"Una luz en la oscuridad. Desde la creencia hacia la ciencia"
Ana María Spadafora[1]
La critica etnográfica: lugares de "campo" y
"temas" de investigación
En referencia a la razón espacial de la práctica etnográfica,
Pablo Wright (1998) sugiere un análisis guiado por dos cuestiones
claves. En primer lugar, la relación dialéctica que existe entre
los lugares donde trabajamos y la clase de sujetos que dicha práctica
produce y, en segundo lugar, la idea de que la economía política
del conocimiento supone condicionamientos estructurales relacionados
con la situación geopolítica de cada área en cuestión. Retomando
parte de los estudios realizados en el marco de la llamada antropología
crítica o reflexiva, la antropología de la experiencia y la antropología
posmoderna surgidas en el seno de la academia norteamericana y europea,
a partir de mi propia experiencia de campo analizo cómo la creación
de "lugares" antropológicos constituye una práctica que se encuentra
estrechamente vinculada tanto a la relación entre centro y periferia
como a los procesos concretos de práctica disciplinar espacial
y temáticamente localizados. Así, la consideración del campo en
tanto lugares antropológicos que son reconocidos como tales en función
de un proceso histórico y disciplinar de legitimación nos debería
llevar a desnaturalizar las "áreas de trabajo" y comprender
su vinculación a una lógica de la práctica que desemboca en la acumulación
de experiencias cristalizadas en estratos no siempre explícitos
y del todo conformados a los que comúnmente nos referimos como "tradiciones"
antropológicas (Wright, 1998).
La aproximación crítica respecto a cómo interviene el background
disciplinar en la etnografía, se encuentra alineada a los análisis
de Johannes Fabian (1983) y Clifford Geertz (1983) que, con diferencias,
abordan el carácter problemático de nociones como distancia, sitio
y otredad en tanto éstas son ante todo categorías constitutivas
de nuestra disciplina que actúan como fundamento y legitimidad
de la práctica etnográfica y sacralizan al etnógrafo como único
traductor autorizado. Johannes Fabian (1983), por ejemplo, plantea
cómo la antropología en la construcción de su "objeto de estudio"
realiza un desplazamiento temporal de profundas consecuencias epistemológicas.
Para Fabian el proceso de alterización o construcción del Otro define
a una práctica disciplinar cuyo punto de partida es el encuentro
intercultural, lo que tiene profundas consecuencias epistemológicas.
Los trabajos precursores de Clifford Geertz (1983) acerca del "punto
de vista del nativo" y más tarde los desarrollos de sus principales
discípulos, James Clifford y George Marcus (1986) apuntan básicamente
a profundizar la crítica etnográfica entendiendo que el campo puede
ser analizado como un texto y la antropología como un tipo de discurso
literario destinada a consagrar la legitimidad del investigador
por sobre la pluralidad de voces que de hecho conforman e intervienen
en eso que la disciplina ha naturalizado como "trabajo etnográfico".
Al margen de las posibilidades efectivas de una antropología dialógica
cuando de grupos religiosos se trata[2],
la crítica etnográfica se revela como un instrumento eficaz en la
empresa de analizar críticamente el proceso de construcción del
conocimiento "científico" que al involucrar a la literatura y las
humanidades se transforma de hecho en una verdadera opción política
(Garma Navarro, 1991). Estas perspectivas, enfatizan las condiciones
de surgimiento de la antropología, su vinculo a las practicas coloniales
y todo lo que ello acarrea desde el punto de vista de la relación
entre occidente y la otredad. Así, por ejemplo, buscan desenmascarar
todo lo que categorías como "indio" o "paganismo" tienen de constructo
histórico, esto es, como fruto de un contexto de relaciones asimétricas
entre "nosotros" y la "alteridad", relaciones
que en la practica etnográfica apuntaron a legitimar un genero discursivo
(el del etnógrafo) por sobre los demás (el de los nativos). Siguiendo
estos lineamientos, tanto la "elección" del espacio
de campo así como el "tema" constituyen desde el inicio
elementos sumamente críticos en todo proceso de investigación y
en el tipo de conocimiento que a la zaga producimos, elementos que
sin embargo, deliberadamente o no excluimos sistemáticamente de
nuestros resultados.
Como parte del intento de "des-exorcizar" algunos episodios de
nuestra propia experiencia de trabajo con grupos pentecostales "urbanos"
en la década de los 90, este trabajo propone un ensayo exploratorio
de la situación de campo desde un abordaje abierto a la "explicación
nativa" en su manera de dar sentido a la propia existencia. De esta
manera analizamos la experiencia de campo involucrando algunas creencias
y sueños que se nos presentaron en etapas previas y durante nuestro
trabajo. Considero que, en cierta medida, la incorporación de estas
otras instancias, comúnmente invisibilizadas por la lógica
racionalista que guía el trabajo etnográfico constituye un ejercicio
interesante para el análisis crítico de la producción etnográfica,
muy especialmente de la manera en que los prejuicios antropológicos
--centrados en la revalorización de lo prístino, lo auténtico y
lo nativo-- y las creencias --que tiene como referente ya explícito,
ya implícito al modelo de religiosidad católica-- intervienen en
nuestra labor. Para ello, recurro a la metáfora de "Una luz
en el camino", título de la reciente autobiografía del pastor
Giménez quien junto a su esposa Irma lideraba el Ministerio evangélico
"Ondas de Amor y Paz". Su significativo título resulta mas que sugestivo
en el camino que, a manera de puente, nos permite transitar exactamente
al revés de lo que concebimos en los inicios de nuestra investigación,
esto es, desde la creencia hacia la ciencia.
