Repensando el movimiento del evangelio entre los Toba del Chaco
argentino
César Ceriani Cernadas* y Silvia Citro**
1. Presentación
El movimiento del evangelio entre los
aborígenes toba (o qom) de las provincias de Chaco y Formosa,[1] en el nordeste argentino, constituye
otro caso ejemplar de creación cultural a partir de una confluencia dialéctica
entre el bagaje sociorreligioso nativo y una matriz ética-teológica-experiencial
propia del evangelismo pentecostal. Evangelio es el nombre que los
qom utilizan para dar cuenta de su adscripción religiosa, más allá
de su pertenencia específica a las diferentes iglesias existentes en la actualidad
en los asentamientos[2]. Los orígenes de este movimiento
debemos rastrearlos hacia comienzos de 1930 a partir del encuentro de algunos
grupos toba con misioneros evangélicos y en la década del ´40, con los pentecostales
especialmente. Sin embargo, no fue sino hasta fines de la próxima década cuando
el mismo obtendrá una cristalización institucional y el estatuto legal correspondiente
para realizar culto en sus propios edificios, dando nacimiento así a la primera
iglesia autónoma indígena de la Argentina, la Iglesia Evangélica Unida (IEU),
de la cual nos ocuparemos especialmente en este estudio.
En este trabajo nos proponemos presentar, por
un lado, una breve síntesis del complejo proceso histórico que llevó a la
constitución del evangelio en el Chaco argentino y por otro, los aspectos
etnográficos y sociológicos[3]
de mayor relevancia del movimiento, destacando tres ejes que consideramos
no han sido aún lo suficientemente profundizados. En primer lugar, analizaremos
el particular discurso de conversión que los toba han construido, reinterpretando
su propia historia cultural a partir de la incorporación de las narrativas
hegemónicas del colonialismo. En segundo lugar, estudiaremos las visiones
contradictorias que se presentan en los marcos ideológicos e interpretativos
de los creyentes, bajo la hipótesis de que muchas de estas percepciones
diferenciales emergen de las distancias generacionales que se abren entre
los mismos, en tanto éstas también representan "distancias" sociales
y culturales. Finalmente, describiremos la incidencia de los misioneros
menonitas en las iglesias indígenas, proponiendo una revisión del tradicional
rol como meros asesores que hasta ahora les fuera otorgado en la bibliografía
sobre el tema.
2. Los sinuosos senderos del evangelio
en el Chaco
En 1931 el misionero británico John Church, de
la Misión Emanuel, comienza su predica en la ciudad de Formosa y uno año después
se instala, junto a su colega John Dring, en el paraje conocido entre los
tobas como chigishilae, literalmente una "laguna donde otros se
reunen" (Wright 1997). En 1932 fundan allí una Misión, siguiendo a raja
tabla el modelo clásico con su inequívoco proyecto "civilizador",
donde el espacio de evangelización se configuraba a partir de cuatro puntos
cardinales: edificio religioso, clínica médica, escuela y almacén[4].
Cada uno de ellos buscaba representar una esfera de la vida social del mundo
occidental y cristiano (religión, ciencia, salud, educación, economía y negocios),
considerado moral y tecnológicamente superior al de los pueblos indígenas.
Conocido entre los tobas de la región como Juan Chur, su influencia
será muy importante durante los años '30 y '50, al punto que su encuentro
con el cacique Chihon Sanabria resultará decisivo para la fundación
de la Colonia La Primavera, en su carácter de asentamiento estable y "legal"[5].
Según comprobamos en el propio terreno, en la actualidad la figura de Chur
sigue estando muy presente entre los evangelio.
El énfasis tradicional que los tobas otorgan
a los poderes curativos y al don de la palabra oral orientó la curiosidad
de muchos de ellos por conocer e incorporar (o fusionar) el mensaje del dios
Chur. De manera similar, en la provincia de Chaco y Formosa occidental
comienza a correr el rumor entre la gente de que "un dios bajó en Resistencia"
y numerosos contingentes de aborígenes se dirigieron allí en 1942, acampando
en la periferia de la por entonces pequeña capital de la provincia. El dios
en este caso resultó ser el predicador norteamericano John Lagar, representante
de la Misión Go Ye. Como sostiene Miller (1979: 85), la influencia de Lagar
"fue sin duda de enorme significación", tanto en la conversión y
bautismo como especialmente en el entrenamiento doctrinal y jurídico (obtención
de documentos personales y algunos títulos de propiedad) de varios de los
futuros líderes del evangelio y fundadores de la IEU.
El impacto de esta prédica pentecostal entre
los tobas, muchos de ellos piogonaq (shamanes) y caciques de reconocida
influencia, fue notable. Sin embargo, debemos entender que esta repercusión,
en tanto proceso de recreación cultural, se dio de modo heterogéneo y polivalente.
