LOS GRABADOS RUPESTRES DE LA ISLA DE LA PALMA
(ISLAS
CANARIAS, ESPAÑA)
Francisco
Herrera García[1]
Introducción:
Sin duda ninguna la Isla de La Palma cuenta con el patrimonio arqueológico
más rico del Archipiélago Canario, dentro del cual consideramos
a los grabados rupestres como el vestigio más interesante del legado
cultural heredado de los antiguos benahoaritas, primitivos
habitantes del espacio insular hasta su conquista en 1493 por parte
de las huestes castellanas de Alonso Fernández de Lugo.
Marco geográfico:
La Isla de La Palma tiene una superficie total de 708 km2.
Se localiza en pleno Océano Atlántico, más concretamente en la zona
noroccidental del Archipiélago Canario, situado frente a las costas
de Marruecos. Geológicamente es, junto a la de El Hierro, la de
formación más reciente, ya que surgió en el Mioceno Superior.
A nivel morfológico podemos destacar la existencia de un relieve
muy acusado, particularmente en la mitad septentrional de la isla,
donde varios picos alcanzan e incluso superan holgadamente los 2.000
metros de altitud. En este sentido, el punto álgido lo representa
el Roque de Los Muchachos con sus 2.426 metros. Todos estos picos
forman parte de las escarpadas paredes exteriores de la Caldera
de Taburiente, una enorme cuenca de erosión de 8 km de diámetro
y que está surcada por numerosos barrancos que fluyen hacia el mar.
En cambio, la mitad meridional presenta un relieve menos abrupto
como consecuencia de la acción de sucesivas erosiones volcánicas,
constatables en la presencia de gran cantidad de conos emisores
que se alinean en dirección N-S hasta llegar al Volcán de Teneguía,
cuya erupción data del año 1971. Los barrancos no sólo son muy escasos
en esta parte de la isla, sino que son difíciles de apreciar.
La exuberancia de su vegetación ha hecho que La Palma sea conocida
como la Isla Verde. Los diferentes pisos de vegetación
vienen delimitados por el matorral xerófilo-costero y por el codesal
de cumbre. Destacan particularmente la presencia de la laurisilva,
formación vegetal ligada estrechamente a la circulación de los húmedos
vientos alisios y que se desarrolla en las vertientes N, NE y E
a partir de los 600 metros de altura, así como del pinar (Pinus
canariensis), que además del interior de la Caldera de Taburiente,
ocupa la vertiente noroccidental y parte de la suroccidental. El
pinar es tan prolífico que en ocasiones sube por encima de los 2.000
metros de altitud.
Antecedentes:
Los primeros petroglifos de los que tenemos noticias, no sólo
en la Isla de La Palma sino en toda Canarias, son los de Belmaco,
en el municipio de Mazo, y que fueron localizados en 1752 por don
Domingo Vandewalle. Pasaría más de un siglo antes de que Antonio
Pestana y Diego Jiménez de Cisneros den a conocer nuevas estaciones
rupestres en la isla, esta vez en el municipio de Garafía. Este
último dará a conocer años más tarde la enigmática estación de Tajodeque
(municipio de El Paso), la única en la que hasta la actualidad se
han distinguido motivos del tipo alfabetiforme.
Hasta ese momento los hallazgos realizados tenían más bien un carácter
anecdótico. Sin embargo, ya en las primeras décadas del siglo XX
se comienza a poner de manifiesto que se trata de un elemento altamente
significativo dentro de la prehistoria insular. Así, Elías Serra
y Avelina Mata dan conocer los impresionantes conjuntos de La Zarza
y La Zarcita (municipio de Garafía), Luis Diego Cuscoy estudia los
grabados de Tigalate Hondo (municipio de Mazo) y Roque Teneguía
(municipio de Fuencaliente), y Antonio Beltrán publica varios trabajos
acerca del arte rupestre insular en el que se incluyen conjuntos
hasta entonces desconocidos, sobre todo en el municipio de Garafía.
Una tercera etapa tiene lugar durante los años 70 y está protagonizada
por los trabajos realizados por Mauro Hernández Pérez, quien recopila
toda la información existente y crea un catálogo de estaciones al
que añade numerosos conjuntos inéditos. Además, fue el primero en
elaborar una secuencia en la que se tenían en cuenta aspectos como
la tipología, la técnica empleada y la posible cronología de los
motivos grabados.