Reproduciendo el carácter paradigmático de las historias de vida
de los creyentes pentecostales, la autobiografía del pastor despliega
su trayectoria desde un pasado descreído y gobernado por las fuerzas
del Mal -tematizado como alcoholismo, drogas y el delito-- hacia
un presente iluminado por la Palabra de Dios. Esta metáfora, nos
aporta ciertamente una enseñanza pedagógica, en la medida que permite
explicitar nuestro "transitar por el campo" en un doble
sentido: desde la razón del pensamiento científico hacia
la creencia que, solapadamente filtra nuestro propio trabajo
y, finalmente, desde la creencia hacia la razón buscando
comprometer aspectos vinculados a sentimientos no contemplados pero
que sin embargo, impregnan la lógica de nuestro trabajo. Tenemos
la convicción que, invertir la lógica explicativa de la experiencia
subjetiva y de alguna manera recuperar parte de la "teoría pentecostal
de los sujetos" es un saludable ejercicio para repensar desde una
perspectiva crítica la empresa etnográfica y, en particular, recapitular
nuestra propia relación con el campo.
Primera confesión: "espacios" y "temas"
Es difícil explicar cuando realmente comencé mi trabajo como antropóloga.
Mi madre, también antropóloga se ocupó desde mi más tierna infancia
de inculcarme la tarea con una devoción inusitada. Eran los años
70 cuando recorría las villas de San Francisco Solano acompañándola
en sus entrevistas de campo. Tenía 8 años de edad y me había tomado
en serio la "observación participante" frente a un mundo marginal
que me resultaba más repulsivo que exótico, aún cuando esa pobreza,
comparada con la Argentina actual, tenía mucho de dignidad.
Esa experiencia angustiante contrastaba con los objetos y fotos
de "tribus primitivas" que lucían en las "vidrieras" de los museos
antropológicos y la literatura infantil a la que estaba acostumbrada,
caminos siempre abiertos a la imaginación. Prolijamente frecuenté
clases magistrales en el Museo Etnográfico registrando el "folklore"
y las tradiciones de pueblos siempre distantes, ajenos y detenidos
en el tiempo. Recuerdo el respeto que me provocaba las salas del
Museo de La Plata o los olores rancios del Museo Etnográfico donde
apenas unos pocos estudiantes seguían los pasos de nuestros padres
míticos. En mi, todo era devoción. Resonaban en mi oído nombres
en guaraní y largas horas me dedicaba a acariciar las preciadas
piezas que allí se exhibían con la esperanza siempre de un buen
día, finalmente escapar hacia esos otros lugares.
En 1983 en un clima de efervescencia y algarabía social me inicie
en la vida democrática y de estudiante en una universidad saludablemente
dispuesta a transformarse y transformar la sociedad. Mitos y ritos
de sociedades primitivas cedían lugar a los "nuevos problemas
de la antropología": "la pobreza" y "el campesinado" remplazaban
rápidamente a los "indios". El sueño de infancia del incansable
viajero se desvanecía sobre una realidad menos simpática y más atenta
a otro tipo de problemáticas que poco a poco se fueron recortando
como "antropología social" en un intento por diferenciarse
de la "etnografía y etnología". Me recibía defraudada,
leyendo "El XVIII Brumario de Luis Bonaparte" de Karl Marx y convencida
de que sobre la faz de la tierra arrasada por el capitalismo ya
no había un solo "indio" ni lugar donde escapar y que,
por lo tanto, la labor del etnógrafo no estaba allí sino acá.
No casualmente estos cambios que se me planteaban y que yo no
llegaba a percibir claramente fluctuaban entre el allí y el acá.
La redefinición del lugar y el tiempo en el campo así como del etnógrafo
en tanto observador privilegiado, ciertamente hundían sus raíces
en lo que no era mas que el sentido que definía a nuestra práctica
disciplinar. Esa identidad disciplinar espacialmente anclada en
el allá que tanto había nutrido mi infancia, no se condecía entonces
con el acá que promovían las nuevas preocupaciones académicas desde
el inicio de la democracia.
Paradójicamente el destino me llevó a realizar mi primer trabajo
de campo en lugares que parecían estar mas cerca del exotismo que
de las formulaciones apocalípticas que se planteaban en la universidad
acerca de la desaparición de las sociedades indígenas. Mi primer
trabajo de campo entre los nivaclé del Chaco Boreal Paraguayo fue
ciertamente una experiencia iniciática y existencial que modificó
para siempre la vulgar idea de la inexistencia de indígenas y, sobre
todo, equilibró mi sentido un tanto alterado de la diferencia, la
mismidad y la otredad permitiéndome situar de manera realista en
lo que parecía mas formar parte de una florida literatura que de
la situación real en la que se encontraba una parte de la humanidad.
Los 90 me plantearon finalmente la encrucijada de decidir si
mi investigación iba a centrarse en el aquí o en el allá.
Una inesperada noche en pleno potlach navideño caminando por
la Avenida Rivadavia por primera vez vi al pastor Giménez, un conocido
pastor evangélico, pilar --junto a su esposa Irma-- del Ministerio
"Ondas de Amor y Paz". Vestido de negro y con corbata
blanca parecía un mafioso salido de cualquier película italiana
que cortando la calle adornada con bombitas de colores, daba una
arenga enérgica y festiva a los fieles que se agolpaban a su alrededor:
"Hermanos en esta noche de gloria ya no hay tiempo, Jesucristo
vendrá a Salvar la Iglesia" mientras fieles y transeúntes, se
entregaban a una música resonante y desafinada que brotaba ensordecedora
desde los parlantes. A mis ojos, la escena resultaba tanto o más
exótica que cualquier práctica de chamanismo africano, por lo que
por vez primera logré sentir que el allá y el acá
se reconciliaban para dar finalmente tranquilidad a mi alma y tuve,
casi como una premonición, la certeza de que allí estaba
mi verdadera "vocación".
