|
|
Tribus Urbanas: por el devenir cultural de nuevas sociabilidades juveniles[1]
Raúl Zarzuri
C.[2] Y Rodrigo Ganter
S.[3]
Son basura que hace daño
Son basura que no debe existir
¿Cuál será la cifra?
¿Cuál la cantidad?
Que debe cazarse
Por su comunidad.
NIÑOS MORGUE |
El presente artículo se enmarca dentro de una perspectiva
que busca comprender las tensiones de sentido que atraviesan los mundos juveniles
actuales a partir de la intervención de una lengua heteróclita, cuya estrategia
se inscribe en una ruptura con los discursos colonizadores de las disciplinas,
intentando explorar los circuitos donde se mezclan los saberes, las zonas de
contagio disciplinarios, los procesos de hibridación y de mediaciones culturales,
tan característicos de las sociedades latinoamericanas, y que autores como Nestor
García-Canclini o Jesús Martín-Barbero han descrito profusamente en sus diversos
trabajos y sus visitas a nuestro país. De esta forma, la puesta en escena de
dicho enfoque supone una operación que desborda la crisis del diagnóstico de
los saberes hegemónicos, reconociendo del mismo modo- la dilemática discursiva
a la cual se ven enfrentados los saberes contemporáneos en su intento por recobrar
la palabra después de la catástrofe comunicativa a la cual nos arrojó la experiencia
de la dictadura. Por este motivo, el gesto que pretende imprimir el presente
trabajo se liga con el propósito de instalar un diálogo fronterizo con las memorias
tránsfugas y los movimientos de desterritorialización de las sensibilidades
cotidianas que se desplazan oblicuamente por la compleja trama simbólica de
nuestro Santiago globalizado. Pro-moviendo, entonces, una lectura compatible
con las fisuras, las discontinuidades y los afectos que hoy envuelven las prácticas
juveniles instituyentes.
ANTECEDENTES
El fenómeno denominado Tribus Urbanas[4]
ha causado progresivo revuelo en esta última década en nuestro país y particularmente
después del advenimiento de la democracia. Prueba de ello lo constituyen los
recientes episodios de violencia suscitados en el Gran Santiago (Parque Forestal,
Colón Oriente, sucesos acaecidos en la Pintana durante el mes de febrero del
año en curso, etc.) y protagonizados por jóvenes que participan en este tipo
de agrupaciones.
Según datos de la SIP de Carabineros, existen alrededor
de 18 pandillas juveniles en el Gran Santiago, concentradas principalmente
en las comunas de San Miguel, Pedro Aguirre Cerda, Ñuñoa, Recoleta, Conchali
y la Pintana. Entre las agrupaciones más renombradas podemos encontrar a los
Sombra Latina de Maipu; los CNI, los RAS (resistencia anti social) y los MS
(mente sucia) de San Miguel; los MJ (malas juntas) y los MC (mala clase) de
P.Aguirre Cerda; los Fleming Clan de las Condes; los de la Villa Olímpica y
los de la Villa Frei de Ñuñoa; los Peñi y los Pinreb (Pintana rebelde) de la
Pintana.
Las estadísticas señalan que los jóvenes que participan
de estos grupos en su gran mayoría son menores de dieciocho años, caracterizados
como sujetos jóvenes, de procedencia marginal o de clase socioeconómica baja,
con escasa o nula educación y que actúan en pandillas que fomentan la violencia
y el delito, y tienden a causar mayor daño a sus víctimas [5].
Frente a este fenómeno, la opinión pública ha mostrado
un creciente nivel de preocupación, pero no se cuenta -en este momento- con
una batería interpretativa de la problemática que contribuya a caracterizar
y entender en profundidad el suscrito fenómeno. En ese sentido, las escasas
aproximaciones a este tipo de dinámicas juveniles provienen generalmente- del
discurso dominante que existe en torno a estos microgrupos, vale decir, de
las indagaciones policiales o de los medios de comunicación, donde la tendencia
es a encapsularlos bajo el rótulo y el estigma de la delincuencia, la drogadicción,
la violencia y las bandas juveniles (eje de la desadaptación y la desviación
social).
No obstante, la emergencia y proliferación de las
Tribus Urbanas se deja comprender mucho más eficazmente cuando las consideramos
como la expresión de prácticas sociales y culturales más soterradas, que de
un modo u otro están dando cuenta de una época vertiginosa y en constante proceso
de mutación cultural y recambio de sus imaginarios simbólicos. Proceso que incluso
comienza a minar las categorías con las cuales cuentan las ciencias sociales
para abordar la complejidad social, y que particularmente en el caso de las
nociones ligadas a la juventud la realidad parece desbordar más rápidamente
los conceptos con los que se trabaja. Por lo cual se hace necesario y urgente
generar una aproximación reflexiva encaminada a superar dichos desajustes.
La sensibilidad juvenil de esta última década comienza
a poner en práctica toda una ritualidad distintiva, que va marcando y protegiendo
el espacio de su cotidianeidad. Conjuntamente con ello se va produciendo una
resignificación del hábitat urbano donde se desenvuelve esta sensibilidad. Ésta,
se caracteriza por un devenir que va desde la periferia al (un) centro y que
muchas veces es sin rumbo definido. Es el andar carreteando, donde el énfasis
está puesto en el andar (
) En ese deambular, el encuentro con un otro mediado
por las marcas, facilita el identificarse. Son las señas de reconocimiento
que les permite catalogarse como: hippie, thrasher, punki, cuico, artesa, tecno,
under, etc. En este andar se reconocen diversos, se re-encuentran en el contraste;
en la diferencia que, si es respetada, exige la contraparte[6]
En este último sentido, las Tribus Urbanas podrían constituir
una cristalización de tensiones, encrucijadas y ansiedades que atraviesan a
la(s) juventud(es) contemporánea(s). Son la expresión de una crisis de sentido
a la cual nos arroja la modernidad, pero también constituyen la manifestación
de una disidencia cultural o una resistencia ante una sociedad desencantada
por la globalización del proceso de racionalización, la masificación y la inercia
que caracteriza la vida en las urbes hipertrofiadas de fin de milenio, donde
todo parece correr en función del éxito personal y el consumismo alienante.