En el panorama formoseño previo al advenimiento de la IEU, una de las influencias
más interesantes de la prédica evangélica encontró lugar durante mediados
de los años '40 en el llamado movimiento del Dios Luciano. El nombre
hace alusión a su fundador y profeta Luciano Córdoba, pilagá oriundo de Pozo
Molina (Dpto. Patiño, Formosa). Hacia 1946 las noticias sobre el Dios Luciano,
y él mismo en persona, recorrían buena parte de Formosa y numerosas coronas
(terraplenes de tierra circulares en donde se realizaban las sesiones
cultuales) se establecieron en distintos asentamientos aborígenes. Su
influencia se extendió fuertemente entre los tobas orientales de Misión Tacaaglé
y Colonia La Primavera, pero entró en un progresivo ocaso luego de un confuso
enfrentamiento bélico con la Gendarmería nacional hacia fines de 1947 en el
pueblo de Las Lomitas (Formosa). Sin entrar en detalles, revelados ya en otras
investigaciones (Vuoto 1986, Vuoto y Wright 1991, Idoyaga Molina 1992), solo
diremos que el movimiento combinó de una manera original elementos de la mitología
y shamanismo pilagá (con sesiones de curación y entrega de espíritus, por
ejemplo) con algunos provenientes del cristianismo evangélico (como la sanación,
el énfasis moral en el abandono de los vicios y la comunicación directa con
la divinidad).
Es importante tener en cuenta asimismo que en
los esquemas tradicionales de organización y representación social de los
toba la legitimidad política y religiosa se encontraban indisociablemente
unidas. Nos encontramos así -en palabras de Cordeu (1984: 228)- "con
una concepción cultural que liga estrechamente el poder político con el poder
insólito; y que se trasunta ya sea en las cualidades y signos sacros de los
jefes, en la frecuente asunción por la misma persona de los papeles del cacique
y el shamán y -en los movimientos aborígenes de renovación- en la función
central de las jerarquías tribales respecto a la preparación, legitimación
y transmisión de los nuevos mensajes". Estas antiguas jefaturas poseían
así un carácter guerrero y transaccional que se fue reconfigurando a través
del tiempo a partir de las nuevas relaciones que se establecían con los doqshi
(término que designa a los blancos o criollos). El caso del cacique
Pedro Martínez de Pampa del Indio (Pcia. de Chaco) es ilustrativo. Al igual
que su antecesor, el cacique Taigoyik o Juan Tomás, ambos fueron mediadores
en los contratos laborales con los ingenios y el gobierno nacional; pero en
el caso de Martínez se agregó su rol pionero de mediador con las iglesias
evangélicas doqshi[6]. Uno de los fenómenos más importantes del cambio
sociorreligioso toba vino dado entonces por el reemplazo de los liderazgos
tradicionales por la jerarquía de las iglesias del evangelio.
La fundación de la Iglesia Evangélica Unida
constituye un momento clave de la historia toba contemporánea. Si bien
luego aparecieron otras denominaciones, como la Iglesia Internacional del
Evangelio Cuadrangular (IIEC), o persistieron algunas previas como la Iglesia
del Nazareno y la Gracia y Gloria, "la Unida" (como se conoce entre
la gente) es la de mayor difusión entre los toba e incluso se fue extendiendo
progresivamente a otras poblaciones aborígenes de la zona chaqueña como los
pilaga, wichi y mocoví.
En un contexto de creciente atomización congregacional,
que envolvía asimismo fricciones políticas y religiosas entre los dirigentes,
los misioneros menonitas buscarán revertir la situación a partir de una nueva
y original estrategia. Ante la frustración de la obra evangelizadora en la
Misión Nam Cum (en Aguará, Chaco) —fundada como ya dijimos en el estilo
tradicional— la Mennonite Board of Missions, que por entonces también
experimentaba cambios importantes en la política y metodología misionera,
contrata a una pareja de antropólogos lingüistas y consultores de la American
Bible Society, William y Mary Reyburn, con el objeto de estudiar la lengua
y cultura toba (Shenk 2000). El trabajo y las conclusiones a las que arribaron
los Reyburn tuvieron una doble importancia. Por un lado, inauguraron los estudios
lingüísticos modernos sobre gramática toba y los antropológicos sobre cambio
sociorreligioso, lo cual, consideramos, no ha sido hasta ahora suficientemente
remarcado por los estudios posteriores. Por otro, sus consejos a la misión
menonita de abandonar la estrategia tradicional y acompañar a los tobas en
su "propia elaboración del cristianismo", dieron inicio a la acción
de los Obreros Fraternales menonitas, cuya importancia será indiscutible en
el nacimiento y constitución organizacional de la IEU.
Los misioneros menonitas ya no buscaron convertir
a los aborígenes a su propia iglesia ni tampoco enseñarles los principios
de la "vida civilizada. Junto a la labor evangélico-lingüística, el equipo
menonita se propuso también apoyarlos en la obtención de los correspondientes
requisitos legales y simbólicos de legitimidad. Para tramitar el fichero
de cultos (trámite obligatorio para toda congregación religiosa no-católica
que se asiente en el país) era y continúa siendo preciso llenar un conjunto
de formularios, en donde se responden y especifican diversas cuestiones sobre
el tipo de institución religiosa que se quiere inscribir (como por ejemplo
fecha de origen, nacionalidad e identidad de la misma, números de prosélitos,
zonas de influencia, etc.). La dificultad de los indígenas en conocer y manejar
la lógica de la escritura y las leyes de la sociedad blanca fue entendida
por los menonitas como una obstáculo para el logro de su autogestión religiosa,
y por ende cultural. De ahí que hayan sido estos misioneros los encargados
en tramitar los papeles necesarios e instruir a los toba en su correcto manejo.
