Hitler, la adhesión de las masas y el nuevo sensorium
María Josefina Santillán. Lic. en Historia.
UNT.
Diversos estudios trataron el
tema de la responsabilidad del pueblo alemán en el holocausto. De esta manera
surgió un debate en el que hay tesis contrapuestas: la tesis minimalista[1]
la cual afirma que los actos criminales sólo fueron obra de las SS, además
consideran que lo ocurrido es equivalente con otros crímenes masivos de la
historia, tales como la URSS de Stalin. En 1989 esta tesis fue retomada por
el historiador británico David Irving quien niega que Hitler haya ordenado
la “solución final” pues no existe documento alguno que lo pruebe. Esta teoría
fue duramente criticada por la historiadora Deborah Lipstadt quien lo acusó
de negacionista. Irving llevó el caso a juicio en el año 2000 y perdió[2]. Este caso despertó un amplio debate en diferentes
partes del mundo.
En el otro extremo se encuentra la tesis maximalista[3], que enuncia que hubo
una responsabilidad colectiva y que los alemanes, desde tiempos remotos, eran
antisemitas y se sintieron identificados con el III Reich en la “solución
final”. Esta afirmación fue adoptada ampliamente en la tesis doctoral del
historiador Goldhagen en 1997 y también generó un importante debate entre
académicos.
Una tesis intermedia es la del
sectorialismo[4], por la cual se afirma que los grados de adhesión
variaron según las etapas de la política del III Reich. En cuanto a las complicidades
en el holocausto, ellos sostienen que superan al ámbito de las SS,
sin embargo esto no quiere decir que hubo un consenso mayoritario pues se
ocultó, a la población alemana, lo que ocurría en los campos de la muerte.
Teniendo en cuenta las tesis que
hemos esbozado, abordaremos esta problemática reflexionando sobre la adhesión
que recibió Hitler en el marco de la sociedad de masas. No pretendemos indagar
si hubo o no una amplia mayoría que siguió la política antisemita de Hitler,
sino considerar como llegó al poder, esto es por la vía democrática; que tuvo
seguidores fanatizados y seguidores que sólo fueron parte semi-inconsciente
de la máquina genocida, esto es en su carácter de masa; que así como tuvo
adheptos tuvo también adversarios, quienes a pesar que trataron, no lograron
destronar rápidamente esa política por no contar con aquella hegemonía masiva
con la que sí contaba el régimen.
El concepto de masa
Veamos, en primer lugar algunas
consideraciones generales con respecto al concepto de masa.
“El concepto de ‘masa’ tuvo su
origen intelectual en el siglo XIX, ante los cambios revolucionarios en la
sociedad europea. Muchos pensadores veían que la tendencia social predominante
era el paso de una sociedad aristocrática a la democrática. Es decir, un cambio
profundo que afectaba la consideración tradicional de los valores, jerarquizados
de manera estable y respondiendo a la natural organización de la sociedad,
para pasar a una sociedad donde todo se convertía en arbitrario y la opinión
de la mayoría reemplazaba a los valores establecidos.”[5]
Es en el siglo XX, sobre todo,
donde la “masa” –en su carácter destructivo- va a tener protagonismo histórico.
El término “masa” parece aludir a una multitud y aunque no implica necesariamente
ello, las relaciones de masa se dan en grandes poblaciones. “Las organizaciones
de masa son grandes, formales y no se basan en las relaciones primarias de
sus miembros lo que da como resultado, relaciones relativamente despersonalizadas”[6]
En el comienzo del siglo XX, quienes
consideraron que el movimiento de masa era una amenaza atroz, Umberto Eco[7]
los llamó Apocalípticos. Y aquellos que aceptaron el fenómeno de masa
acríticamente, se los denominó Integrados. Pero contemporáneamente
a ellos había una tercera posición, como la de Walter Benjamín, que consideraba
a la masa con características positivas y negativas. Según se adhiera a una
de estas tesis, variará la definición de masa.