Frente a este proceso, las Tribus Urbanas son la instancia
para intensificar la experiencia biográfica y la afectividad colectiva, el contacto
humano y sobre todo la alternativa de construir identidad y potenciar una imagen
social. En otras palabras, las Tribus Urbanas constituyen una posibilidad de
recrear una nueva socialidad, de reeditar un nuevo orden simbólico a partir
del tejido social cotidiano. Pero, sobre este punto los medios también juegan
un rol preponderante, en tanto combustionan el proceso de tribalización actual:
los reportajes, la moda, el cine, la música, etc. Lo que lleva a inferir una
especie de alianza tácita entre medios y Tribus. Asociación que no deja de ser
contradictoria: los medios demonizan pero simultáneamente fortalecen su desarrollo.
En suma, el problema que nos interesa puede ser
planteado del siguiente modo: hasta ahora las ciencias sociales han puesto el
énfasis en un discurso oficial/institucional para explicarse las tensiones de
sentido por las cuales atraviesa la sociedad chilena y particularmente la realidad
juvenil, lo que dificulta una lectura plural de estas tensiones. De este modo,
una lectura heterónoma necesariamente debe explorar en las narrativas informales,
donde se modulan los recursos de expresión simbólica de memorias y subjetividades
en ambiguos conflictos de representación. Bajo este supuesto una nueva mirada
a este tipo de cultura juvenil debe explorar y rescatar la praxis discursiva
presente en estas agrupaciones, y que de un modo u otro refiere simultáneamente
a un tipo de saber específico/cotidiano y a determinadas lógicas comportamentales
que se constituyen al interior de estas nuevas formas de asociación juvenil
Tribus Urbanas-. Todo ello con el propósito de contribuir no sólo a generar
un proceso de des-estigmatización de este tipo de jóvenes en nuestra sociedad,
sino que por sobre todo a instalar un enfoque pluralista que ayude a comprender
más integralmente las problemáticas y las realidades propias del mundo juvenil
actual.
Con-texto
El fin del milenio se presenta, para una gran cantidad
de jóvenes en nuestro país, como un tiempo de incertidumbre y de inseguridad.
Es un tiempo de crisis, el cual se puede caracterizar por conceptos que
intentan ser parámetros tales como: globalización, mutaciones culturales, hibridizaciones,
etc. En suma, podemos decir crisis de adaptaciones sociales; especialmente asociadas
a los campos de la economía, las comunicaciones y la ética en las relaciones
humanas cotidianas e institucionales, públicas y privadas, en un contexto de
modernidad periférica[7], los cuales serían rasgos reveladores de esta condición.
Esta crisis es vivida profundamente en distintos
planos y constituiría el actual capítulo que experimenta la sociedad modernizada
o en vías de modernización, como efecto progresivo de los procesos de secularización
y racionalización, con el efecto, postulado por Weber de desencantamiento del
mundo. Abstrayendo otras dimensiones, sin duda de gran importancia, podemos
decir que la modernidad y la secularización como contexto societal en un medio
hibridizado[8]
en los hechos, va desintegrando y/o mutando una visión de mundo y sus distintos
ordenes institucionales, mutación que se manifiesta fuertemente en el ámbito
de lo cultural, caracterizándose siguiendo a Franssen (1994) por los procesos
de mutación cultural los cuales se pueden visualizar por la importancia
creciente de las industrias culturales (medios de comunicación de masas) y tiene
implicaciones no solamente en cuanto a los bienes culturales y a los códigos
necesarios para su consumo, sino también en el sentido mismo de la experiencia
de los individuos[9].
Esta cuestión de fondo, que extendemos al plano
de los comportamientos juveniles cotidianos donde, según algunos autores, se
observa un proceso paulatino de rechazo al valor intrínseco de las normas y
sus supuestos y/o su aceptación instrumental en función de objetivos inmediatos,
lo que permite construir imágenes de los jóvenes, etiquetándolos como: individualistas,
consumistas, amorales, apolíticos, entre otros,
Las primeras aproximaciones teóricas al fenómeno
de la juventud que alcanzan cierto auge en nuestro país -y que posteriormente
serán sustentadoras de políticas juveniles- se dan en el contexto de la dictadura
militar, especialmente en el decenio de los años ochenta. En este período, la
juventud chilena fue caracterizada por algunos enfoques teóricos predominantes[10], como una juventud "anómica"
y desintegrada que expresa efectos y cambios socioculturales supuestamente no
deseados de la socialización en el proceso de modernización que esta viviendo
el país. Se hacía referencia a la crisis de adaptación e integración expresada
en la desarticulación del mundo colectivo y a la crisis de identidad cultural
que se experimenta en la desarticulación de los valores, expresada, en la desintegración
de la comunidad y una ruptura de las relaciones primarias.
Desde estos trabajos la anomia se visualiza como
la emergencia de los deseos y las pasiones: vivir el inmediatismo a través de
la evasión o la agresión y simultáneamente vivir el inconformismo. Una lectura
que extrema la definición sociológica de anomia de Durkheim[11],
respecto de la inexistencia relativa de normas, al extremo del caos. Esta experiencia
escaparía a cualquier control normativo, manifestándose especialmente en la
juventud. Esta lectura extremista adquiere algún grado de moderación cuando
se replantea la concepción de anomia desde la perspectiva funcionalista mertoniana,
entendida como modos de adaptación para alcanzar fines institucionalmente sancionados
y valorados, por medios también institucionalmente sancionados y valorados (en
la mayor parte de los casos tipificados por el propio Merton)[12].
Hablamos entonces de crisis de adaptación en el marco de transformaciones y
cambios socioculturales inevitables en el marco de la modernidad.