La situación en la academia antropológica local con respecto al
"tema" de mi elección no colaboró en mi indecisión. La
ausencia de investigaciones sobre este tipo de iglesias, devenía
al menos en parte de un cierto recelo no hacia los evangélicos aunque
sí hacia personajes como Giménez, recelo constatable en la sospecha
acerca de su legitimidad como religioso. No en pocas ocasiones,
aunque de manera siempre informal, me encontré en el apuro de aclarar
por qué Giménez y su iglesia podían constituir un tema legítimo
de investigación y no meramente un caso policial o en el mejor de
los casos, una nueva constatación de cómo la religión constituía
todavía hoy el "opio de los pueblos". En estos aspectos, las sospechas
de la legitimidad religiosa del pastor por parte de la academia
antropológica, no parecían diferenciarse en demasía de los estigmas
que el periodismo local --reconocido como único legítimo analista
del "fenómeno sectas"-- tenía sobre su iglesia. Y es
que en los 90 la legitimidad religiosa de iglesias como las del
Pastor Giménez estaban en serias dudas. El "fenómeno Giménez"
y su desenfadada esposa Irma acaparaban los titulares más escandalosos
de la prensa amarilla empecinada en perpetuar estereotipos bajo
la acusación de "sectas", "iglesia electrónica", "negocio de unos
pocos" o lavado de cerebro", contribuyendo a potenciar el carisma
"natural" del pastor y sus ideas acerca de "la necesidad de arrebatar
las telecomunicaciones en manos de Satán para devolverlas a los
legítimos herederos del Señor" (Giménez, 1993).
Su popularidad, sin embargo, era inversamente proporcional al
desconocimiento que los medios de comunicación y la academia tenían
de su iglesia, sus creencias y muy especialmente de quienes se acercaban
a ella, popularidad que devenía tanto de sus fieles como de la pronunciada
actuación de Giménez en los medios de comunicación. Esta situación
me forzó a una investigación que nunca podía librarse del todo de
una continua deconstrucción de términos, significados y estereotipos
promovidos desde los medios de comunicación y que en esos tiempos
rondaban enérgicamente a los mas conocidos creyentes y pastores
del "mundo evangélico" como así también a los practicantes de las
religiones afro brasileñas como la umbanda, acusados sistemáticamente
de sacrificios animales y otras "prácticas deshonestas".
Es por eso que en este escenario de inicios de los 90 el impacto
social del pentecostalismo (y muy especialmente el protagonismo
mediático de la iglesia del pastor) era inverso también a la existencia
de análisis antropológicos, tarea que recaía en buena medida en
la "Sociología de la Religión"[3] que comenzaba a mostrar su preocupación
por las "nuevas alternativas religiosas" y que se mostraba
más permeable a la convivencia con "sospechosos híbridos" con los
que la antropología (local y no tanto) no tenía armas teórico -
metodológicas adecuadas para lidiar. Así, los antecedentes de investigación
sobre pentecostalismo en la antropología local se limitaban a análisis
de iglesias pentecostales en sociedades indígenas enfatizando cómo
estas iglesias, especialmente la Iglesia Evangélica Unida, habían
podido introducir su mensaje a partir de una serie de similitudes
que presentaban con las concepciones religiosas de las sociedades
etnográficas operando un proceso de resignificación (Cordeu y Siffredi,
1971; Miller, 1977, 1979, 1995; Cordeu y De los Ríos, 1982; Cordeu,
1984; Wright, 1988, 1990, 1994).
Aún cuando básicamente las iglesias pentecostales tenían el mismo
horizonte de creencias, se diferenciaban de iglesias como las de
Giménez que acentuaban determinados aspectos --como por ejemplo,
la idea de que Jesucristo prospera a quien se acerca a su iglesia
y el uso intensivo de los medios de comunicación-- que las hacían
algo distintas, diferencia que les valió el nombre de "neopentecostalismo"
(Oro, 1992) De hecho, el término neopentecostalismo buscaba caracterizar
a las iglesias protestantes pentecostales surgidas con posterioridad
a la década de los 50, a fin de distinguirlas de las establecidas
en el país a partir de misiones extranjeras en el inicio de siglo
(Winarzik y Semán, 1994). Es por eso que aún cuando en el momento
en que inicié mi investigación "la academia antropológica local"
mostrara una apertura hacia otro tipo de temáticas que habían dado
en llamarse "antropología social", los referentes teóricos
-explícitos o no- seguían teniendo como modelo a las "sociedades
etnográficas", una antropología que en los hechos se asentaba en
cánones disciplinares, presupuestos y categorías que, explícita
o implícitamente, continuaban abrevando en las riberas de lo exótico,
lo tradicional y lo ajeno, aún cuando pretendiera renegar de ello.
Esta situación (sin que lo supiera claramente en ese momento)
marcaría a fuego el tipo de relación que establecí con los "informantes"
y por lo tanto el devenir de mi investigación provocándome una reiterada
aflicción por lo que entendía como una mala elección personal del
"objeto de estudio" y no como el resultado lógico de una tradición
disciplinar anclada en referentes que, aún cuando parecían diferenciarse
radicalmente de la práctica antropológica tradicional guardaban
con ella profundas relaciones que solo con el tiempo pude descifrar.
Segunda confesión: Sujetos y cuerpos
En 1991 gracias a una beca otorgada por el CONICET inicié finalmente
mi investigación en el templo central de la Iglesia "Ondas
de Amor y Paz" de Giménez y su esposa Irma, situada justamente
donde por vez primera había visto al pastor. Sin embargo, la situación
real, no se condecía con la "tranquilidad" aparente que había ganado
en mi interior con la elección del "lugar" y el "tema". De hecho,
la peor de las batallas aún estaba por librarse y con la ignorancia
de una neófita-- me acerqué a un "campo" que en ese momento se me
hacía menos al mundo exótico y amable de los manuales bíblicos de
la antropología y más a un verdadero campo de batalla de significados.