En la década 1955-65, hombres como Aurelio López
de Pampa del Indio y Guillermo Flores de la Colonia Bartolomé de las Casas,
iniciarán campañas proselitistas en numerosos asentamientos tobas de las provincias
de Chaco y Formosa que se extenderán por toda la siguiente década. Acompañados
y orientados por los misioneros menonitas, el objetivo de estas giras no era
solo evangelizar sino también persuadir a la gente, y especialmente a los
que ya estaban en otras denominaciones o hacían cultos individuales, de la
necesidad de constituir una propia iglesia evangélica que no dependiera jerárquica
y administrativamente de ninguna institución religiosa de la sociedad blanca.
Los viajes de López y Flores fueron así preparando el terreno y en 1960, cuando
se obtiene el respectivo fichero, unas 28 congregaciones preexistentes
se fusionarán en la denominada Iglesia Evangélica Unida.
Es posible considerar que el evangelio
enfatizó aún más la faceta de mediador ante la sociedad blanca que poseían
los jefes tradicionales. Los nuevos dirigentes "conservan las
pautas antiguas de la institución: herencia, elección, personalidad sobresaliente,
asociación con un poder sobrenatural" (Wright 1988: 84), pero asimismo
nuevos elementos de prestigio y legitimidad empiezan a ganar fuerza, como
el conocimiento del castellano y la escritura y a partir de estos los requisitos
necesarios para la organización y administración de las congregaciones. No
es azaroso entonces que los líderes históricos y contemporáneos del movimiento
hayan estado en continuo contacto con agencias e instituciones de la sociedad
hegemónica, religiosas o seculares, y como a partir de la adquisición de nuevos
conocimientos y relaciones con las mismas obtuvieron y legitimaron su prestigio.
Los sucesivos dirigentes no han hecho sino replicar y enfatizar esta tendencia.
Incluso en los últimos años, muchos pastores indígenas han buscado establecer
nuevos contactos con pastores pentecostales blancos de diferentes congregaciones,
intentando, entre otras cuestiones, obtener de esta manera colaboraciones
materiales para sus iglesias. No obstante, a pesar de esta tendencia a la
diversificación de las iglesias en los asentamientos, la IEU continúa siendo
la de mayor presencia[7].
3. Culto, discurso de conversión
y diversidad en la IEU
La organización formal de "la Unida",
es similar a la de las iglesias pentecostales blancas, tanto en la estructura
de cargos como en los tipos de controles administrativos que las rigen. Cada
iglesia posee un primer, segundo y tercer pastor, tesorero,
secretario, portero, predicador, asimismo existen cancionistas y dancistas.
Los fieles que ocupan los mencionados cargos poseen una credencial
de la iglesia que acredita dicha condición y el secretario es el encargado
de actualizar el registro de los miembros, realizar las actas de las diferentes
celebraciones, etc. El conjunto de iglesias, se organiza a través de comisiones
locales, zonales y general, existiendo una rama de adultos, otra de
jóvenes y una de mujeres, esta última recientemente creada. Cada año, se celebra
una Convención General, con los representantes de las comisiones, los fieles
que puedan concurrir a ella y la asistencia de misioneros menonitas. Además
de los cultos regulares los días domingos y a veces los miércoles, se realizan
celebraciones especiales para los Aniversarios de las iglesias, para
los Cumpleaños de los fieles, para Navidad, Año Nuevo
y ceremonias de Bautismos, Casamientos, Santa Cena.
A pesar de estas similitudes en la organización,
encontramos que es en las performances de los cultos, donde suelen
hallarse más marcadamente la persistencia de rasgos shamánicos y de otros
rituales toba pre-evangélicos. Los cultos poseen una duración variable, según
las ocasiones entre dos o cuatro horas y consisten en la alternancia entre
cantos —con letras que remiten a tópicos bíblicos y músicas que retoman ritmos
folklóricos de la zona, ejecutadas con guitarras, bombos y más recientemente
instrumentos andinos como el charango o los sikus— distintas formas de danzas,
momentos de oración colectiva, prédicas y testimonios de los
fieles y pastores que incluyen lecturas bíblicas, la mayoría de las veces,
de unos pocos versículos. Además pueden ocurrir manifestaciones de glosolalia
y oraciones especiales para personas que están padeciendo enfermedades. En
esta última práctica se utilizan técnicas que se asemejan a las tradicionales
del shamanismo toba; asimismo en las danzas y el canto se hallan rasgos estilísticos
que poseen similitudes con los de los rituales del pasado. Especialmente la
danza y el canto, constituyen el medio privilegiado para vivenciar estados
de emoción intensa denominados gozo (ntonaGaq) en los que los
fieles se sienten en contacto con el Espíritu y se “llenan de su poder”[8].