Dos textos de importancia, con
respecto al tema, que surgieron -entre 1920 y 1930 - son el de Sigmund Freud:
Psicología de las masas y el de José Ortega y Gasset: La rebelión
de las masas.[8] Freud destaca
que en la masa los hombres son bárbaros, actúan como primitivos y liberan
lo que está en el individuo reprimido. Agrega, además, que una masa puede
ser impulsiva, violenta en sus juicios y es susceptible de asimilar los argumentos
más simples e imperfectos. Debido a estas características la masa es fácil
de conducir y conmover. Sin embargo, señala que no todo en la masa es negativo,
porque es posible que surjan creaciones importantes como los idiomas, los
cantos populares, etc.
Freud tratará de explicar psicológicamente
las motivaciones que llevan a una masa a actuar de una manera peligrosa. Y
concluye que en la masa se dan lazos afectivos que mantienen unidos a sus
miembros. El individuo renuncia a lo personal para ser igual a los otros.
Define a su vez a las masas artificiales, cuya composición puede ser heterogénea,
como aquellas sobre las que actúa una coerción exterior a fin de mantener
la unión. Ejemplos de este tipo de masas son el ejército y la iglesia.
Tanto en la iglesia como en el
ejército la unidad está dada por la ilusión de la presencia visible del jefe
(Cristo y el general en jefe). Él es el que ama a todos por igual, su desaparición
acarrearía la disolución de la organización. En la masa hay lazos de los individuos
entre sí y de los mismos con el jefe. Si bien en todas las relaciones afectivas
hay sentimientos hostiles que los hombres reprimen en su individualidad, en
la masa se liberan. Los “individuos se mantienen como si fueran iguales, cortados
con el mismo patrón, toleran las particularidades de los otros, se consideran
iguales y no experimentan aversión y esto es posible por los lazos libidinosos
entre las personas.” [9] Los miembros de la masa al no poder
identificarse con el jefe, lo convierten en su ideal y se produce, en consecuencia,
una identificación entre ellos.
Ortega y Gasset identifica, en
1930, masa con la sensación de “lleno”. Menciona características negativas
de la masa, puesto que ve la amenaza que sufriría Europa si la masa subiera
al poder. Presiente el poder de Hitler.
Por otro lado, diferencia las
minorías de la masa. En las minorías están formadas por individuos cualificados,
en cambio, en la masa el conjunto de personas que la integran no son especialmente
cualificados.
“Masa, hombre masa, es aquél que
no se valora a sí mismo por razones especiales sino que se siente ‘como todo
el mundo’ pero no se angustia, al contrario, está a gusto por ser igual a
los demás.”[10]
En la sociedad de masas, para
Ortega y Gasset, se debilitan los lazos de solidaridad, identidad y conciencia
de clase para transformarse en lazos de masa. También considera que la masa
es fácilmente influenciable y hay fuertes lazos afectivos entre sus miembros.
Particularmente interesante es
el planteo de masa que hace Walter Benjamin[11] a la hora de analizar esta problemática. “Para
él la masa merece ser nombrada como ‘barbarie’, pero le reconoce dos aspectos:
uno que arrasa con todo para permitir la apertura de nuevos caminos, es la
barbarie de los creadores, de los constructores. Otro es el que se refiere
a la mera destrucción, a la pérdida de experiencias valiosas o, incluso, a
lo oscuro que se da simultáneamente con momentos luminosos de la cultura.”[12]
En el desarrollo de nuestro trabajo, vamos a
considerar la masa “como barbarie” de la que hace alusión Benjamin. Esta masa
tiene pobreza de experiencia, disuelve la tradición, la costumbre, la memoria.
La masa es, para Benjamin, desmemoriada, “arraiga en un presente vivido como
transición a un futuro que promete cumplir con todas las esperanzas; es lo
desheredado, aquello donde nada se transmite, la tabula rasa donde
es posible imprimir nuevas huellas; es lo que resulta de la expropiación de
las comunidades que al desaparecer se confunden en la masa y donde sólo quedan
jirones de experiencia comunitaria y restos de monumentos tradicionales.”[13] En la masa los asesinos se pueden esconder,
perseguidores y torturadores se mezclan y no se distinguen en la multitud.
