para sus críticos el haber abordado problemáticas productos de
la desigualdad social fue tan solo un cambio de forma
ya que en el fondo el personaje que había elegido como protagonista
principal, ese a quien le pasaba la palabra, no expresaba
en nada las consignas revolucionarias necesarias de aquellos días.
Decían se trataba de un joven nigeriano que venía del África
Occidental Inglesa, un inmigrante simpaticón y lleno de divertidas
ocurrencias que conoció por azar, un lumpen que se ganaba la vida,
el sustento en actividades ocasionales, y que demostraba los fines
de semana ser un excelente bailarín, como todo buen negro, según
el estereotipo blanco[50].
Otros lo defendieron argumentando que en este film consiguió ir
mas allá de la denuncia, al permitir que su personajes no solo lo
introdujeran en sus vidas cotidianas sino que lograran representar,
involucrándose e involucrando al espectador en las fantasías, sueños
y utopías de sus personajes. Rouch se dio cuenta de que
esos hombres sobrevivían a la cercana catástrofe de sus vidas en
parte por la obra de su singular fantasía. Y consiguió registrar
todo esto en varias escenas. El resultado de su empeño fue una extraña
película en la que uno rara vez advierte la presencia de un director,
los personajes aparecen como ellos mismos...[51]
La actitud de presentar a sus personajes como personas respetables
por sobre todas las cosas, como en Flaherty, se redimensiona cuando
la comparamos con la más popular tendencia del cine documental de
la época. Donde en busca de efectos sensacionalistas cientos de
camarógrafos se lanzaron por el mundo a registrar las aberraciones
humanas más degradantes. Sin dudas fue Mondo Cane, 1961 el
film de Gualtiero Jacopetti el que alcanzó el mayor éxito de este
tipo de cine, donde no ya solo los otros sino todo tipo
de personas aparecían en la pantalla como expresión de las más grandes
miserias humanas. En este contexto, a pesar de no comprometerse
con las necesidades históricas de sus protagonistas, haciendo de
la situación colonial el gran ausente, el cine de
Rouch al retomar las consignas de Flaherty y entender a los
otros no como simples objetos de filmación sino como sujetos
activos en la realización, estaba rescatando la imagen de los
otros de los terrenos del exotismo y del cada vez menos evidente
y más efectivo de los racismos.
b)Sobre la cámara participante, la metodología y el cine-verdad:
En una de las primeras escenas de Crónica de un Verano los
realizadores Jean Rouch y Edgard Morin discuten con un entrevistado
sobre los objetivos del film y la importancia del testimonio. No
era africana, ni estaba siendo filmada en tierras lejanas, sino
que se trataba de una mujer parisina que comentaría sobre sus problemas
cotidianos, de la Francia de aquellos días. En un terreno nuevo
para la antropología y el cine antropológico no fue casual que Rouch
haya realizado aquel film junto a Edgar Morin, reconocido sociólogo
cuya producción científica estaba muy relacionda al análisis social
del cine. Por primera vez sus protagonistas no eran otros
y si una ciencia debía abordar los problemas de aquellas personas
esa debía ser por tradición la sociología. Participando Morín en
la realización del proyecto una segura disputa entre una y otra
ciencia quedaba resuelta desde los primeros cuadros del film. A
cada lado del entrevistado, un antropólogo y un sociólogo representaban
dos miradas diferenciadas históricamente que comenzaban a observar
hacia un mismo lado.
En aquellos años todo el esfuerzo de los realizadores del cine
antropológico apuntaba a lograr la aceptación del registro audiovisual
como herramienta metodológica y a considerar las realizaciones del
cine antropólogico como verdaderos trabajos científicos. Pero a
pesar de las evidencias históricas, para la antropología de los
60 el cine era algo nuevo y como sabemos, toda vez que
aparece o surge un elemento novedoso dentro de un campo que amenaza
con producir cambios significativos, la primera reacción de los
integrantes de sectores tradicionalistas, es la más excluyente y
sectaria de las normativas: "Esto no pertence. Esto no es".
Esto no es literatura, a Cervantes, Bocaccio, Joyce, Arlt...
No es música, a Stravinsky, al Blues, Rock, Jazz, Tango... No es
arte, al cine... No es Cine, a Eisensestein, Rossellini, De Zica,
Gleyzer, Gettino y Solanas... En la historia han sido numerosas
las estrategias utilizadas en la disputa por la incorporación de
aquellas obras novedosas que sus autores y defensores
consideraban debían pertenecer a un determinado campo. En este sentido,
Rouch siguió una antigua estrategia que no por conocida resultó
menos efectiva. Demostró que la utilización del cine en la antropología
no era nada nuevo y buscó aquellos ejemplos históricos que le permitieran
fundamentar sus argumentos. Pero a diferencia de lo que suele suceder,
no sustentó su defensa del cine como método científico válido en
lo realizado por antiguos antropólogos sino en lo hecho por realizadores
formados e identificados con la cinematogafía. De esta manera sotuvo
la defensa de sus propuestas revalorizando particularmente las obras
de Flaherty y Vertov a las que relacionó con la metodológía de la
observación participante y la cámara como intrumento esencial de
indagación de la realidad. Sobre Flaherty dirá que cuando
montó un cuarto oscuro en una cabaña de la bahía de Hudson y proyectó
sus nuevas imágenes en una pantalla para su primer espectador, Nanook
el esquimal, no sabía que con unos medios que eran absurdamente
inadecuados acababa de inventar la observación participante
que sería usada por sociólogos y antropólogos 30 años después....