En la década de los 80 se consolidaría el estudio de los grabados
rupestres de la isla, en particular con la puesta en marcha del
proyecto Corpus de Grabados Rupestres de La Palma, dirigido
por los doctores Juan F. Navarro Mederos y Ernesto Martín Rodríguez
y que permitió incrementar en buen número el volumen de estaciones
rupestres conocidas, las cuales fueron además reproducidas mediante
calco directo. En 1986 se incorpora al proyecto el doctor Felipe
Jorge Pais, quien a través de un proyecto patrocinado por el ICONA[2]
prospectó las cumbres de la isla y localizó una ingente cantidad
de estaciones hasta entonces desconocidas para la investigación.
Esta circunstancia vino a demostrar que la implantación que a nivel
insular tenían estas manifestaciones era mucho más amplia de lo
que en un principio se había pensado. Tanto que hasta la actualidad
no han cesado de producirse nuevos hallazgos.
Distribución geográfica:
La mayor concentración de grabados rupestres de La Palma se produce
en los municipios de Garafía y El Paso, situados en el NW y en el
centro de la isla respectivamente. En este sentido, el tercer punto
caliente sería el arco montañoso que contornea la gran depresión
que forma La Caldera de Taburiente y que supera con creces los 2.000
metros de altitud. Luego hay focos como pudieran ser los municipios
de Mazo, Fuencaliente, Santa Cruz de La Palma, Puntallana, Tijarafe
o Puntagorda que, aunque en menor cantidad, albergan interesantes
conjuntos rupestres.
A nivel espacial, es posible asociar la presencia de los grabados
rupestres a una serie de elementos naturales insertos en el territorio
insular, y en menor medida a elementos artificiales que podríamos
definir como de tipo cultual. Así podemos hablar de:
§ Estaciones emplazadas en lugares preponderantes del terreno,
desde los cuales se puede controlar visualmente un territorio muy
amplio. Es frecuente que estos lugares estén asociados a fuentes
o puntos de agua.
§ Estaciones asociadas a cabocos[3], situadas bien en sus cornisas o en las proximidades de los mismos.
En estos lugares suelen abrirse numerosas cavidades naturales que
fueron ocupadas por la población aborigen, ya que además era frecuente
la existencia de lugares donde abastecerse de agua.
§ Estaciones directamente asociadas a fuentes, manantiales
o rezumes estacionales. Se localizan tanto en estos puntos como
en los caminos que acceden a los mismos.
§ Estaciones vinculadas a rutas pastoriles. Son particularmente
frecuentes en los campos de pastoreo de cumbre, explotados durante
la época estival. Muchas de estas rutas (denominadas pasadas)
descendían hasta el fondo de La Caldera de Taburiente, zona rica
en pastos y en agua. En ocasiones, los grabados se localizan formando
parte de las construcciones usadas por los pastores.
§ Estaciones asociadas a estructuras de carácter cultual,
particularmente a las estructuras tumulares, amontonamientos intencionados
de piedras que durante mucho tiempo fueron confundidos con aras
de sacrificios. Con frecuencia, algunas de las piedras presentan
grabados rupestres. El caso más significativo es el del Lomo de
Las Lajitas (municipio de Garafía), formado por 17 estructuras y
que alberga gran cantidad de petroglifos.
En cualquier caso, la experiencia nos dice que hay grabados
que fueron realizados para ser vistos por todos y otros para que
sólo los viera alguien desde lo alto. También parece claro que el
grabador realizó sus paneles en aquellos sitios en que su funcionalidad,
fuese la que fuese, estaba plenamente justificada, por mucho que
nosotros no acertemos actualmente a descifrarla.
Tipologías:
La inmensa mayoría de los motivos grabados que se conocen en La
Palma han sido tradicionalmente encuadrados dentro del grupo de
los geométricos. A pesar de la gran cantidad de motivos de este
género que pueden observarse en los yacimientos palmeros, en muchas
ocasiones de compleja y extraña apariencia, lo cierto es que básicamente
sólo podemos diferenciar cuatro tipos: circuliformes, espiraliformes,
meandriformes y lineales. Sin embargo, los mismos pueden alcanzar
grados de complejidad inimaginables, incluso combinarse entre sí
hasta dar lugar a espectaculares conjuntos de singular belleza como
el panel nº 19 del yacimiento de La Zarza, conocido popularmente
como el rosetón y considerado como la capilla
sixtina del arte rupestre canario. En no pocas ocasiones los
meandros se convierten en intrincados laberintos y los lineales
derivan en motivos enrejados de llamativa apariencia. E igual sucede
al contrario, es decir, con frecuencia nos encontramos con estaciones
formadas simplemente por un motivo de pequeño desarrollo. Circunstancias
como estas son las que han desconcertado a no pocos especialistas
en el tema. En cualquier caso, y a pesar de que la tipología sea
la misma, es casi imposible encontrar dos motivos exactamente iguales,
hecho que sin duda incrementa la importancia del catálogo rupestre
insular.