Mi primer escrito en mayo del 91, rezaba:
"Hay algo que no cierra. El predio de la "iglesia" de Giménez
corresponde al del ex cine Roca sobre la Avenida Rivadavia. Hombres
y mujeres se pasean de un lado al otro entre el templo, y lugares
aledaños que corresponden a las nuevas adquisiciones de Giménez
para hacer su centro de estudios bíblicos, su mutual, su espacio
para los jóvenes. Molestan estos señores y señoras que a pesar de
su aspecto mas que mundano, Biblia en mano, aseguran que el "fin
de los tiempos ya está cerca. Alteran definitivamente la geografía
del barrio con una estética no del todo respetuosa de los viejos
escenarios de Almagro".
Ciertamente, mi anterior experiencia de campo hacía honor a la
tradición de áreas geográficas espacialmente delimitadas, lejanas
y eternamente ancladas en el tiempo. De hecho, en el Paraguay había
una familiaridad ostensible con el etnógrafo, tanto de parte de
los indios como por parte de la sociedad y muchos de los grupos
indígenas del interior del Chaco seguían "conservando sus tradiciones",
aun cuando ello era el resultado de un aislamiento obligado o, en
otros casos, de la falta de apetencia por parte de los blancos de
las pobres tierras que, merced al confinamiento, habitaban los indígenas.
La familiaridad con el etnógrafo era tal que uno de nuestros informantes
quedo francamente sorprendido cuando en la primera entrevista de
campo comparo nuestro humilde grabador con el moderno equipo que
según él, utilizaba en su trabajo el famoso antropólogo, Pierre
Clastres, con quien había trabajado.
Aquí no solo no había "aldea" sobre la cual reparar, tampoco
había la menor intención de recoger a una inocente principiante
que grabador y cuaderno en mano, creía ingenuamente que solo se
trataba de encenderlo. Mi primera entrevista fue una lucha por explicar
ni más ni menos que al tesorero y secretario general de la iglesia
que no era una enviada de Satán y que mi intención no era el espionaje
periodístico y mucho menos la persecución ideológica. Las valoraciones
negativas atribuidas a los evangélicos y especialmente a Giménez
y su iglesia a las que nos referimos tanto por el uso sistemático
e intensivo de los medios de comunicación como por el tipo de creencias
y prácticas religiosas que sostenían, conspiraban en la consideración
del evangelismo en términos positivos. La imagen negativa externamente
propulsada tenía en la construcción del fenómeno sectas de los medios
de comunicación un elemento explicativo mas que crucial.
Sin embargo, había razones menos obvias y más profundas Concretamente,
las prácticas religiosas de los evangélicos -centradas en el éxtasis
como forma de experienciar la fe religiosa--resultaban extrañas
a un modelo sociorreligioso que --mas allá de la adhesión deliberada
o no- se estructuraba históricamente en la hegemonía cultural del
catolicismo. Así, las diferencias entre los cultos extáticos de
los evangélicos y el ceremonialismo cristiano ortodoxo -tanto católico
como protestante- colaboró en la imagen una y otra vez reiterada
por los medios de comunicación y la sociedad de que los fieles de
Giménez eran víctimas del pastor y que eran engañados y atrapados
en una especie de histeria colectiva que los sumía en las más irracional
de las efervescencias religiosas. En los inicios de mi investigación
esta imagen conspiró para ver los cultos como verdaderas expresiones
religiosas que ponían en acto una profunda fe vivida por parte de
quienes se integraban a ellos. En contrapartida, los creyentes de
Giménez lejos de restringirse a recibir pasivamente el mensaje (como
sí parece ocurrir en algunas iglesias norteamericanas) se integraban
a la iglesia a partir de lazos de parentesco reales o rituales que,
como se ha constatado en otros casos, permitían formar una red
social extensiva (Galliano, 1994; Spadafora, 1996). Es por eso que
el seguimiento de programas radiales y televisivos "evangélicos"
y la participación en campañas evangelísticas de gran escenificación
actuaban mas como una confirmación de lazos preexistentes que como
medios efectivos de reclutamiento de adeptos, tal como señalaban
los medios de comunicación y como se creía desde el imaginario de
los informantes y pastores que promovían la necesidad de realizar
estos eventos a los fines de capturar adeptos. Paralelamente, el
carácter fuertemente carismático de la religiosidad neopentecostal
otorgaba a los cultos una singularidad propia recortada sobre la
base de prácticas y percepciones que apuntaban a reafirmar la fe
no solo como creencia sino, fundamentalmente, como experiencia.
A pesar de mi familiaridad con el carácter carismático de los
pastores evangélicos y con el significado que el éxtasis tenía para
los sujetos en el horizonte de creencias pentecostales, en los inicios
de mi investigación tuve serias dificultades para aplicar en los
hechos lo que sabia por la razón. Ello podía constatarse en la fluctuación
de mis escritos de campo donde reiteradamente me debatía en el status
que finalmente debía asignarles: "culto"; "bailanta"; "altar"; "escenario",
"fieles", "seguidores" eran términos reiterados e intercambiables
que soslayaban mi profunda resistencia hacia la experiencia religiosa
de los creyentes y su autenticidad desde un punto de vista religioso.
Así, mi primera descripción de un culto aunque reflejaba casi como
una fotografía lo que de hecho ocurría, mostraba una severa "confusión"
donde el uso entreverado de los términos mostraba claramente las
dudas acerca del carácter "verdaderamente" religioso de sus prácticas.
Por ejemplo:
"Dentro del templo, sube la temperatura. Nada de "templo" o "iglesia"
o...¿ cómo llamarle? Tal vez bailanta sería mas apropiado para describir
un escenario que nada tiene de altar y un culto que nada tiene de
misa".