Este enfoque proveniente de lo que se ha denominado
la sociología estructural-funcionalista (eje de la desviación social), se inicia
a partir de los estudios de Ralph Linton (1942), quién observando a los adolescentes
norteamericanos en los colegios (high school), se va dando cuenta, que éstos,
están comenzando a construir un mundo separado al de sus propios padres con
sus propias normas y valores. La escuela comienza a transformarse en el centro
de la vida social de los jóvenes, en un espacio que origina una nueva sociabilidad
y una lógica propia.
Posteriormente otro autor central de esta corriente,
Parsons, desarrollará en profundidad estas ideas, legitimando el surgimiento
de una cultura juvenil, cultura que generaba una nueva conciencia generacional,
que cristalizaba en una cultura autónoma e interclasista centrada en el consumo
hedonista, a pesar que ésta no producía, por estar todavía en el aparato educativo.
Esto lleva a Parsons a señalar, que la cultura juvenil se aleja cada vez más
del trabajo e incluso de la estructura de clases, ya que el acceso al tiempo
libre por ejemplo, parece cancelar las diferencias sociales entre los jóvenes,
uniformándose la cultura juvenil, en la medida en que se vinculan al mercado
a través del consumo.
Se puede plantear, a manera de crítica, especialmente al modelo
funcionalista, que la situación de los jóvenes en la sociedad no puede ser reducida
a un mecanismo de integración funcional, sino que se requiere el reconocimiento
de la existencia de un sujeto particular que se identificaría con orientaciones
culturales generales y con convicciones personales y colectivas ligadas a su
propio quehacer.
A partir de esto, como lo exponen varios autores, este sujeto
joven abierto a los procesos, enfrentado al fenómeno de la modernidad, queda
expuesto a una serie de situaciones: la absorción por la imagen o la exclusión
sin salida[13];
la internalización de los signos de muerte como valores propios o la búsqueda
de una identidad que de cuenta de las expectativas, valores y sueños [14];
tomar una actitud de total pragmatismo con la realidad (atinar) o fundar un
nuevo mundo (adanismo) ; asumir conductas colectivas e individuales que se expresan
a través de mecanismos de agresión, compensación y resignación, para estar ahí,
para tener una ilusión de participar, porque eso es lo que los hace sentirse
virtualmente integrados en medio de la exclusión real, por falta de capacidad
real de compra [15] .
Frente a estas visiones surgen otras voces [16],
nuevos enfoques para entender a los jóvenes, que optan por la perspectiva de
sujetos, lo que permite que ellos mismos se caractericen 'como jóvenes de una
nueva época', 'de otra era', o 'que están en otra', asumiendo que ese 'otra'
[estar en otra] a que hacen referencia evoca un momento y un espacio determinado
que tiene características propias, diferente de los adultos, a sus sistemas
de vida, a la autoridad, y a todo aquello que represente los modos tradicionales
de la vida social.
La Mirada Cultural (el otro enfoque)
A continuación se presentan una serie de perspectivas que pueden
contribuir a potenciar una mirada más heterónoma de estas nuevas culturas juveniles.
Nos centraremos principalmente en los aportes de la Escuela de Chicago,
la escuela de Estudios Culturales de Birmingham, el aporte de Maffesoli
sobre la neotribalización de las sociedades de masas y el postestructuralismo
en su versión foucaultiana, entre otros.
Como se ha mencionado anteriormente, este proceso
de modernidad ha provocado la desintegración de la comunidad y una ruptura
de las relaciones primarias; los espacios culturales locales sufren los embates
de la globalidad desestabilizándose antiguas formas establecidas de identidad
y cultura, siendo reemplazadas por espacios culturales nuevos y distintos; espacios
que tienen la característica de ser globales.
La pregunta que surge entonces es: ¿Cómo reconstruyen
la comunidad, las relaciones primarias y la identidad (entre otros cosas) los
jóvenes que pertenecen o se nuclean alrededor de lo que se ha denominado tribus
urbanas?
La intuición que asoma, resulta de una paradoja.
La idea de la modernidad asimilada a la aldea global, del predomino de una sola
cultura, en el fondo, de una cultura hegemónica, encuentra su respuesta en
la aparición de microculturas o microsociedades; de nuevas sociedades primitivas
- en el sentido durkheimniano de elementales - que empiezan a emerger en las
grandes ciudades alterando el mapa urbano - en lo que la escuela etnográfica
de Chicago llamara las zonas intersticiales de la ciudad - y el orden metropolitano[17]. En el fondo, lo que se intentaba
destruir (la variedad cultural) acaba reconstruyéndose o recreándose en nuevas
formas de culturas urbanas, en algunos casos contestatarias a la cultura dominante.
Estas microculturas, cuya expresión visible son
lo que denominaremos tribus urbanas, comienzan a ser estudiadas allá
por lo años 30, por lo que se ha llamado dentro de la tradición sociológica,
la Escuela de Chicago o escuela de ecología urbana, la cual se va a centrar
en temas que en esa época eran considerados marginales, como la delincuencia,
la marginación social, la prostitución, las culturas juveniles (pandillas, bandas);
temáticas que emergen en el nuevo ecosistema urbano de Chicago.
Centrándonos en el ámbito de las culturas juveniles,
uno de sus primeros autores (Robert E. Park) parte de la idea de que la ciudad
facilita la producción de comportamientos desviados, debido al ambiente de libertad
y soledad de las grandes urbes, en contraposición a las comunidades rurales
donde este tipo de comportamiento no era aceptado y se reprimía. Por lo tanto,
la ciudad era el terreno favorable para que se difundiera éste tipo de conductas,
mediante un mecanismo de contagio social que generaba regiones morales donde
prevalecían normas y criterios desviados. Uno de los efectos visibles de este
proceso es la proliferación de bandas juveniles callejeras (street gangs) en
ciertos territorios de la ciudad.