Justamente, uno de los rasgos característicos del pentecostalismo que resultaba
similar a la cosmovisión toba pre-evangélica, es que se alienta una comunicación
o contacto directo con lo sobrenatural. En el evangelio, a través de
los llamados “dones carismáticos” del Espíritu Santo, especialmente el de
la cura de enfermedades, aunque también los fieles interpretan como “dones”
la capacidad para danzar o hacer música en el culto; en la cosmovisión toba,
a través de los sueños, visiones o encuentros en persona con los jaqa´a
(entidades no-humanas) se podían obtener de ellos el ofrecimiento de estos
mismos tipos de capacidades.
La presencia en los cultos de elementos ligados
a la cosmovisión aborigen previa a la evangelización, por un lado y al pentecostalismo
y otras influencias de la sociedad blanca, por el otro, fueron marcados por
las primeras investigaciones sobre el evangelio realizadas por antropólogos
y misioneros ligados a los menonitas: Reyburn (1954) y Loewen, Buckwalter
y Kratz (1965). Pero fue sin duda el trabajo de Miller (1967, 1979), un ex
misionero menonita devenido en antropólogo profesional (y secular), el que
tuvo una importancia fundamental en el establecimiento de un modelo interpretativo
sobre el denominado "pentecostalismo toba"[9].
Partiendo del modelo de Smelser[10]
y tomando como referencia la analogía musical, Miller definió el proceso de
emergencia de las iglesias indígenas a partir de tres etapas: una situación
de “armonía” previa a la intensificación del contacto con el blanco, la “disonancia”
o tensión introducida por la colonización y la acción misionera fundamentalmente
católica y, finalmente, el “acorde pentecostal”: el esfuerzo de los toba por
restablecer una precaria armonía a través de la adopción del pentecostalismo
y de la creación de su propia iglesia. A pesar de la influencia que este modelo
adaptacionista tuvo en la teoría sobre el cambio religioso toba[11], surgieron después otros trabajos
como los de Cordeu (1984), Wright (1990 y 1997) y Citro (en prensa, 2000a
y 2000b), para el caso del evangelio, y Ceriani Cernadas para el caso
del "mormonismo toba" (en prensa, 2002), que tendieron a destacar
de diferentes formas la existencia de importantes tensiones entre ambos marcos
cosmovisionales así como la presencia de conflictos en las discursos y prácticas
de las iglesias[12]. Nuestra
propuesta aquí, es la de profundizar esta última perspectiva, pues consideramos
que el modelo interpretativo anterior, al enfatizar los rasgos adaptativos
y de homogeneización del evangelio, invisibilizó otros procesos que
en él se ponen en juego. Entre estos procesos nos interesa destacar:
1. La emergencia de un discurso
de conversión que da cuenta de la violencia del proceso de construcción de
hegemonía con fuertes presiones aculturadoras para con los grupos aborígenes.
2. La manera en que los ancianos,
adultos y jóvenes que desempeñan diferentes roles en las iglesias, construyen
interpretaciones disímiles acerca del ser evangelio y del pasado aborigen.
3. La influencia de los misioneros
menonitas en la organización formal y enseñanza religiosa, como así también
en la construcción de una mirada unívoca y armónica sobre la historia del
evangelio y en el énfasis que desde los inicios del movimiento otorgan
a la dimensión cultural del mismo.
1) Discurso de conversión y narrativas hegemónicas
Al proponer que existe un discurso de conversión
hegemónico, entendemos que las diferentes narraciones individuales de los
fieles se construyen en torno a un relato arquetípico sobre lo que la conversión
“debe ser”, un modelo sobre lo que se considera apropiado y correcto para
esta transformación[13]. La
separación entre el antes y el después de la conversión, a menudo es caracterizada
por los toba evangelio en relación al abandono de una serie de conductas
consideradas pecaminosas: tomar bebidas alcohólicas, fumar, tener parejas
sexuales ocasionales y a veces, hasta bailar o jugar al fútbol. Estas conductas
aparecen generalmente como complementarias y constituyen lo que ellos llaman
“andar en la joda o en la farra”, términos con connotaciones despectivas que
caracterizan situaciones festivas y de diversión. Si bien todo discurso de
conversión implica una separación entre el antes y el después y una reelaboración
selectiva del pasado según los códigos de la nueva adscripción religiosa,
lo peculiar del caso toba y de muchos otros grupos indígenas, es que esta
reinterpretación no se restringe al ámbito de la vida personal, sino que abarca
especialmente la historia sociocultural y, por lo tanto, la redefinición de
su identidad como toba[14].