O bien:
"Para cualquier neófito acercarse a un templo pentecostal recuerda
mas a los salones de bailanta que al formalismo de las iglesias
cristianas tradicionales. Montadas en plazas, carpas o antiguos
cines y teatros suelen disponer grandes equipos musicales y de luces
que contrastan francamente con la ceremoniosidad de los altares.
El telón de fondo del escenario del viejo cine Roca sobre el que
se montaba el templo central, cambiaba semana a semana gracias a
la artesanal confección de los creyentes".
Así, los "equívocos" terminológicos ponían en acto mi incapacidad
de ver los cultos como totalidades que -por medio del éxtasis--
comprometían el cuerpo para "alabar al Señor", de manera tal que
toda manifestación de Dios no era otra cosa que una expresión de
fiesta y algarabía. Concretamente, el valor de la experiencia de
fe entendida como descenso del Espíritu Santo sobre el creyente
y que se expresa en temblores, desmayos o glosolalia otorgaba el
carisma tan preciado por sus seguidores a pastores que como Giménez
comprometían en el cuerpo y el alma la participación de las personas.
Esta especificidad, es la misma que daba un carácter performativo
a los cultos y las prédicas evangélicas, mostrando la importancia
de la religiosidad no solo en términos doctrinales sino estéticos.
Como señala Frigerio (1994) pastores exitosos como Giménez son también
oradores carismáticos que brindan una dimensión estética muy apreciada
por sus seguidores. Esta dimensión crucial de lo estético como referente
religioso puede constatarse en la importancia que tiene en los creyentes
el uso de un tipo determinado de vestimentas, la importancia que
estos asignan a unas formas de expresarse, caminar y conversar que
utilizan un diálogo estereotipado tendiente a reafirmar "la presencia
de Jesucristo en la conversación y que nos permite distinguir a
cristianos de quienes no lo son" (Rosa, entrevista de campo, 1993).
Desde una perspectiva teórica, William O. Beeman (1993) sistematizó
los aportes referidos por la antropología de la performance en cuanto
puede mostrar acerca de instituciones humanas como la religión,
la vida política, las relaciones de género y la identidad étnica.
La noción de performance, surgida de las artes del espectáculo,
fundamentalmente del teatro, sirvió así como modelo e inspiración
a muchos antropólogos interesados en abordar las prácticas sociales
desde un encuadre que contemple la experiencia y sus dimensiones
estéticas. Nos referimos a perspectivas como la actuación y presentación
de la persona indagadas por Erving Goffman (1981), la representación
y la conducta personal analizada por Clifford Geertz (1987; 1991)
y fundamentalmente a las exploraciones de Victor Turner (1982; 1988;
1992) cuyos encuadres focalizan el comportamiento corporal y la
representación del cuerpo. Retomando la perspectiva del teatro en
el análisis del ritual conceptualizado en términos de "drama social"
(1982) y posteriores aportes realizados en sintonía con Schechner
(1988) a los "performance studies" y la "antropología de la performance"
(1992), estas exploraciones permiten devolver la integridad y vitalidad
de experiencias que como los cultos evangélicos, no podían capturarse
desde un análisis meramente racional a menos que traicionara su
espíritu.
Aunque desde la perspectiva de la experiencia artística, Julia
Elena Sagaseta (1991) por ejemplo, señala la performance como cruce
de múltiples prácticas como la danza, la plástica, la música, el
teatro y los medios audiovisuales que hacen de la dimensión estética
una dimensión crítica de determinadas prácticas sociales. Así el
culto pentecostal en su integración de la fiesta se encuentra emparentado
a ciertas prácticas religiosas presentes en el catolicismo popular
donde oratoria, canto, baile y dramatización otorgan una singularidad
a los cultos difícilmente equiparables a la formalidad de las misas
y ceremonias religiosas propulsadas desde las iglesias cristianas
ortodoxas.
Pero el carácter performartivo de los cultos, se ensombrecía a
la luz de los prejuicios antes mencionados y de la incapacidad de
explicar prácticas que comprometían al creyente en cuerpo y en alma,
compromiso que no encontraba espacio en el discurso racional que
gobierna a la antropología de lo sagrado. En referencia a ello,
Rita Segato (1988) sostiene que el discurso racional de la antropología
tiende a soslayar otras dimensiones que pueden resultan más explicativas
y fieles a la naturaleza de lo sagrado, mostrando la inconmensurabilidad
entre la lógica de la creencia y una lógica de la ciencia que actúa
en pos de un principio de principio de inteligibilidad. Refiriéndose
a los cultos xangó de Recife señala a lo largo de su investigación,
la omisión de la asignación de la "coincidencia" entre
determinado orixá y su propia personalidad reiteradamente producida
en el juego adivinatorio, demuestra el hecho de que la antropología
en el proceso de producción de su conocimiento puede no solo negar
sino incluso prescindir de las explicaciones nativas, aún cuando
estas sean centrales e ineludibles para los otros (Segato, 1993:
34).
En realidad, no se trata tanto de reparar en la supuesta "inconmesurabilidad"
de ambas lógicas dado que, a diferencia de Segato, considero que
no hay razón para pensar que una lógica debiera reducirse a otra.
Se trata de llamarnos la atención acerca de los conflictos surgidos
en todo proceso de traducción y particularmente en aquellos que
involucran creencias y experiencias religiosas, problema que ha
sido oportunamente analizado por Victor Turner (1992), quien en
su análisis de los aspectos performativos de ciertas instituciones
sociales como la religión, buscaba justamente considerar otros aspectos
no contemplados por la práctica etnográfica y sin embargo, significativos
desde el punto de las instituciones sociales, sus sujetos y sus
prácticas.