El resto de los motivos se inscriben bien dentro de la temática
alfabetiforme, de la que hasta la fecha sólo forman parte las inscripciones
líbicas de la estación de Tajodeque, ubicada a casi 2.000 metros
de altitud y ya en los riscos interiores de La Caldera de Taburiente,
o bien dentro del grupo denominado tradicionalmente como de los
cruciformes (los mejores ejemplos son el Lomo Boyero en el municipio
de Breña Alta y Don Pedro en el de Garafía), que engloba una gama
diversa de motivos que en algunos casos presentan una dudosa adscripción
prehispánica.
Técnicas de ejecución:
La casi totalidad de los grabados rupestres que hasta la fecha
han sido localizados y estudiados fueron ejecutados mediante la
técnica del picado, si bien con posterioridad el surco pudo ser
sometido a algún tipo de tratamiento con vistas a regularizar su
trazado. Este es el caso detectado por ejemplo en algunos paneles
de la monumental estación de La Zarza, donde ciertos motivos fueron
abrasionados con algún útil o material abrasivo para eliminar las
huellas dejadas por el picado. Sin embargo, lo habitual en el común
de las estaciones palmeras es que tales huellas aún sean perceptibles.
En función de la distancia que exista entre las huellas dejadas
por la percusión podemos hablar de picado continuo o discontinuo
y que en ambos casos puede ser profundo o superficial. El primero,
siempre forma surcos que varían según la dureza del soporte, lo
mismo que los puntos de percusión. En cambio, el picado discontinuo
(también llamado puntillado) carece de surco.
En nuestra opinión, la técnica del picado se aplicó por percusión
indirecta, actuando a modo de martillo y cincel,
especialmente en el caso de los conjuntos iconográficos de gran
complejidad, pues no descartamos que en paneles más simples se recurriera
a la percusión directa. En cualquier caso y con anterioridad a la
ejecución del motivo, el mismo sería bosquejado de una forma superficial
sobre el soporte, bien mediante un mero puntillado o bien de manera
incisa.
Una segunda técnica, empleada con poca frecuencia, es la incisión.
Muchos investigadores consideran que los grabados realizados de
esta forma presentan un carácter histórico, si bien nosotros estamos
convencidos de que en algunos casos en que aparecen asociados a
motivos realizados mediante picado tienen una cronología prehispánica.
Finalmente, en algunas estaciones emplazadas en las cumbres hemos
localizado motivos que parecen haber sido ejecutados mediante una
especie de raspado muy superficial.
Finalmente, hemos de decir que el utillaje empleado en la realización
de los grabados estaría compuesto básicamente por instrumentos líticos,
ya que la población benahoarita desconoció el uso de los
metales. No habría existido en este sentido un tipo de útil específico
para grabar, sino que se debió recurrir a lascas puntiagudas de
una composición pétrea más dura que la del soporte. Esta circunstancia
implicaba la necesidad de cambiar constantemente de herramienta,
ya que se deteriorarían con relativa rapidez. Podríamos decir que
casi cualquier pieza lítica localizada en las proximidades de una
estación pudo haber servido para grabar, circunstancia que explicaría
los resultados negativos que han ofrecido las excavaciones realizadas,
por ejemplo en la estación de La Zarza, en busca de alguna piedra
usada para grabar.
Aspectos cronológicos:
Como suele suceder en el mundo de la arqueología, la cuestión de
la cronología siempre plantea múltiples interrogantes. Y en el caso
de los grabados rupestres, al menos en el de las inscripciones palmeras,
no iba a ser menos. Hace ya unos años, el doctor Ernesto Martín
Rodríguez[4] elaboró una secuencia cronológica partiendo de la amplitud
cultural que parecía presentar el yacimiento de La Zarza, de cuyos
motivos podía a priori inferirse la participación de diferentes
artistas y mentalidades en su ejecución. En función de las técnicas
de ejecución y de los motivos representados, este investigador distingue
tres fases:
§ Fase inicial: los grabados más antiguos serían aquellos
que presentan un acabado más perfecto, culminado en la abrasión
y la regularización del surco. Aquí se incluirían las representaciones
más complejas, cuando los motivos se combinan y dan lugar a temáticas
de gran desarrollo.
§ Fase intermedia: se produce un cambio en la técnica utilizada
y que se refleja en la presencia de surcos más irregulares y en
el abandono de la abrasión, por lo que son claramente perceptibles
las huellas de la percusión. Las representaciones siguen siendo
aún bastante complejas.