En esta misma época, Frederik Thrasher (1929)
publica su investigación sobre bandas (The Gans. A Study of 1313 gans in Chicago),
constituyéndose en el primer intento de sistematizar el conocimiento de éstos
grupos; grupos que no surgían indiscriminadamente, sino que se relacionaban
con un determinado hábitat, lo que el llamaba las áreas intersticiales , aquellas
zonas de fractura entre dos secciones de la ciudad. También se encuentra en
esta publicación, la primera definición del concepto de banda:
la banda es un grupo instersticial
que en origen se ha formado espontáneamente y después se ha integrado a través
del conflicto. Esta caracterizado por lo siguientes comportamientos: encuentros
cara a cara, batallas, movimientos a través del espacio como si fuera una unidad,
conflictos y planificación. El resultado de este comportamiento colectivo es
el desarrollo de una tradición, una estructura interna reflexiva, esprit de
corps, solidaridad moral, conciencia de grupo y vínculo a un territorio local
[18]
Las claves que arroja esta definición se pueden encontrar en
la solidaridad interna, vinculación a un territorio y constitución de una tradición
cultural distintiva como eje de agrupación.
Posteriormente William Foote White en su publicación
La Sociedad de las Esquinas (1943), se centra en el sentimiento de solidaridad
como constitutivo de estos grupos, lo que genera un fuerte sentimiento de lealtad,
fundamentado en la ayuda mutua. Constata que los jóvenes desarrollan profundos
lazos afectivos que vienen desde su infancia, lo cual los lleva a considerar
al grupo como su familia, y a la calle como su casa. Junto con esto, Foote
White, destaca que la naturaleza de estos grupos no es prioritariamente delictual,
lo cual lo lleva a criticar la miopía de aquellos que etiquetaban a este
tipo de jóvenes como desviados o anómicos.
De esta manera, la escuela de Chicago centrará sus estudios
en jóvenes de la calle, y por lo tanto jóvenes populares, donde la identidad
se construye en las esquinas, dando origen a microculturas contestatarias
y disidentes, en contraposición por ejemplo al enfoque estructural funcionalista,
el cual se centrará en los jóvenes de clase media, aquellos que construyen su
identidad en la escuela, y cuya rebeldía no rebasará los límites impuestos
por la institucionalidad.
Por otra parte, desde las contribuciones del grupo
de Estudios Culturales (Escuela de Birmingham), podemos rastrear la categoría
de lo juvenil a partir del soporte: hegemónico/subalterno (Gramsci). A este
respecto resulta significativo hacer referencia a dos líneas teóricas inscrita
en esta tradición de pensamiento y que se anudan poderosamente con nuestra temática.
La primera línea teórica desarrollada por Stuart
Hall (1983), en su estudio titulado: Resistencia mediante rituales
(1983), emplea la noción de subculturas juveniles como operaciones de resistencia
de los jóvenes de clase trabajadora. Estas operaciones de resistencia subcultural
son el resultado de diversos rituales juveniles que refuerzan el sentimiento
de la identidad grupal y la espacialidad, transgrediendo no sólo los patrones
culturales hegemónicos, sino que también los que se promueven al interior de
la cultura popular. Reeditando, a partir de estos rituales, la vigencia los
patrones contra-hegemónicos contenidos al interior de la clase social de la
cual provienen, pero otorgándoles un nuevo rendimiento crítico frente al avance
de la racionalidad económico/instrumental.
En segundo lugar, D. Hebdige (1994) incursiona en
la noción de subcultura contemporánea a partir del cruce entre los Estudios
Culturales (S.Hall) y el Estructuralismo (Althusser y Barthes). Produciendo
una lectura refrescante de las subculturas juveniles (punks) a partir de la
construcción de léxicos que logren decodificar los mensajes que existen más
allá de los estilos.
Desde otra perspectiva, Michel Maffesoli (1988)
quien es el primer sociólogo que diagnostica el proceso de neotribalización
en las sociedades de masa, va a plantear que el eje fundamental de estas nuevas
agrupaciones gravita sobre una contradicción básica y característica de la sociedad
moderna: auge de la masificación v/s proliferación de microgrupos. Por un lado,
la masa, la gente -en tanto concepto y expresión de una contingencia- carecería
de una identidad potente y transparente, como era el caso del proletariado del
siglo XIX. Mientras que por el otro, la noción y el fenómeno de las Tribus
Urbanas constituyen una respuesta al proceso de desindividualización consustancial
a las sociedades de masas, cuya lógica consiste en fortalecer el rol de cada
persona al interior de la agrupación.
Para este autor lo que está en transformación son los mecanismos
clásicos de la organización social:
·
Pasamos de la
importancia en la organización política-económica a la importancia de las masas.
·
Saltamos de la
individualidad (la función) a la persona (el rol).
·
Nos desplazamos
de los grupos contractuales a las Tribus Afectivas.
Los valores específicos de estos grupos están asociados:
·
Autoafirmación
de la subjetividad en y con el grupo.
·
Apropiación y
defensa de la territorialidad, de la ciudad como espacio simbólico donde se
construye identidad.
·
Predominio de
las experiencias estético/sensibles, lo sensorial (lo corporal, lo táctil, lo
visual, la imagen, lo auditivo, etc.).
Para Maffesoli, los rasgos básicos del proceso de neotribalización
contemporáneo están asociados con los siguientes tópicos:
1.
Comunidades
Emocionales: lo determinante de este elemento se vincula al carácter
predominantemente afectivo/emotivo que se fragua al interior de estas agrupaciones,
remodulando frenando- el imperio de la racionalidad formal -instrumental, productiva
y calculabilista- que predomina en la intemperie de las grandes metrópolis
contemporáneas.
2.
Energía Subterránea:
en este punto la inercia, la verticalidad y la uniformidad que caracteriza
al continum de la sociedad actual se ve resquebrajado por una multiplicidad
de léxicos -prácticas sociales polisémicas y alternativas- cuyo contenido se
expresa a través de una grupalidad experiencial o un vitalismo que sitúa
su flujo más allá del eje individualismo/muchedumbre.
3.