Volviendo a nuestro caso, a pesar de mi familiaridad como antropóloga
acerca de la repulsión que ciertas prácticas culturales podían
tener a lo largo del campo --tal como podía constatarse en los
distintos géneros de discursos que dieron vida e imaginación a la
etnografía- el éxtasis de los creyentes me provocaba un gran rechazo,
aunque nunca me hubiera sincerado a mí misma. Los desmayos y temblores
casi siempre me hacían transpirar y no pocas veces mareada debí
salir del recinto a tomar "oxígeno". En esas situaciones no encontraba
manera de relajarme. Algunas veces permanecía silenciosa de la mano
de los creyentes esperando pacientemente que finalizara. Otras,
huía desesperada sin poder soportar el zumbido que la efervescencia
de los presentes provocaba en el interior del templo. Ese rechazo,
como dije, nunca fue del todo confesado en mis escritos ni en mi
persona, resignándome --en parte por una especie de consumación
de viejas "culpas cristianas", en parte como parte del
oficio-- a permanecer en el castigo de "aguantar" el miedo que esas
situaciones me provocaban.
Había tambi'en otras motivaciones. En el inicio de mi investigación
quedé embarazada y a pesar de mis renovados esfuerzos por situarme
como "antropóloga" no lograba desentenderme de las recurrentes asociaciones
que llevaba a mis informantes a asociarme con el "periodismo" cosa
que debido a la persecución sostenida por parte de los medios, no
gozaba de buena prensa entre la gente. De esa forma, mi embarazo
me permitía gozar de una cierta protección y reconocimiento, y mis
informantes repetidamente acariciaron mi panza y me reiteraban que
si yo estaba allí era finalmente por "el plan que el Señor
tenia para mí y para mi hijo". Consciente e inconscientemente
desestimé la importancia que esas referencias podían provocar en
mí y el miedo que, de hecho, me traían los comentarios acerca del
nacimiento y la salud de mi hijo. Pero si estos y otros sentimientos
no se plasmaban en los cuadernos de campo, sí lo hacían en los anárquicos
dibujos que bordeaban mis escritos --poblado de demonios y ángeles
imaginarios que se debatían en una incansable lucha entre el Bien
y el Mal- y en mis reiterados esfuerzos por no olvidar pertenencias
personales en casa de informantes o en el templo que finalmente
podrían utilizarse con "fines poco claros".
Nuevamente fue el tiempo y, fundamentalmente, un profundo cambio
de óptica el que me permitió desterrar los absurdos fantasmas con
los que conviví a lo largo del campo. Pero esos cambios --que a
la zaga me permitieron "ver" los cultos pentecostales como expresiones
de una profunda fe religiosa-- no provinieron de mi adiestramiento
en la lectura teórica --donde no encontraba referentes ajustados
a lo que se me presentaba, sino de un cambio de óptica que renegando
justamente de las prácticas disciplinares tradicionales me permitieron
ampliar mi propio horizonte analítico y muy especialmente, mi entendimiento
de la iglesia y sus pastores. Paralelamente, mi socialización en
un horizonte católico de rígida observancia que buscaba la fe en
el recogimiento mas que en la expresión colectiva, en el silencio
mas que en el bullicio y en la solemnidad y el respeto a las reglas
mas que en la expresividad del cuerpo y la palabra, conspiraron
para ver los cultos como verdaderas fiestas religiosas en la que
se despliegan sentimientos colectivos de una impresionante perseverancia
de fe.
Tercera confesión. El sueño: interpretación y traición.
En el invierno de 2000 ya estaba dispuesta para lanzarme a la
escritura de mi tesis de doctorado. Antes de ello, y casi a manera
de despedida había pensado en realizar un último trabajo de campo
en el predio que recientemente había adquirido el pastor y su iglesia
y a quien hace tiempo había dejado de frecuentar. Un poco motivada
otro poco apresurada a dar un cierre a mi trabajo de campo y redactar
mi tesis de doctorado, tome coraje y me lancé al nuevo local que
en el Barrio de Flores había adquirido un no ya tan exitoso y algo
mas deteriorado pastor. El nuevo predio era de poca monta y hasta
hace poco había funcionado como discoteca. La decoración era sobrecargada.
Como un caleidoscopio, las paredes del amplio local estaban cubiertas
de espejos que reflejaban los espacios simétricamente acompañados
por luces de colores. Una fuerte luz negra impregnaba todo el espacio
y apuntaba especialmente sobre la leyenda inscripta en el frente
del escenario: "El Pastor Giménez presenta a Jesucristo" sobre
la que se recortaba la figura de un Giménez ya maduro que con énfasis
replicaba:
"En estos duros tiempos, el Espíritu de Sacrificio --como
bien nos enseñaron José y Moisés-es fe, es corazón y es razón, lo
que gobierna la inteligencia. El sacrificio, hermana y hermano,
es importante porque no se llega a lo que uno quiere si no es con
Espíritu de Sacrificio. Pero no te engañes hermano. El sacrifico
es corazón pero también es inteligencia para discernir cuando hay
que actuar, que debemos hacer. Los cobardes no escriben la Historia,
no es el Cielo para ellos y la violencia espiritual es consecuencia
del sacrificio".
La arenga me resultaba conocida. Desde siempre el discurso emblemático
del pastor no era muy distinto al del resto de los pastores del
mundo evangélico y podría sintetizarse en la frase "Jesucristo
sana, libera, prospera y vuelve como Rey" y que resume el ideario
pentecostal enfatizando uno u otro aspecto según la denominación
(Wynarczyk y Seman, 1994; Spadafora, 1994, 1996; Frigerio, 1999).