§ Fase final: incluye una serie de estaciones cuyos motivos
habrían sido realizados por las gentes que arriban a La Palma en
el momento de la conquista, a finales del s. XV. Las representaciones
son más superficiales y sencillas, al tiempo que la temática es
menos variada.
Lo que sí parece claro es que la práctica de grabar formaba parte
del bagaje cultural que trajeron las primeras gentes que arribaron
a La Palma hacia el 500 a.C. procedentes de algún punto del noroccidente
africano. El desconocimiento del medio insular y la limitación de
los recursos (agua, pastos, etc.) les habría obligado a poner en
marcha una serie de prácticas mágico-religiosas de carácter propiciatorio,
circunstancia que explicaría la elevada perfección técnica de las
representaciones rupestres. A medida que se consolida la adaptación
al entorno, la puesta en marcha de estas prácticas propiciatorias
no sería tan perentoria, aunque ni mucho menos fueron abandonadas,
más bien al contrario. Sólo variaba el cuidado que se ponía en su
ejecución. Luego, con el paso de los siglos esta situación se fue
deteriorando de tal modo que los grabados más recientes se ejecutarían
como simple práctica mimética, sin que sus autores tuvieran una
intencionalidad más allá de la meramente artística o funcional.
En general, puede decirse que a lo largo de la prehistoria insular
se alternan momentos de auge en la ejecución de grabados frente
a otros en los que se produce un cierto receso, momentos que posiblemente
se asocien al papel de los petroglifos como elemento propiciatorio
en momentos de carestía, al menos en las dos primeras fases descritas.
Sentido y función de los grabados:
La interpretación de los grabados rupestres palmeros es tan antigua
como su descubrimiento. Ya en 1752, cuando se localizaron los petroglifos
de Belmaco, se determinó que no eran más que puros garabatos,
juegos de la casualidad o de la fantasía de los antiguos bárbaros....
No serían pocos los que llegan a dudar de su adscripción prehispánica;
otros los comparan con algún tipo de escritura jeroglífica, y no
faltan los que atribuyen su autoría a los fenicios. Tendrían que
pasar casi dos siglos y descubrirse nuevos enclaves rupestres para
que la investigación se interese por este tema, surgiendo las primeras
hipótesis de carácter científico acerca de su significado. La más
generalizada habla de un culto a la fecundidad, a la diosa
de las fuentes y de las aguas. Esta teoría, basada en
la estrecha asociación que parecía existir entre los petroglifos
y el agua, se mantuvo vigente durante algunas décadas, hasta que
se atribuyó a determinadas estaciones un posible culto solar.
En el momento actual de la investigación se hace hincapié en su
papel como elementos de carácter propiciatorio, centrados en la
subsistencia de las comunidades que ocupaban el territorio. En un
medio insular la abundancia de los recursos está siempre sometida
a un frágil equilibrio donde cualquier alteración sensible de las
condiciones del entorno tiene siempre graves consecuencias. En una
sociedad pastoril como la benahoarita una prolongada sequía
podía debía ser terrible, ya que faltaría un elemento vital como
el agua, escasearían los pastos para los animales y se dificultaría
la recolección vegetal. Y de una isla no se puede emigrar buscando
territorios más benignos, máxime cuando los primitivos habitantes
de La Palma habrían desconocido la navegación. En esta situación,
el recurso a los rituales de todo tipo como forma de mantener un
equilibrio sostenible tuvo que ser de una enorme trascendencia.
Y aquí los grabados debieron jugar un papel fundamental, al menos
durante amplios momentos de la prehistoria insular. Estos grabados,
al menos en los momentos de auge máximo, serían realizados por grabadores
especializados, dada la perfección que alcanzan las representaciones.
Sin embargo, no todo es rito o magia. O al menos no tiene porque
serlo. Muchas estaciones de cierta antigüedad parecen tener un carácter
más bien funcional, estrechamente relacionado con la actividad pastoril:
señalan rutas pastoriles, delimitan campos de pastoreo, marcan el
camino hacia fuentes, etc. Ello no significa que no tengan además
una intencionalidad propiciatoria. La mayor parte de los grabados
de este tipo se localizan en las cumbres de la isla, por lo que
su autoría pudiera corresponder a los propios pastores.