Sociabilidad
Dispersa: bajo esta noción lo Social emerge como un discurso omnipresente
y que se expresa a través de relaciones contractuales urbanas entre individuos
-mayoritariamente adultos- que comparten los patrones culturales y sociales
definidos por el saber hegemónico (discurso apolíneo). Mientras que soterrada
e intersticialmente se abre paso un discurso discontinuo y fragmentario (discurso
dionisíaco) expresión de un saber parcial- que se opone a la lógica dominante,
asumiendo estrategias de interacción diversificantes que fundan una nueva socialidad
neotribal. Lo interesante en esta reflexión es que ambos discursos intentarán
medir inevitablemente sus fuerzas en algún tiempo y espacio determinado.
4.
Fisicidad
de la Experiencia : el espacio físico la urbe- se transforma
aquí en un factor determinante en la conformación del entramado biográfico intersubjetivo.
El espacio como artificio cultural que permite formatear la dimensión existencial
del ser. Lo significativo aquí parece ser que a mayor globalización y cosmopolitismo
metropolitano, mayor será el deseo de identificación espacial localista e intimista.
Dicho lo anterior, podemos poner en circulación siguiendo
a Costa, Pérez y Tropea (1997)- un esquema referido precisamente a los elementos
que caracterizan y definen el fenómeno de las Tribus Urbanas en la actualidad:
·
Tribu Urbana
como conjunto de pautas específicas subculturales- en las que el joven reafirma
su imagen, este proceso involucra un nivel significativo de compromiso personal.
·
La Tribu Urbana
funciona como una micro-mitología, una pequeña gran historia, un micro-relato
que contribuye en la construcción de identidad y que provee a los sujetos de
un esquema comportamental que permite romper el anonimato.
·
La Tribu Urbana
supone un conjunto de juegos, rituales y códigos representacionales que un individuo
corriente no conoce o no maneja. Estos patrones suponen la transgresión a las
reglas socialmente instituidas.
·
El proceso de
tribalización supone toda una apropiación de símbolos y máscaras irreverentes
que reafirman la pertenencia grupal.
·
La mayoría de
las Tribus Urbanas constituyen en sí mismas un virtual dispositivo discursivo
de disidencia (la subcultura) y desestabilización del orden adulto, dominante
o hegemónico.
·
El look menos
convencional lleva en sí mismo una actitud de resistencia a la sociedad, pudiendo
incluso expresarse violenta o agresivamente.
·
La relación de
pertenencia es globalizante, abarcando a veces la existencia completa de todas
las dimensiones de la vida de los sujetos. En este sentido, se juega un proceso
de desresponsabilización personal de las acciones.
·
Los Punks y los Skins son las Tribus paradigmáticas y que mejor
reflejan las características anteriores, constituyendo además los dos ejes extremos
donde oscilan el resto de las Tribus existentes.
·
Música y espectáculo
deportivo constituyen los dos circuitos más potentes a través de los cuales
las Tribus canalizan sus energías vitales, las válvulas de escape de mejor y
mayor rendimiento emocional. Mecanismos de cohesión social, quiebre de la realidad
cotidiana, instancia de comunión, la fiesta el baile, explosión corporal, estados
alterados de conciencia. Los cantantes ocupan en la actualidad el lugar de los
chamanes en las Tribus primitivas: se produce al igual que en la antigüedad
la fusión y comunión cuerpo/espíritu por medio de estos rituales.
·
Las actitudes
más violentas implican un uniforme ceremonial, una imagen que le permite reconocerse
así mismo y que los otros también reconoscan en él. A diferencia de las pandillas
juveniles tradicionales donde el hecho delictual tiende a ocultarse, en las
Tribus no se disimula, al contrario existe toda una suerte de exhibicionismo
exacerbado.
Ahora bien, desde una impronta Postestructuralista
que permea la línea argumental sostenida hasta aquí, podemos visualizar a las
Tribus Urbanas a partir de la constitución hegemónica de un saber metropolitano
occidental que se instala como verdad en el cuerpo social, legitimando la existencia
de la segregación/exclusión y el control sobre el saber tribal y los cuerpos
tribales. A este respecto el propio Michel Foucault señala: Cada sociedad
tiene su régimen de verdad, su política general de la verdad: es decir, los
tipos de discursos que ella acoge y hace funcionar como verdaderos; los mecanismos
y las instancias que permiten distinguir los enunciados verdaderos o falsos,
la manera de sancionar unos y otros; las técnicas y los procedimientos que son
valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de aquellos encargados
de decir qué es lo que funciona como verdadero. [19]
En este sentido, Foucault privilegia
por sobre el saber científico (jerarquizante, totalizante, instrumental y formalista)
el saber genealógico (circulante, específico, autónomo, sin pretensiones de
verdad absoluta y animo). hegemónico sobre otros saberes).
Dicho esto, el saber genealógico aparece
en este contexto como un saber local, regional y discontinuo, llamamos genealogía
al acoplamiento de los conocimientos eruditos y de las memorias locales.
Es decir, lo que se está poniendo en juego -desde este enfoque- son precisamente
los saberes corrientemente descalificados desde la jerarquía científica por
carecer de una instancia teórica unitaria o de métodos de verificación que legitimen
la producción y circulación de su discurso.
Por estas razones es que Foucault habla de la
necesidad de recuperar los Saberes Sometidos es decir, los saberes de la
gente -saberes locales de la gente-, saberes que contienen y guardan
la memoria comunitaria, la memoria de los enfrentamientos, de los conflictos,
de las resistencias, de las heridas, de la auto-afirmación de la diferencia,
etc.
Pero el saber genealógico también supone un saber
erudito, meticuloso, histórico, que no tiene por objeto buscar el origen de
lo que somos, sino más bien la emergencia de las discontinuidades, las singularidades,
las especificidades, los sucesos únicos que expresan una relación de fuerzas
que se invierte.
Para Foucault (1987) el poder se ejerce mediante
la producción de discursos que se autoconstituyen en verdades irrefutables.