La salud, la pobreza, las drogas, son problemas recurrentes de los
fieles que se suman día a día a las filas del pentecostalismo pero
a lo largo de los últimos diez años, la rutinización de su carisma
ha ido de la mano de una especie de radicalización de su mensaje
que, tangencialmente, hace comentarios críticos acerca del poder,
el dinero y la violencia institucional y que, de alguna manera,
dan una impronta particular al mensaje evangélico. Ya en el año
1996, la formación del Mercado Común Europeo fue interpretada por
el pastor como señal del poder de Satanás sobre la Tierra a partir
de la profecía de Daniel (7: 2-8) que decía "cuatro Bestias se
alzarán del mar. La cuarta bestia espantosa y terrible en gran manera
tenía dientes de hierro y diez cuernos" a los que se interpretaba
como símbolos de 10 de las 12 naciones que, integrando la C.E.E.,
demostraban el poder de Satanás como primer paso hacia el Apocalipsis
final, hecho que lo llevo en una de sus tantas giras para "dar
paz a las almas de la Alemania unificada" y a desviarse
a Bruselas, capital de la CEE, para rezar contra Satán. A la imagen
profética de la consolidación de la Unión Europea como una prueba
del poder de Satán sobre la tierra que promovía en los 90 sucederán
incisivas arengas en las que sistemáticamente se cuestiona "el
orden del mundo", "el sufrimiento del pueblo de Dios"
y "la necesidad de que se haga justicia aquí y ahora".
Pero la "sed de justicia" solo se calmara cuando
el "espíritu de sacrificio" lejos de agachar la
cabeza y poner la otra mejilla permita al creyente tomar fuerzas
y adoptar la valentía necesaria como para "desenfundar
el arma" y finalmente atreverse a escribir la Historia
de quienes la tienen negada.
Quien era sino Giménez, de voz ronca y pocos amigos .... "Violencia
espiritual". Esa frase quedo grabada en mi mente y en ese momento
recordé cómo Giménez relataba su propia historia como una historia
de perseverancia en la que Dios había llegado en el momento preciso
para arrancarlo finalmente del oscuro mundo de las almas marginadas.
Un ejemplo mas que claro de que la religión finalmente no era el
"opio de los pueblos" y que en los "nuevos tiempos" de
Giménez la Biblia bien podía adquirir las connotaciones de una poderosa
arma. De hecho, Giménez era tanto el pastor carismático mas mediático
del evangelismo como un personaje mas dentro de esa otra
Argentina no tan exótica i tan lejana. Hijo de una numerosa familia
que en la década de los sesenta tuvieron que abandonar su humilde
casa para mudarse al conurbano, una historia de agravios, problemas
económicos y enfermedades familiares lo llevaron a enrolarse en
el delito y sumarse al "oscuro infierno de las drogas y
el alcohol". En 1972, a los quince años de edad, "totalmente
entregado a la suerte de mi propio destino" ingresó por primera
vez a un reformatorio, hecho que se prolongaría, entre persecuciones
policiales y juzgados de menores a lo largo de los dos siguientes
años. Entre los abusos repetidos por parte de las instituciones
policiales que --a pesar de tratarse de un menor y contrariar la
orden del juzgado de menores de devolverlo a sus padres-- insistían
en mantenerlo en el reformatorio, volvió una y otra vez al delito
hasta que herido de bala luego de un robo, decidió iniciar una nueva
vida: "En ese momento sentí que una nube me envolvió, y salí
caminando del policlínico".
Los tiempos han cambiado. Si bien no se han cumplido las viejas
profecías bíblicas (Spadafora, 1994) que auguraban el final de los
Tiempos como había profetizado Daniel, las nuevas alianzas políticas
--globalización mediante-- han confeccionado un panorama local e
internacional en el que una nueva y velada forma de violencia se
apodera de una sociedad cada vez mas fragmentada que ve perder lentamente
sus sueños y aumenta sus privaciones. En ese contexto, "violencia
espiritual" parecía ser entonces la respuesta de quien finalmente
parece haber entendido que cuando el mundo no cambia es uno quien
debe tomar la decisión de tomar "la Biblia como quien empuña
un arma". Con las luces y música a toda marcha, "Pocho la Pantera"
--el conocido cantante bailantero-- se asomaba al "escenario" y
animaba a la gente a bailar al compás del popular tema de la cubana
Celia Cruz: "...Ay, no hay que llorar, que la vida en su carnaval..."
Regresé a mi casa. Por la noche tuve un sueño.
Un Giménez joven con un impecable traje blanco y camisa negra,
el mismo de mi primer encuentro esa noche de Navidad por la Avenida
Rivadavia adornada con bombitas de colores, me invitaba a sumarme
a la fiesta. Tímidamente yo me acercaba despacito y él, insistente
me extendía su mano. A su lado podía ver la gente que lo ovacionaba.
Acercando su boca a mi oído me decía en voz baja: "nunca te gustamos
porque siempre fuimos para vos negros, cabecitas negras del interior".
Desperté sobresaltada y casi como en una película se me sucedieron
con la rapidez de un rayo imágenes que texturaban episodios de
la vida de Giménez en los internados, sentí el olor penetrante de
su perfume dulzón cuando acercándose en el sueño me murmuro: "todos
negros... todos negros". En ese momento vino a mi mente
el recientemente muerto cantante de cuarteto, Rodrigo y su canción
mas popular cuya titulo no casualmente reza "INRI, la mano
de Dios" y que evocando la historia de Diego Maradona recrea
el camino paradigmático de quienes como el jugador un buen día finalmente
lograron brotar de ese oscuro mundo de tinieblas del que solo la
buenaventura podía finalmente dar vuelta. Oscuro mundo donde pobreza
y marginación se aunaban para dibujar un destino casi impreso a
fuego. El potrero o la villa, después de todo no eran muy distintos.