Problemas de conservación:
El patrimonio rupestre insular presenta en la actualidad una compleja
problemática en relación con su estado de conservación. Vaya por
delante que La Palma gestiona en estos momentos los dos únicos parques
arqueológicos que funcionan en las islas, y ambos se centran total
o parcialmente en el tema del arte rupestre: La Zarza y La Zarcita
(municipio de Garafía) y Belmaco (municipio de Mazo). Además, se
han protegido mediante vallado algunas otras estaciones: La Erita
(cumbres del municipio de Santa Cruz de La Palma), Lomo de La Fajana
y Lomo del Estrecho (municipio de El Paso), y en breve se hará lo
mismo con el espectacular conjunto del Roque Teneguía (municipio
de Fuencaliente). El verdadero problema viene dado por las dificultades
que plantea el proteger un grupo que supera ampliamente las 200
estaciones rupestres. Nada podemos hacer frente al deterioro natural
que afecta a las mismas, de ahí que centremos nuestros esfuerzos
en combatir los daños ocasionados por el hombre.
La dinámica económica en la que se ha visto inmersa La Palma en
las últimas décadas, estrechamente ligada a la agricultura de exportación
y al incipiente desarrollo turístico, ha tenido lógicamente su incidencia
en el estado de conservación del patrimonio arqueológico, y por
ende ha afectado a no pocos enclaves rupestres. Numerosas estaciones
han desaparecido o se han visto seriamente deterioradas como consecuencia
de la acción antrópica: apertura de pistas y carreteras, preparación
de terrenos para el cultivo del plátano, o simplemente a raíz de
la construcción de viviendas en los enclaves rurales. Especialmente
dañinas han sido, en este sentido, las consecuencias provocadas
por la construcción del complejo astrofísico del Roque de Los Muchachos
(municipio de Garafía), inaugurado en 1986 y el más importante del
hemisferio norte en la actualidad. Los telescopios y el resto de
instalaciones anexas se enclavan en una zona de especial significación
arqueológica, dado que se trata del punto más elevado de la isla,
con todas las connotaciones cosmogónicas que ello conlleva.
En otras ocasiones, el daño contra el patrimonio rupestre se traduce
en el robo de petroglifos realizados en bloques sueltos y en la
perversa costumbre que tienen ciertos excursionistas de realizar
inscripciones en los paneles. Muchos de estos actos vandálicos son
perpetrados por individuos que conocen perfectamente el alcance
de sus acciones. Sin embargo, estamos convencidos de que frecuentemente
es el desconocimiento de los valores patrimoniales lo que provoca
muchos de estos daños, por lo que estamos llevando a cabo campañas
de divulgación entre los distintos sectores de la sociedad a fin
de informar a la población del valor patrimonial que encierran tanto
los grabados rupestres como los restantes elementos que conforman
el patrimonio arqueológico insular.
Imágenes
Bibliografía:
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pp. 537-641. Madrid-Las Palmas, 1972.
HERNÁNDEZ PÉREZ, M.S.: La Cueva de Belmaco. DIRECCIÓN GENERAL DE
PATRIMONIO HISTÓRICO DE CANARIAS (Estudios Prehispánicos, 7). Santa
Cruz de Tenerife, 1999.
MARTÍN RODRÍGUEZ, E.: La Zarza: entre el cielo y la tierra. Dirección
General de Patrimonio Histórico (Estudios Prehispánicos, 6). Madrid,
1998.
MARTIN RODRÍGUEZ, E., NAVARRO MEDEROS, J.F. y PAIS PAIS, F.J.:
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y conservación de estos yacimientos. Investigaciones arqueológicas
en canarias, II, pp. 157-185. Santa Cruz de Tenerife, 1990.
MARTÍN RODRÍGUEZ, E. y PAIS PAIS F.J.: Las Manifestaciones Rupestres
de La Palma (pp. 299-359). Incluido en Manifestaciones Rupestres
de Las Islas Canarias. DIRECCIÓN GENERAL DE PATRIMONIO HISTÓRICO
DE CANARIAS. Santa Cruz de Tenerife, 1996.
MATA A. Y SERRA, E.: Nuevos grabados rupestres en la isla de La
Palma. Revista de Historia Canaria, XIII y XIV. La Laguna, 1940-41.
PAIS PAIS, F.J.: La economía de producción en la prehistoria de
la Isla de La Palma: La Ganadería. DIRECCIÓN GENERAL DE PATRIMONIO
HISTÓRICO DE CANARIAS (Estudios Prehispánicos, 3). Santa Cruz de
Tenerife, 1996.
Nota: Los calcos utilizados en el presente artículo fueron
realizados por Juan F. Navarro Mederos, Ernesto Martín Rodríguez
y Jorge Pais Pais.
[1] Arqueólogo e investigador especializado en arte rupestre,
en estos momentos realiza su tesis doctoral sobre las manifestaciones
rupestres del NW de la Isla de La Palma.
[2] Instituto para la Conservación de la Naturaleza.
[3] Saltos que se producen en los cauces de los barrancos.
[4] Profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
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