En este sentido, cuando comenzamos a realizar trabajos de campo, uno de los
hechos que más nos impactó fue la contraposición que habitualmente hacían
nuestros interlocutores entre su autoadscripción como "evangelio",
en tanto "nuevos" frente a los "aborígenes antiguos",
de los cuales, decían, "ya no quedan muchos". Los “antiguos aborígenes”
eran considerados “salvajes”, “borrachos”, que “siempre andaban bailando...”
y se los relacionaba con un amplio espectro de carencias: “no trabajaban”,
“no tenían casas, andaban de un lado al otro” (en alusión al nomadismo), eran
“pobres”, “no tenían Dios”, eran “ignorantes...”, no conocían el idioma castellano,
etc. El evangelio, en cambio, era asociado con rasgos comunes al modo
de vida de los “blancos” (doqshi) que ellos, los "nuevos", poseían
y los antiguos no, de allí la deslegitimación de estos últimos. El papel "civilizador"
del evangelio, en el sentido de incorporación de habitus (Bourdieu,
1991) del mundo blanco, es abarcativo. Junto con las Biblias y su “mensaje”,
los primeros misioneros también enseñaron el idioma castellano, facilitaron
la obtención de los documentos de identidad e inclusive apoyaron los viajes
a Buenos Aires de algunos caciques para obtener títulos para las tierras.
El creciente énfasis en el control del tiempo —con la presencia de relojes
que anuncian las horas durante el culto—, en las vestimentas determinadas
por los reglamentos o en respetar ciertas técnicas corporales dentro del culto
—posiciones para el rezo, formas de saludo, formas de danzas permitidas y
no permitidas— evidencian también nuevas pautas de formalización de los comportamientos.
En los discursos de los adultos mayores —a partir
de los 50 años aproximadamente— es dónde más se remarca el corte y la discontinuidad
entre aquel pasado “aborigen” rechazado, a partir de que es reconstruido en
torno a marcas negativas según la ética pentecostal y un presente “cambiado”.
Asimismo, desde su posición actual de poseedores de nuevos y valorados bienes
culturales —desde el idioma castellano, los documentos y los conocimientos
bíblicos hasta la vestimenta, comida y algunos pocos objetos domésticos occidentales—
redefinen el pasado en torno a la carencia de dichos bienes. Ellos suelen
exponer muy claramente su propia teoría de la aculturación, de lo que “dejaron”
y lo que “agarraron”, de lo “antiguo” y lo “nuevo”, de cómo se “civilizaron
un poco”. Como los roles de pastores y predicadores en las iglesias son desempeñados
principalmente por estos adultos mayores, ellos poseen un particular capacidad
para desplegar y legitimar esta interpretación que se transformó en hegemónica.[15]
Si bien el interés de los toba por asemejarse
al modo de vida de los blancos es previo al contacto con el evangelio,
el papel de este movimiento fue clave al permitir llevar a cabo algunos de
estos deseos de cambio. Para las primeras generaciones de creyentes, el movimiento
fue un medio que les permitió concretar sus anhelos de "civilizarse"
y dejar de ser así aquellos indígenas "salvajes", "ignorantes"
y "borrachos". Pero todo ello no impidió que el evangelio
se constituyera también en un movimiento que les permitiera seguir ejerciendo,
especialmente a los ancianos y adultos mayores, muchas de las técnicas tradicionales
de curación durante el culto, aunque el espíritu que los ayude en esta tarea
sea ahora el de Dios o a lo sumo, alguno de los otorgados por Luciano, y no
ya los provenientes del monte. Así, el evangelio les ofreció
a los toba una doble posibilidad: por un lado, continuar, aunque no sin conflictos,
con ciertos elementos de las tradiciones rituales y la cosmovisión propias
y por el otro, la posibilidad de asimilar una serie de rasgos culturales doqshi.
Pensamos que es en esta doble dimensión donde reside la eficacia de la conversión
al evangelio y su importancia en la vida social de los toba.
2) La diversidad de discursos y prácticas
Si bien los discursos de conversión analizados
son los predominantes, existen también entre los fieles del evangelio,
otros dos tipos de interpretaciones, una ligada a la idealización del pasado
aborigen y la otra a aquellos discursos más ambiguos que no remarcan la escisión
tajante pasado-presente. El análisis de las mismas nos permite reconocer la
diversidad de significaciones que los actores sociales construyen en torno
al evangelio y asimismo nos ayuda a explorar en los conflictos y diferentes
tendencias que surgen entre las iglesias[16].
Muchos evangelio que sostienen el discurso
del aborigen “salvaje, borracho e ignorante” cuando hablan acerca de su conversión,
en otros contextos discursivos pueden expresar visiones bastante disímiles
sobre el pasado, incluso idealizando varios rasgos de los antiguos.
Uno de esos rasgos, es la “fortaleza” y “salud” que poseían, la cual se asocia
a las comidas del monte que se ingerían y también al respeto de las prescripciones
alimentarias femeninas durante los períodos de menstruación y embarazo. Estos
relatos de idealización del pasado aborigen, con sus rasgos fuertemente “nativistas”,
podrían interpretarse a la manera de una crítica metacultural de las condiciones
presentes: los actuales toba comparativamente se autoperciben como más débiles
y con más enfermedades que sus antepasados —porque ya no poseen el monte y
sus alimentos, porque no todas las mujeres respetan la tradición. De allí
la paradoja de la convivencia de estas diferentes visiones sobre el pasado,
posiblemente, formas muy divergentes de resistencia cultural, de no resignarse
a aceptar las asimetrías[17].