La huella de cada uno se borra en la multitud
en la ciudad que crece, la huella del burgués es comida por la masa. En la
muchedumbre ciudadana, todos son iguales. Como resultado de ello surge “una
nueva forma de sentir-masa” o, como dice Benjamin, un nuevo sensorium
y, como tal, exige un lugar. La masa como barbarie, entonces, hace “sitio”
y su carácter destructivo “hace odio”.
Breve referencia histórica sobre el ascenso de Hitler
Relataremos, brevemente, cuáles fueron los acontecimientos
vividos en Alemania para luego intentar interpretar lo ocurrido con las teorías
mencionadas.
Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, Alemania
no salió beneficiada, al contrario, siendo la principal “perdedora”, debía
pagar los daños ocasionados. El tratado de Versalles imponía condiciones muy
estrictas para ese país, los franceses querían garantías de que los alemanes
no vuelvan a atacarlos. Si bien no consiguieron todas las cláusulas que deseaban,
tuvieron que conformarse con la ocupación de algunas zonas de Alemania. También
contemplaba el tratado la desmilitarización de la Renania alemana; severas
limitaciones sobre las cuantías de las fuerzas y los armamentos alemanes;
se le exigía , además, que pague una gran indemnización y que reconozca su
responsabilidad en la guerra. El problema fue que el país no tenía los medios
para recuperarse y empezar a pagar, y como fueron privados de los trenes y
de las maquinarias no podían recuperar su nivel productivo para pagar la deuda.
La situación en que se encontraba Alemania empeoró con la pérdida de territorios
en el Este, que se convirtieron en nuevos estados, y por la existencia, en
algunos estados, de minorías alemanas bajo dominio extranjero.
No veremos todas las características
del tratado de Versalles, ni tampoco todos los otros tratados de paz que se
firmaron después de la Primera Guerra Mundial, por los límites de este trabajo,
sin embargo diremos, a grandes rasgos, que los tratados de paz se hicieron
sin tener en cuenta las nacionalidades ni, tampoco, la integración económica
de los territorios. De esta manera se crearon poblaciones enormes con minorías
nacionales dentro de los estados.
El período de 1920 al 29 será la denominada “era
de las ilusiones”, es decir que se creía en un retorno fácil a la normalidad
que existió antes de la guerra y, en realidad, se preparó el camino para la
Segunda Guerra Mundial.
El gran problema, en materia económica,
fue el de las deudas de los países vencidos con los vencedores y las deudas
de los vencedores entre sí. El esquema era el siguiente: Alemania, Austria-Hungría
y Turquía le debían a Inglaterra, a Francia y a Italia. Y estos tres últimos
países le debían a Estados Unidos, siendo éste el máximo acreedor de la guerra.
Todo se va a agravar en el 29 con la “gran depresión”.
Crisis económica que se inició en Estados Unidos y que repercutió en todos
los países. Se inició, sobre todo, porque las capacidades de producción de
las regiones periféricas – en el período de entreguerras- aumenta enormemente
y cuando Europa retoma su puesto con su nivel productivo, encuentra que el
mundo distribuye mercados de consumo poco flexibles, entonces hay un exceso,
por ejemplo, de productos agrícolas y los productores agrícolas –al no vender
o vender a precio muy bajo- se endeudan con los bancos que les dieron préstamos,
los bancos cierran, se da una serie de especulaciones en la bolsa y las acciones
caen abruptamente porque no hay respaldo en riquezas. Cabe señalar que esta
crisis no fue sólo agrícola, muchos rubros de la economía se vinieron abajo,
fue una crisis estructural del capitalismo. Estados Unidos, ante la crisis,
va a exigir el pago a sus deudores y a su vez los deudores se exigirán los
pagos entre sí. La falta de pago, ocasionó momentos de mucha tensión, como
cuando los franceses decidieron invadir la Renania. Esto exacerbó la disconformidad
social, situación que fue aprovechada por el nazismo para llegar al poder.
En el plano político, luego de la guerra, se
creó la Sociedad de Naciones, institución encargada de mantener la paz, sin
embargo no la integran todos los países y, a pesar que se imponen las Repúblicas
Parlamentarias, hay una crisis de la “democracia liberal”. Esto tiene que
ver con lo sucedido en el transcurso de la guerra, puesto que en ella se necesitó
unidad de mando y rapidez y, entonces, muchas veces se recurrió a los decretos
en vez de las leyes. Esos decretos favorecieron el poder del órgano ejecutivo.