Consideró también que en la obra de Vertov residen Todos
los problemas del cine etnográfico, del filme de investigación,
realizado para TV y la creación de cámaras vivientes que usamos
hoy en día tantos años después.[52]
Como al comienzo , el final de Crónica de un verano es también
una muestra extraordinaria de un movimiento estratégico vinculado
a confrontar con aquellos sectores tradicionales y mayoritarios
de la antropología que negaban al cine un lugar en el campo. A modo
de conclusión Rouch y Morín debaten sobre lo realizado durante el
rodaje y aunque sus palabras no evidencian ninguna declaración de
principios sobre la pertenencia del medio cinematográfico a las
ciencia sociales el entorno donde transcurre la charla es por demás
significativo: el Musée de l´Homme de Paris, uno de los más reconocidos
lugares de producción del discurso antropológico.
La imagen muestra a los dos realizadores pero vemos tres personajes
en acción. Esa cámara... había dicho Morín en las escena
del principio mientras señalaba con el dedo transitando por el delgado
límite de la redundancia, de la explicación del relato (y de su
muerte). Esa cámara no era por varios motivos una de tantas.
En primer término porque no existía con anterioridad al film debiendo
ser creada a partir de una necesidad metodológica. Recordemos que
durante los años cincuenta las cámaras eran aún aparatos muy pesados
que debían usarse lógicamente afirmadas sobre un trípode. Las primera
imágenes de Crónica de un verano están tomadas desde una
posición fija y esto evidentemente a Rouch no lo conformaba. Había
quedado fascinado con la forma en que manejaban los lentes y la
cámara un innovador grupo de realizadores canadienses, entre los
que se encontraba Michel Briault. Estos realizadores se habían animado
a sacar la cámara del trípode y a calzársela al hombro. Podría
decirse que el trabajar con la cámara estática constituía para la
cinematografía europea de aquellos años una de sus reglas implícitas
que operaban en el campo, una obviedad que no soportaba ninguna
discusión. Y por lo tanto decirle al camarógrafo que caminara por
las calles mientras registraba era pocos menos que pedirle una locura.
Que por supuesto no aceptó al igual que muchos otros. Sin mas remedio,
debieron comunicarse a Montreal y convocar a Michel Briault para
que continuara con el rodaje del film. No conforme con el peso y
lo ruidosa de la cámara con la que estaban rodando le solicita a
Raoul Coutard - el padre de la Eclair Cammeflese 35 mm - que le
adaptara una cámara prototipo militar que había sido construida
originalmente para ser usada en un satélite espacial.
Después de cada jornada - recordaría tiempo después - Edgar
(Morin) y yo se la llevábamos y le decíamos qué problemas habíamos
encontrado y que nuevas propuestas teníamos. La creación de la cámara
precedió al film...[53]
Sin embargo no fueron sus originales particularidades tecnológicas
por lo cual esa cámara pasaría a la posteridad. De hecho,
aparatos similares estaban siendo utilizados en las calles de Inglaterra
por un heterogéneo grupo de cineastas partidarios de lo que dieron
en llamar free cinema. Seducidos por las posibilidades técnicas
que permitían la grabación sincrónica de la imagen y el sonido con
un equipo liviano, ágil y resistente, aquellos realizadores tenían
como principio fundamental ser observadores externos
de las acciones que se registraban. Desde esa pretendida no-participación
dejaban que el relato transcurriera por el normal cauce que
había sido tomado por la cámara, quedando las conclusiones
en manos de los espectadores (que se dividían entre los que se entusiasmaban
con aquellas propuestas y quienes no soportaban semejante grado
de ambigüedad).
La cámara de Rouch, como la de Flaherty era todo lo contrario,
un instrumento que lejos de permanecer oculto provocaba la acción,
que no esperaba pasivamente el momento en que se produjera una
crisis para comenzar a rodar sino que buscaba por todos los
medios posibles la manera de provocar la crisis. Era un
elemento presente en la acción, que participaba de la observación
y hacía participar a quienes registraba, era una cámara participante
que proponía otro cine, el cine-verdad.
Resultado de los mismos avances técnicos aquellas dos expresiones
del cine directo diferían radicalmente, mientras el free cinema
pretendía encontrar su verdad en aquello que sucediera y la cámara
registrara, el cine-verdad a partir de provocar acciones
que solo ocurrirían a partir de la presencia de la cámara, revelaba
los más íntimos y profundos sentimientos. En una de las secuencia
Rouch le pide al personaje africano que interprete el significado
del tatuaje que una de las protagonistas tiene en su muñeca. Es
uno de los momentos de mayor dramatismo. El tatuaje no era un adorno
estético sino una marca del holocausto. Sobre aquella escena reconocería
tiempo después que Aquello fue una provocación (...) estábamos
almorzando ya fuera del Museo de Arte y empezamos a hablar de antisemitismo.
Cuando hice la pregunta (sobre aquel tatuaje), el aislamiento y
los supuesto |