El otro núcleo de interpretaciones lo encontramos
entre los creyentes adultos entre los 25 y los 40 años, aproximadamente. Si
bien ellos se autoperciben como diferentes de sus abuelos antiguos,
difícilmente hagan enfáticos discursos contra ellos llamándolos salvajes
o borrachos. El posicionamiento de esta generación y de las siguientes
más jóvenes frente al evangelio y la historia antigua, suele ser ambiguo
y es más difícil caracterizar un discurso unificador. Pueden idealizar ciertos
aspectos del pasado, pero, en su mayoría, no conocen mucho de las cosas de
los antiguos. Del evangelio, destacan sobre todo sus beneficios
prácticos, porque posibilita evitar los vicios —aunque algunos vuelven a ellos
ocasionalmente, sobre todo al alcohol. En relación a los pi´ioGonaq,
también se impone cierto pragmatismo, si bien sostienen que “eso es del diablo”,
“está fuera de la religión” o que “no hay que temerles porque hay que creer
sólo en el poder de Dios”, cuando las enfermedades ocurren, su interpretación
como consecuencia de un daño enviado por algún pi´ioGonaq es bastante
hegemónica y recurren a alguno de ellos en busca de tratamiento.
La historia de muchos de estos adultos fue muy
distinta a la de sus padres. Desde niños estuvieron en contacto con el evangelio
y con ciertas instituciones del mundo blanco, principalmente a través de la
escolarización primaria y, en el caso de algunos hombres, del servicio militar
obligatorio durante su juventud. Por otro lado, no vivieron muchas de las
prácticas de la cultura antigua que involucran la marca de lo “salvaje”: pocos
han ido a cazar, no participaron de las fiestas del nmi, de "la Algarroba"
o de la iniciación femenina, no cantaron "sin letra" ni tocaron los instrumentos
antiguos, pero, en cambio, la mayoría de estos hombres aprendieron a tocar
la guitarra para el culto y las mujeres se incorporaron en las danzas y el
canto evangélico; asimismo, su manejo más fluido del castellano y en cierta
forma de la cuestiones administrativas hacen que ocupen los cargos de secretarios
o más recientemente de pastores en algunas iglesias. Tal vez por esta particular
historia, esta generación aparece más distanciada del conflicto salvaje-civilizado,
que, por el contrario, sus padres sí vivieron. Estos últimos "alcanzaron la
cultura antigua" y fueron los que recibieron a los primeros misioneros que
les ofrecían la posibilidad del cambio, pero sus hijos, ya fueron socializados
en ese cambio y no se les ofrecieron muchas otras alternativas religiosas
ni socioculturales de las cuales apropiarse. No tuvieron una ampliación de
las relaciones laborales con los criollos, sino que éstas han disminuido,
ni tampoco fueron incorporados a las instituciones políticas regionales.
Para finalizar, cabe mencionar el posicionamiento
de los jóvenes solteros que participan en el culto a través de la ejecución
musical y de algunas danzas. Para ellos, la participación en el evangelio
posee también otras dimensiones de carácter más lúdico, pues las celebraciones
les ofrecen la posibilidad de encontrarse con jóvenes de otros sexos, desplegar
estrategias de seducción e iniciar relaciones afectivas, dado que constituyen
prácticamente el único espacio de carácter festivo vigente, y socialmente
legitimado, dentro de los asentamientos.
3) La influencia menonita en las iglesias indígenas.
Las tareas de apoyo que realizan actualmente
los “obreros fraternales” menonitas en la Iglesia Evangélica Unida abarca
diferentes actividades, como las visitas de parejas de misioneros a las iglesias
(generalmente para los Aniversarios de las mismas o algún Cumpleaños),
la asistencia y apoyo a las Convenciones Generales, la realización de "Círculos
Bíblicos" y "Estudios Bíblicos" para los pastores y fieles
y la edición de un boletín titulado "Nuestro Mensajero" (Qad´aqtaxanaxanec)
y otros materiales escritos que son enviados a las iglesias.
En cuanto a la realización de "Círculos
Bíblicos", éstos son obligatorios para los pastores de la I.E.U., aunque
pueden participar también personas mayores que son predicadores de la iglesia.