Los ataques al liberalismo político en provecho
del poder ejecutivo constituyeron peligrosos precedentes que serán invocados
con frecuencia como las únicas soluciones que permiten resolver las dificultades
sociales. La República de Weimar en Alemania sólo existía porque había sido
vencida y porque los que la fundaron colaboraron en esa derrota. Esta república
es la que firmó las condiciones de la pacificación y no pudo afrontar diversos
problemas como: el desempleo, el abastecimiento de las ciudades, la crisis
de los negocios y de las industrias, entre otros. El dinero perdió su valor
a una velocidad escalofriante y los precios subieron en gran medida. Esta
coyuntura infligió daños irreparables a las clases medias y contribuyó a que
se volvieran contra la república.
A pesar de todo, la República
de Weimar sobrevivió. El momento crítico se superó, gracias a que en el extranjero
se dieron cuenta de que el castigo económico equivalía a la demencia económica.
El gran préstamo internacional permitió estabilizar la moneda y dio lugar
a la recuperación económica del país.
La otra cara de la moneda consistió
en que muchos alemanes no se reconciliaron. Los comunistas atacaron constante
y amargamente a los socialistas, que sustentaban la república. Los grupos
nacionalistas socavaron la lealtad a la república apelando a conservadores
que añoraban la gran época de Bismarck, cuando Alemania dominaba Europa (o
al menos eso parecía). También apelaron a un nuevo nacionalismo que pretendía
ahogar las diferencias internas en una fe –más o menos tribal- en el <<pueblo>>
(Volk) alemán. Es verdad que, a medida que avanzaba la década del veinte,
se recortaban las concesiones del Tratado de Versalles; por ejemplo mediante
la reducción de las indemnizaciones. También es verdad, que en el nuevo tratado
firmado en 1925 en Locarno entre los principales estados europeos, al que
los alemanes accedieron libremente, aparentemente se puso fin a las disputas
en occidente. Sin embargo, las tierras que Alemania perdió en el Este y el
destino de los pueblos de sangre alemana en los nuevos estados de Europa central
avivaron la cólera nacionalista.
Esta coyuntura que vivía el país
fue aprovechada por Adolfo Hitler en su camino de ascenso al poder. Hitler
era un austríaco que, luego de una infancia desdichada, encontró alivio y
contento psicológico en la Gran Guerra. Se alistó en un regimiento bávaro
y pronto demostró sus dotes como soldado; fue ascendido a cabo y lo condecoraron
dos veces. La derrota supuso una amarga experiencia y consagró el resto de
su vida a cambiar el veredicto de 1918. A principio de los años veinte se
convirtió en agitador nacionalista, denunció el Tratado de Versalles y en
1923 intentó derrocar el gobierno municipal bávaro como preludio de su marcha
sobre Berlín. Fracasó y pasó una temporada en la cárcel, allí escribió un
libro Mein Kampf (Mi lucha) de clara ideología antisemita.
Hitler era el líder de un pequeño
grupo, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), cuyos miembros
eran llamados “nazis”. En su discurso figuraba el desprecio a la paz de Versalles,
al mismo tiempo que sostenía la necesidad de que los alemanes se unan en un
único estado-nación capaz de conquistar nuevas tierras en el este para el
Volk. En 1930 logró un gran número de puestos en el Reichstag
y tres años después fue elegido canciller (jefe del gobierno o primer ministro)
por el entonces presidente Hindenburg. Cabe destacar que hubo opositores al
nombramiento y al mismo tiempo se produjo el incendio del Reichstag (27
de febrero de 1933).
Hitler apeló al deseo de muchos alemanes de resolver
los problemas políticos a través de medidas severas y de la unidad nacional.