La verdad se traduce en ley gracias al poder, pero el poder se reproduce debido
a que existe un saber que se erige socialmente como verdad. No obstante este
último hecho, no es concebible el ejercicio del poder sin la práctica de una
resistencia a ese mismo ejercicio. Vale decir, en la compleja red de poder siempre
encontramos una multiplicidad de puntos de resistencia al poder. No existiría
una contradicción fundamental o un gran eje donde se exprese de modo irreductible
la contradicción. El poder no se encontraría alojado en un ámbito específico,
sino que se encuentra ramificado por todo el tejido social. Del mismo modo,
los focos de resistencia también se encuentran diversificados y diseminados
por todo el cuerpo social. Donde quiera que exista un micropoder instalado socialmente
habrá una operación de resistencia a las prácticas de dicho poder.
Así, aparece lo urbano como el espacio paradigmáticamente
moderno de producción y reconstrucción de identidades cotidianamente significadas
-de constitución de lo simbólico- y que nos remite invariablemente a un registro circunscrito
en la dimensión del poder. Vale decir, a un ámbito donde las identidades -en
tanto sustratos dinámicos y provisorios de sentido- se ven ante a la necesidad
de (re)pensarse/(re)presentarse incesantemente frente a otras lenguas saberes-
que luchan/compiten por establecer sus propias bases de producción de su actualidad.
La praxis de estas Tribus no sólo expresa el contenido
de los saberes sometidos, sino que además constituye el resultado de una operación
estratégica más consistente que está dando cuenta de formas de resistencia a
la economía de los poderes socialmente legitimados. En palabras de Toni Negri,
agenciamientos, transformaciones del flujo, donde se expresa una política de
la experimentación y de producción de la vida[20]. El contenido discursivo presente
en estas resistencias es lo que abre la posibilidad de sacarle rendimiento a
las socialidades emergentes o a las producciones conta-hegemónicas que se
desplazan en el campo juvenil actual, donde las dinámicas afectivo/comunicativas
generan una explosión de los códigos canónicos del saber/poder a través de manifestaciones
como la música o los graffiti. Todo ello con el propósito de que se vayan conformando
y fortaleciendo aparatos representacionales críticos a partir del rescate de
los léxicos y los discursos juveniles contingentes.
Una operación virtual
Lo que está en juego entonces es desconstruir
la mirada oficial/dominante para indagar en otras discursividades que develen
nuevas miradas de lo juvenil. Esta operación parte de la constatación del debilitamiento
crónico de los mecanismos tradicionales de socialización: la educación se muestra
perpleja ante el crecimiento del ejercito de sus desertores, el trabajo formal
es socavado aceleradamente por el virulento efecto multiplicador del empleo
informal, la política se diluye en el cálculo procedimental y en la racionalidad
del consenso, etc. Dicha operación requiere una ruta que tome distancia de los
datos globales, un camino que explore a caso desprejuiciadamente- en
la voluntad micro-utópica que busca aglutinarse en tribus[21]
o en las micro-texturas que atraviesan a la subjetividad juvenil de fin de milenio.
Una ruta no rutinaria[22], una ruta que divague para recuperar
las con-versaciones, las micro-memorias, las gestualidades y las ritualidades
simbólicas que los jóvenes despliegan en el espacio local.
Emulando a García Canclini (1995), uno de los
puntos nodales que se liga con el descrito gesto, es precisamente el dejar
hablar a la ciudad más que hablarla, vale decir, escuchar lo que la ciudad nos
tiene que contar, dejar que las teorías nativas puedan expresarse a partir de
su propio ritmo, el ritmo lento de la territorialidad y de la narratividad,
que coloca entre paréntesis el vértigo y la velocidad de la información en un
Santiago globalizado. Esto sería lo que podríamos llamar como la apuesta -no
sólo por encontrarse con nuevos objetos de estudio-, sino que también por instalar
un desajuste de representación o significación que haga estallar las rutinas
discursivas y el equilibrio funcional de categorías/estructuras preconcebidas.
La intución pasa, finalmente, por aproximarse/explorar
estas discursividades desde lo que nosotros prodríamos llamar tentativamente
una sociología de la afectividad -en tanto aparato de intervención crítica-,
el cual se debe entender como un dispositivo provisional para explorar transversalmente
las formas instituyentes de sociabilidad juvenil, y que podemos rastrear genealógicamente
en ciertas producciones[23] que nos movilizan y nos interesan,
constituyéndose de esta manera en un cuerpo intervenido por contagios, una red
específica y parcial de solidaridades teóricas[24].
La afectividad nos parece (re)construye/moviliza,
identidades y lazos perdidos en este tránsito nómade que realizan los jóvenes
por la ciudad modernizada, provocando reminiscencias de viejas sociabilidades
perdidas en la memoria colectiva, avasalladas por la lógica instrumental.
Esto sería -tal vez- la vuelta a la comunidad, que tiene rasgos descritos por
Tönnies, Simmel o Durkheim, entre otros, pero que trasciende a éstos[25], potenciándose
en la comunidad tribal, donde los procesos de sociabilidad son fundamentalmente
intimistas y corporales, por lo mismo subversivos respecto del orden social
que opera segmentarizando la corporalidad y suprimiendo la afectividad que los
jóvenes van urdiendo para enfrentar este proceso de racionalización.
En este sentido, los afectos construyen
nuevas relaciones, nuevas formas de estar juntos, nuevos deseos, territorialidades
existenciales emergentes, donde se establecen redes de relaciones que fortalecen
los sentimientos de pertenencia grupal, a pesar del carácter efímero y circulante
de estas neo-comunidades, a las cuales M. Maffesoli designa como comunidades
emocionales. Los afectos son los que construyen vínculos moleculares en estas
nuevas agrupaciones, vínculos que se transforman en lealtades, en ayudas, en
construcciones de identidades asociadas a expresiones particulares o geografías
específicas. De esta forma, los afectos posibilitan hablar de una nueva geología
familiar, de una nueva trama familiar: el grupo, la música, la imagen, el graffiti,
se van re-constituyendo como las nuevas ecologías afectivas, nuevas formas de
habitar ese otro hogar, de coexistir en el mundo.