Estos cursos son dictados por menonitas o por pastores toba que realizaron
estudios en seminarios teológicos de Buenos Aires. Lo mismo sucede con los
"Estudios bíblicos", los cuales, sin embargo, son abiertos a todos
los fieles que quieran participar. En estos encuentros los participantes reciben
diferentes materiales escritos y en algunos de aquellos cuadernillos pudimos
observar la comparación de temáticas bíblicas con cuestiones referidas a la
cultura toba. Lo mismo acontece en algunas ediciones del boletín "Nuestro
Mensajero", el cual además es fundamental para la comunicación entre
las iglesias, pues allí se publican todos las celebraciones especiales (Aniversarios,
cumpleaños, casamientos, etc.) que realiza cada iglesia. Otro de los materiales
escritos que en los últimos años —al menos desde 1998— circula en los asentamientos
son una serie de cuadernillos titulados "La Historia de las iglesias
Indígenas de...", en la cual se realiza una reconstrucción de la historia
del evangelio en cada asentamiento a través de testimonios de los fieles
toba, recopilados por uno de los obreros fraternales menonitas. Existe también
una recopilación de "coritos", los cantos tradicionales de las iglesias
aborígenes y recientemente encontramos una selección de frases bíblicas sobre
el nacimiento de Jesús que fueron enviadas a las iglesias para Navidad, con
la sugerencia de que fueran aprendidas por los niños y recitadas o cantadas
en dicha celebración. Cabe aclarar que ya en 1965, Loewen et. al. daban cuenta
de los cambios que en esa época se vislumbraban en la labor menonita "actualmente
se ha aceptado al misionero en el rol del consejero fraternal. En vista de
ello es posible que en 1965 el misionero acepte un papel nuevo o más amplio
en su relación fraterna, es decir, que asuma la función de ser espejo. Esto
se lograría formulando preguntas acerca de diferentes prácticas de la iglesia,
que obviamente podrían incentivar la evaluación y el autocuestionamiento de
parte de los mismos tobas" (1965: 33).
Pensamos que a través de los textos escritos
y los círculos y estudios bíblicos los menonitas están desplegando hoy ese
particular rol de "incentivar la evaluación". Por ello, la importancia
de los materiales escritos y/o traducidos por los menonitas es clave para
comprender la dinámica del evangelio. Como señaló Wright (1988), la
difusión de los textos escritos produjo un proceso de endoculturación lingüística,
debido a que se utilizaba una de las variantes dialectales de la provincia
del Chaco (donde los lingüistas menonitas desarrollaron la mayor parte de
su trabajo). El autor menciona que esta transformación de una lengua oral
en lengua escrita, constituye un factor aculturador que aún no se ha tenido
suficientemente en cuenta. En efecto, la importancia de esta difusión de textos
no ha sido analizada hasta el momento y además, sería necesario agregar a
este planteo una dimensión ideológica y cognitiva más amplia. Al igual que
en otras sociedades orales, como Jack Goody estudió ejemplarmente (1996, 2000),
la incidencia de los sistemas de escritura entre los qom ha sido notable
y todavía no lo suficientemente estudiada. Los toba otorgan un valor importantísimo
a la palabra escrita, en donde la Biblia y los "papeles" ligados
a la lógica legal-burocrática de la sociedad hegemónica aparecen como símbolos
dominantes. Dentro de esta lógica de la escritura, la selección de textos
bíblicos, pero también las explicaciones teológicas, culturales o históricas
que los menonitas elaboran en los boletines o en los cuadernillos de los seminarios
bíblicos, adquieren un papel clave en la difusión de las interpretaciones
religiosas. Por ello creemos que sería algo ingenuo seguir sosteniendo que
"como no existe un dogmatismo acerca de las verdades predicadas por el
Evangelio, los toba efectúan una interpretación personal del Evangelio"
(cf. Miller 1979: 125; Wright 1988: 76). Obviamente no se trata de negar la
creatividad cultural de los actores, pero tampoco debemos menospreciar el
papel legitimador que los textos escritos poseen para los toba. Para dar un
ejemplo, muchas de las interpretaciones que al inicio de nuestro trabajo de
campo recogimos como originales interpretaciones de los creyentes, luego comprobamos
que estaban escritas en un Cuadernillo o en un boletín; o también nos ha sucedido
que cuando preguntábamos por algún tópico del evangelio y el creyente
poseía uno de estos materiales escritos, enseguida nos lo traía e inclusive
señalaba que allí podríamos encontrar respuesta a nuestras preguntas. En especial,
la tendencia a comparar ciertos rasgos del evangelio con la cultura
toba antigua, aparece en estos textos. También en los cuadernillos de "Historia
de las Iglesias Indígenas" se tiende a destacar, por ejemplo, los rasgos
evangélicos del movimiento de Luciano y no tanto los rasgos heterodoxos del
mismo (tanto en relación al mundo shamánico como al evangélico). Es decir,
en estas re-construcciones históricas no se señalan las paradojas u ambigüedades
de los movimientos o los conflictos que generaron, sino que se los coloca
en una línea de continuidad que posibilitará la emergencia final de la IEU
e inclusive de las otras iglesias que existen en los asentamientos. Es importante
mencionar aquí como este tipo de reinscripciones de la historia toba constituye
una estrategia consciente de los misioneros[18].
En suma, para los menonitas la “identidad”
de los toba en la actualidad se define como la identidad de los toba evangelio
y de hecho la hegemonía de la autoidentificación como evangelio es
muy fuerte en los asentamientos. Pero lo que los antropólogos debemos seguir
indagando, es como los mismos menonitas contribuyeron con su presencia ininterrumpida
en los últimos 50 años a construir y legitimar ciertas rasgos de esta particular
identidad toba y no sólo, como se venía repitiendo, a conseguir el fichero
de culto y traducir la Biblia.