En uno de sus escribillos en los que rememora la adicción a la droga
del jugador, dice así: "Cargo una cruz en los hombros por
ser el mejor, por no venderse jamás al poder enfrento. Curiosa debilidad,
si Jesús tropezó, porque el no habría de hacerlo". Ahora,
pobreza y drogas venían ahora a solventar la fama de quienes como
Jesucristo no eran mas que víctimas de un destino que se resistía
a cambiar las reglas del juego, un destino al que solo un inesperado
y ansiado gol podía gambetear con la necesaria viveza como para
cambiar el resultado del partido.
A la luz del sueño todo parecía adquirir sentido. Giménez, su
historia y particularmente mi etnografía, la que ahora se me revelaba
no ya como una mera traducción sino como un acto de traición al
sentido genuino de las cosas, un ejercicio de violencia semántica
sistemáticamente ejercido sobre esos Otros donde intervienen arbitraria
y sostenidamente nuestras propias creencias e historias las cuales,
nunca estamos del todo dispuestos a confesar. Mirado desde ese
ángulo finalmente las palabras de Giménez parecían encerrar una
enseñanza pedagógica: "en estos duros tiempos" mas que nunca
"el Espíritu de Sacrificio" consiste en la inteligencia
suficiente como para "discernir cuando hay que actuar, que
debemos hacer" en un mundo en el que parece estar mas que claro
que "los cobardes no escriben la Historia".
Después de todo se necesita mucha "violencia espiritual"
para enfrentar semejante "violencia semántica".
Reconciliación
Las tres confesiones ponen sobre el tapete la manera en que los
prejuicios -- disciplinares, de creencia y de clase-- actúan en
el proceso de investigación y particularmente en qué medida y de
qué manera motorizan valoraciones negativas sustentadas en la cercanía,
problemas que son recurrentes en la historia de la antropología.
En referencia a ello, Peter Fry (1984) en su análisis de la obra
de Roger Bastide seniala cómo los valoraciones ya positivas, ya
negativas de ciertas prácticas religiosas como el candomblé y la
umbanda no solo pueden constituirse en prejuicios sino también consolidar
campos de investigación "legítimos" e "ilegítimos" en función de
intereses y valoraciones subjetivas. Así, la valoración positiva
de Roger Bastide sobre el candomblé -asociado a la idea de comunidad,
igualitarismo, orden y control social, cosmología compleja y religiosidad--
y negativa de la umbanda -asociado a los migrantes urbanos, el
individualismo, sincretismo, anomalía, cosmología simple y magia-
constituyen juicios de valor que tienen consecuencias criticas en
el interior del campo academico y en las valoraciones y jucios que
una sociedad se forma de ellos.
Si las oposiciones maniqueas no son ajenas a una antropología
francesa de la que Roger Bastide es tributario, sus apreciaciones
deben evaluarse como parte de una distinción relevante que oportunamente
senialara Edmund Leach (1967) entre los sentimientos que invoca
un otro lejano que por ser tal permanece como no problemático y
las contrariedades surgidas de un otro cuya cercanía nos resulta
siempre conflictiva. En este sentido, si la valoración positiva
del candomblé por parte de Bastide no es muy distinta a esa sobrevaloración
tácita de las prácticas y creencias nativas, la valoración negativa
de la umbanda tampoco es ajena a una tendencia a negar las creencias
y prácticas religiosas ajenas no solo por permanecer fuera de nuestro
horizonte de creencias sino también por el hecho de resultarnos
demasiado familiares y cotidianas. Algo que, a pesar de nuestra
familiaridad con lo ajeno, no parece eximirnos de nuestra impericia
para desandar lo obvio cuando de practicas tan ajenas como cercanas
se trata.
Este juego entre la familiaridad y el exotismo, la cercania y
la distancia en el que se despliega la labor etnográfica, nos obliga
a pensar críticamente en torno al proceso de traducción entendido
no ya como un espacio neutro de producción del conocimiento, sino
fundamentalmente como un campo de negociación que regula las relaciones
entre nosotros y los otros y que, dado su carácter pragmático presupone
procesos creativos de confrontación, avenencia e innovación a partir
de los cuales ambos interlocutores desarrollan sistemas de comunicación
e intercambio que tienen como meta el logro de sus propios objetivos.
Esta perspectiva, lejos de desarticular la práctica etnográfica
y su importancia en la producción del conocimiento, permite contextualizar
política e ideológicamente nuestra labor al tiempo que entender
el encuentro etnográfico como un espacio mutuamente construido cuya
explicación, si bien no se agota en la retórica de la dominación
y la resistencia, actualiza relaciones asimétricas de larga data
que se sustentan en una doble moral que solo reconoce las Diferencias
al costo de ecualizarlas para volverlas asequibles a nuestra mirada.
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[1] Docente de la
Carrera de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras,
Universidad de Buenos Aires. Investigadora del CONICET. Sección
Etnografía y Etnología, Instituto de Ciencias Antropológicas, FF
y L, UBA.
[2] En referencia
a los desafíos epistemológicos (y políticos) que plantean movimientos
religiosos de profunda "efervescencia" como el Islam, Ernest Gellner
(1994) señala que la "tradición posmoderna" no parece reparar en
las posibilidades efectivas de una "antropología dialógica" en el
trabajo de campo con grupos de fe musulmana. Para el autor, esta
postura revela el "provincialismo" de los enfoques posmodernos
y sus análisis de lo que debería ser la antropología. Paralelamente,
señala que la "predilección por el relativismo" y su atención
preferente por la idiosincrasia semántica, tienden a subvalorar
los aspectos no semánticos de la sociedad y la importantísima y
absolutamente extendida asimetría en el poder cognitivo y económico
de la situación mundial
[3] En esos años
los doctores Floreal Forni, Fortunato Mallimacci y muy especialmente
Alejandro Frigerio --quien dio continuidad a la tarea a lo largo
del tiempo-- impulsaron los estudios sobre religión, de diversas
maneras, entre otras sacando una revista denominada "Sociedad y
Religión".
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