Por último, queremos decir que nuestra intención
no se orienta a encapsular o diagramar las subjetividades juveniles emergentes
en viejos nichos categoriales que permitan garantizar la liturgia de la paz
que se inscribe en los campos institucionales y disciplinarios hegemónicos,
más bien y en esto nos dejamos fluir con Maffesoli[26]-
la voluntad es vitalista y la perspectiva emancipatoria, por lo mismo no se
propone una teoría cerrada respecto del desenvolvimiento de los saberes contemporáneos,
sino la reapertura siempre infinita- de las contradicciones que interrogan
el horizonte ético de nuestra tardo-modernidad, esquivando de este modo el ingreso
a saberes ya clasificados y circulantes, táctica de operación típica del modelo
cognitivo instrumental.
BIBLIOGRAFIA
·
Ariño, Antonio
(1997) Sociología de la cultura. La constitución simbólica de la sociedad.
Ariel Sociología, Barcelona, España.
·
Beezer, A. (1994)
Dick Hebdige: Subcultura, el significado del estilo, en Introducción
a los Estudios Culturales, Barcelona, Bosch,.
·
Costa P., Pérez,
J.M., Tropea, F. (1997) Tribus Urbanas, Ed. Paidós, Barcelona,
España.
·
Cottet, Pablo
y Galván, Ligia (1993) Jóvenes: Una conversación social por cambiar.
ECO , Santiago , Chile.
·
Deleuze, Gilles. y Guattari, Felix. (1997) Mil Mesetas,
editorial Pretextos, España.
· Feixa,
Carlos. De jóvenes, bandas y tribus. Editorial Ariel, Barcelona,
España 1998.
·
Foucault, M.
(1992) Microfisica del Poder, Ed. La Piqueta, Madrid.
_____ (1986) La historia de la sexualidad:
la voluntad de saber, Ed. Siglo XXI, México.
·
Fundación Universidad
Central (1998) Viviendo a Toda Jóvenes, territorios culturales y nuevas
sensibilidades. Siglo del hombre editores, Santafé de Bogotá, Colombia.
·
Franssen, Abraham (1994) Los jóvenes secundarios en la
mutación cultural: Jenny, Carola y Mauricio. CIDE, Documento Nº4, Santiago,
Chile.
·
García Canclini,
Nestor. (1995) Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y salir de la
modernidad, Editorial Sudamericana, Bs. As.
·
Guattari, Felix.
(1998) El Devenir de la Subjetividad, ediciones Dolmen, Santiago
de Chile.
________(1998) Cartografías del
Deseo (texto introductorio), Editorial Francisco Zegers, Santiago de
Chile.
·
Hall, Stuart. (1983) Resistance through Rituals. Youth Subcultures
in Post-War Britain, Londres, Hutchinson University Press.
·
Hopenhayn, Martín. Nuclearse, resistirse, abrirse: las
tantas señales en la identidad juvenil, Revista Chilena de Temas Sociológicos
n°3, UCBC. Santiago de Chile, 1997.
·
Instituto Nacional
de la Juventud (1994) Primer Informe nacional de la Juventud.
Ministerio de Planificación y Cooperación, Santiago, Chile.
·
Lagomarsino,
Mario y Zarzuri, Raúl. (1998) Televisión, espiritualidad y jóvenes.
Ceneca, Santiago, Chile.
·
Maffesoli, Michel (1990) El tiempo de las tribus. El declinamiento
del individualismo en las sociedades de mas. Icaria, Barcelona España.
·
Maffesoli, Michel.
(1993) El Conocimiento Ordinario. Editorial F.C.E., México.
·
Mead, Margaret
(1971) Cultura y Compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional.
Granica editor, Buenos Aires, Argentina.
·
Martin Criado,
Enrique (1998) Producir la Juventud. Ediciones Istmo, Madrid,
España.
·
Sandoval; Soto;
Unidiks y Váldes (1989) Sistematización de una práctica con sectores juveniles.
Humanitas-Folico, Buenos Aires, Argentina.
·
Undiks, A (coord.);
Soto, V. ; Steigler, H; Rodríguez, M. y Vega, P. (1990) Juventud urbana
y exclusión social. Las organizaciones de la juventud urbana poblacional.
Humanitas-Folico, Buenos Aires, Argentina.
·
Vicaría Pastoral Social (1996) Jóvenes de los 90.
Santiago, Chile.
·
Weinstein, José. (1990) Los jóvenes pobladores y el Estado.
Una relación difícil. CIDE, Santiago, Chile.
_____ (1991) Jóvenes de los 90: ¿inmorales,
Incultos, apolíticos o .. nuevos ciudadanos CIDE Documento nº3,
Santiago, Chile.
[1] Artículo publicado en la Revista de Trabajo
Social Perspectivas, Año sexto, número 8, Diciembre 1999. Universidad Católica
Cardenal Raúl Silva Henríquez.
[2] Sociólogo, con estudios de Magister en
Antropología U. de Chile. Docente e Investigador Departamento de Sociología
Universidad Católica Blas Cañas. Docente Escuela de Sociología y Maestría
en Ciencias Sociales Universidad de Artes y Ciencias Sociales ARCIS
[3] Sociólogo, con
estudios de Diplomado en Crítica Cultural U. ARCIS y Estudios de Género U.
De Chile Docente e Investigador Departamento de Sociología Universidad Católica
Blas Cañas.
[4] Noción central de este artículo que será
definido y caracterizada en las siguientes páginas.
[5] Revisar Fundación Paz Ciudadana: Conceptos
para la prevención y contención del delito, Nº5 (1977) y Nº 11, Santiago
de Chile.
[6] Soto, P. : Suicidio Juvenil: características y significados
asociados. Silencio, cansancio, derrota, págs. 44-45, I.N.J.