4. Conclusiones
En nuestra apretada síntesis acerca de la historia
del evangelio hemos intentado mostrar el carácter dialéctico y multicausal
que lo caracteriza. Nuestra perspectiva intentó escapar así de los modelos
mecanicistas de tipo evolutivo y/o de las explicaciones funcionalistas-adaptacionistas
y teleológicas. Si bien este tipo de esquemas interpretativos suelen aparecer
de manera combinada más que discreta, el punto central en el que convergen
es el sentido finalista otorgado a la historia, así, todos los caminos
parecen conducir a la IEU como estadio último de contacto y sincretismo cultural
o como sistema de readaptación a las nuevas condiciones ambientales. Sin embargo,
las múltiples interpretaciones sobre el "pasado aborigen" y la divergencia
en las prácticas religiosas son solo algunos de los casos aquí analizados
que muestran que el proceso de apropiación toba del cristianismo pentecostal,
no estuvo ni está aún exento de resistencias y opiniones enfrentadas de los
fieles. Por todo ello, explicar el evangelio como un encuentro entre
pentecostalismo y shamanismo que se habría desarrollado de manera lineal y
más o menos armónica implicaría un reduccionismo que enmascara el carácter
complejo de constitución del mismo. En relación a este carácter, pensamos
que es también necesario reconsiderar el papel de los menonitas, puesto que
un rasgo recurrente en los estudios etnográficos sobre el evangelio
fue el escaso interés en investigar sus influencias. La mirada antropológica
se ancló en dilucidar cómo la cultura nativa se apropió de la religiosidad
evangélico pentecostal, estando el papel de los menonitas circunscripto a
los inicios de la IEU y a un genérico rol de “asesoramiento". Para nosotros,
sin embargo, es en la construcción de una tradición unívoca y una identidad
indígena-evángelica donde encontramos una importante influencia de la
obra menonita, la cual requerirá de estudios específicos en el futuro. El
punto central que aquí se vislumbra es que junto a su misión evangelizadora
los "obreros fraternales" han asumido igualmente la tarea de resguardar
la cohesión social, unidad cultural y "memoria histórica" de los
aborígenes chaqueños. De esta manera se homologa iglesia indígena con cultura
indígena y la lucha por la autonomía de la iglesia aparece entonces como una
lucha por la autonomía cultural (Horst 2001, 2002).
Finalmente, el otro punto medular de este trabajo
giró en torno a una indagación etnográfica sobre la experiencia sociocultural
y la imaginación histórica de los creyentes del evangelio. Los
relatos de conversión, como así también los roles y prácticas religiosas en
las iglesias contemporáneas, son entendidos en tanto fenómenos atravesados
por experiencias y expectativas culturales diversas. Y aquí es donde la cuestión
generacional —según se puso en evidencia— adquiere una importancia fundamental.
Así, notamos cómo la dimensión ideológica de los discursos toba de conversión
tiene una impronta mayor en los pioneros del evangelio (individuos
que en la actualidad rondan entre los 60-70 años), siendo en esta franja donde
aparecen con mayor nitidez la reproducción de las narrativas hegemónicas de
la conquista y la fuerte colonización del imaginario histórico y cultural.
Sin embargo, aparecen también otras formulaciones y valoraciones en torno
al pasado cultural atravesadas por las experiencias vitales diferenciales
entre las sucesivas generaciones. El surgimiento de nuevos roles en la estructura
eclesiástica o las nuevas prácticas cultuales relativas a los más jóvenes,
pusieron de manifiesto esta diversidad.
Para finalizar, consideramos que a partir de
este estudio de caso, también es posible extraer algunas conclusiones metodológicas
más generales en relación a los estudios sobre el impacto del pentecostalismo
entre los grupos aborígenes. En especial, la riqueza que a nuestro juicio
encierra, la posibilidad de combinar en ellos una perspectiva histórica y
etnográfica y, paralelamente, una mirada reflexiva crítica sobre los modelos
que atraviesan nuestras teorizaciones. En este sentido, pensamos que sólo
teniendo en cuenta los diferentes actores sociales que suelen participar de
este tipo de procesos, y por lo tanto, la diversidad de estrategias y de interpretaciones
que cada uno de ellos construye, es que los procesos de emergencia de las
iglesias indígenas se presentan en toda su multiplicidad y complejidad. En
efecto, los grupos indígenas no pueden ser pensados ya como aquellas sociedades
simples altamente unificadas pero tampoco la acción misionera puede concebirse
en torno a un único modelo evangelizador. Seguramente, otro de los desafíos
pendientes para los científicos sociales abocados a las religiosidades indígenas
latinoamericanas, es el poder deconstruir su propia imaginación histórica
disciplinar y comenzar a repensar creativamente la creatividad
de las religiosidades que intentan comprender.
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