Santiago de Chile, 1994.
[7] Sarlo, Beatriz:
Una Modernidad Periférica, editorial Nueva Visión, Bs.As.,1988.
[8] Garcia Canclini,
N.: Culturas Híbridas, editorial Sudamericana, Bs.As., 1995.
[9] Frassen, A. Los jóvenes secundarios
en la mutación cultural: Jenny, Carola y Mauricio, CIDE, Doc. nº4, Santiago
de Chile, 1994.
[10] Valenzuela, E. La rebelión de los jóvenes,
SUR, Santiago de Chile, 1985.
[11] Durkheim, Émile. El Suicidio; y
también otros de sus textos.
[12] Merton, K. Robert
(1972) Teoría y Estructura Sociales. FCE, 3ª Reimp., México.
[13] Tijoux, María Emilia (1993) Por aquí
hay algo que está cambiando. El Retorno del Sujeto Juvenil en la Escuela -
Taller El Encuentro: Un estudio de caso. Tesis de Grado Magister en
Ciencias Sociales. Universidad de Artes y Ciencias Sociales(ARCIS), Santiago
de Chile.
[14] Duarte, K, Juventud Popular, el rollo
entre ser lo que queremos o ser lo que se nos impone, LOM, Santiago, 1994.
[15] Sandoval Manríquez, Mario (1994) Modernización
y Jóvenes Pobladores Urbanos: Un Estudio de Caso. Tesis de Grado de Magister
en Ciencias Sociales mención Cultura y Religión, Universidad Academia de Humanismo
Cristiano (UAHC), Santiago de Chile.
[16] Weinstein, J. Jóvenes de los 90: ¿inmorales,
incultos, apocalípticos o
nuevos ciudadanos, CIDE, Doc. nº3, Santiago
de Chile, 1991.
[17] Es lo que autores
como Félix Guattari (1998) llamarán la revolución molecular en el contexto
del Capitalismo Mundial Integrado, toda una amplia gama de pequeños grupos
que entran en resonancia e interaccionan para resistir a las formas de representación
dominantes.
[18]Citado en : Feixa, Carlos.
De jóvenes, bandas y tribus. Editorial Ariel, Barcelona, España
1998.
[19] Foucault, M.
Microisica del poder. La Piqueta, Madrid, 1992.
[20] Una Tribu Urbana
podría ser entonces la metáfora de un(os) tatuaje(es) grabado(s) sobre la
piel de Santiago, una mancha de tinta indeleble inscrita en una esquina metropolitana,
algo así como un ruido sordo y multiplicador, un rumor metálico, una interferencia
en el continuum del dial, un registro sonoro delirante en el tráfico discursivo
monocorde, una nueva forma de cartografiar el cuerpo y la memoria de Santiago.
[21] Hopenhayn, M. Nuclearse, resistirse,
abrirse: las tantas señales en la identidad juvenil: Revista Chilena de
Temas Sociológicos Nº3 UCBC, Santiago de Chile, 1997.
[22] Es lo que W.
Benjamin llamaría la flanería: el vagar o el deambular metropolitano
que empaña la búsqueda reticulada de los cuerpos, pro-moviendo la esperanza
experiencial de los (des)encuentros. No hay mejor viajero que el que parte
por partir, nos recordaría Baudelaire.
[23]
Donde destacan: M. Maffesoli y su noción de socialidad o de comunidades
afectivas; M. Foucault y sus investigaciones sobre la amistad de los
muchachos en la antigüedad; o bien, los trabajos de G. Deleuze y Guattari
referidos a su concepción del socius o de los afectos como armas; M
Weber y los cultos emocionales; Toni Negri y las dinámicas afectivo/comunicativas;
N. Perlongher y la cartografía como líneas de afectos grupales; N.
Elias y la racionalización de los afectos en el marco de la civilización;
Margulis/Urresti y el imperio de la afectividad; B. Turner y el cuerpo
como acontecimiento sociológico; por designar arbitrariamente sólo algunos
autores y saciar discretamente los apetitos de los lectores que gustan reconocerse
como centinelas del saber.
[24]
En palabras de M. Norambuena Nuevas Alianzas, en tanto tipo
de andamiaje referencial que nos posibilita la formulación de nuevas propuestas,
abriendo paso al ejercicio de la imaginación, la creatividad social y a la
reapropiación de los términos de necesidad y deseo, en tanto fundamentos de
la vida comunitaria. (1998:19).
[25]
Aquí suscribimos la idea de ritornelo. Noción trabajada por Deleuze
y Guattari en su Mil Mesetas (1997) y que apelaría a un regreso, a
una vuelta, pero esta vez un retorno en búsqueda futura, un retorno devenido,
asumiendo la radicalidad que ello implica.
[26]
Hacer escuela es fácil y aburrido; es mucho más fecundo esforzarse por echar
una mirada libre, a la vez insolente, ingenua, incluso trivial, en todo caso
desagradable, pero que abre brechas y permite fuertes intercambios que los
tenderos y burócratas ni siquiera imaginan. Así pues, insolencia del pensamiento.
Hablé de vagabundeo, de capricho; esto coincide con las preocupaciones de
Balandier y de Touraine, quienes hablan de falta de respeto por los límites
o de interacción entre diferentes escuelas de pensamiento. Esto también coincide
con la tonificante impertinencia de Edgard Morin quien, desde los años 1960,
con Lesprit du temps, daba los prolegómenos de una empresa audaz, adecuada
a nuestro tiempo. Es más que necesario quebrantar los feudos del saber, si
se puede, o cuando menos burlarse de ellos; sin hablar dentro de ellos de
esas pequeñas circunscripciones temáticas guardadas con tanto más celo, cuanto
que son inconsistentes o, por lo menos, que han sido superadas. Los innovadores,
que desconfían de la desidia posterior al establecimiento de saberes especializados,
desestabilizan el peso institucional. (Maffesoli, M. 1993: 29).
|
|