Sacaron partido de la impaciencia para con los políticos parlamentarios que
habían sido incapaces de evitar el desastre económico, del deseo de encontrar
chivos expiatorios (que alentó a los ciudadanos a ver enemigos de la nación
alemana en los capitalistas, los marxistas y los judíos) y del resentimiento
hacia el Tratado de Versalles que muchos alemanes consideraban la raíz de
sus problemas. A medida que la crisis se ahondaba, aumentó rápidamente el
número de las <<tropas de asalto>> semimilitares del movimiento
nazi (las denominadas SA). Se habían creado para evitar las interrupciones
durante los mitines de los nazis, pero se convirtieron en bandas de matones
y poco después se dedicaron a aterrorizar a sus adversarios políticos y a
los judíos casi sin ser estorbados por la policía.
El líder nazi solicitó la celebración de nuevas
elecciones (tenía derecho a pedirlas) y prometió formar una coalición con
grupos conservadores. Se sabe que el líder nazi se sirvió de procedimientos
democráticos para llegar al poder, y cuando lo obtuvo se dedicó a destruirlos.
En cuanto a las elecciones, se propusieron ganarlas como cualquier otro partido
y, en tanto facción en el gobierno, controlaban la radio y la utilizaron para
promocionar su campaña. Fue el primer partido que paseó a su líder por toda
Alemania en su avión, sacando el máximo provecho de su personalidad carismática.
Aunque no obtuvo la mayoría de votos (a pesar de que lo votaron 17 millones
de ciudadanos, el 44 % del electorado). Entonces, Hitler solicitó al parlamento
– donde tenía asegurada la mayoría gracias a las alianzas con otros grupos-
legislación especial que daba al gobierno poderes extraordinarios para gobernar
por decreto y la obtuvo en marzo del 33.
Se inició, de esa manera, el proceso de Gleichschaltung:
la coordinación de la sociedad alemana, en virtud de la cual todo quedó bajo
el dominio de los nacionalsocialistas
"En su avance hacia el poder absoluto, el NSDAP
concentró sus energías en eliminar lo que quedaba en pie de la constitución
de Weimar y crear un estado totalitario dominado por un líder absoluto, en
el que la economía, la sociedad y la cultura estarían coordinadas bajo la
férula de un partido único y un gobierno subordinado al partido."[14]
Finalmente, Hitler se autodesignó juez supremo
en junio de 1934. A partir de ese momento se exigió que todos los magistrados
y funcionarios, prestaran juramento de fidelidad al Fürer y por medio
de la violencia eliminó la oposición. Incluso llegó a atacar los propios adeptos
a su partido. En la denominada <<Noche de los Cuchillos Largos>>
en junio de 1934 purgó a las SA y asesinó a Ernst Röhm por el poder y prestigio
que éste había adquirido.
Las SS (Schutzsaffel) era el arma
de terror racial del partido, su jefe era Heinrich Himmler, quién tenía además
el objetivo de crear nuevos líderes nazis.
En el centro mismo de la concepción del mundo
(Weltanschauung) de Hitler se hallaba el antisemitismo. En 1934 y 1935
fue creciendo la persecusión de judíos, gitanos, mendigos y homosexuales;
por otro lado se prohibió el matrimonio o relaciones sexuales extraconyugales
entre alemanes y judíos. En 1937 expulsa a 17.000 judíos que vivían en Alemania
y en noviembre las SA destruyeron sinagogas, negocios y alrededor de 90 judíos
fueron asesinados y las SS detuvieron a 26.000 judíos; es la denominada <<Noche
de los Cristales Rotos>>.
Cuando los proyectos de emigración forzosa dejaron
de ser una opción válida, se crearon gettos -1939- y se obligó a miles
de judíos a realizar trabajos forzados; estas medidas fueron creciendo hasta
llegar a la <<Solución Final>> del problema judío, desde 1941
la política nazi fue de exterminio total, las cifras de la matanza -al finalizar
la guerra- fue de 6.000.000 de judíos.
Delimitamos, hasta aquí, la parte
histórica que nos interesa a fin de continuar con el análisis acerca de esos
acontecimientos.
Hitler y las masas
Como vimos la población alemana en el período
de entreguerras estaba en un estado de “depresión” puesto que tenía el sentimiento
nacional herido, no sólo por la derrota sino también por las trabas que encontraba
para recuperarse.
Ese clima fue aprovechado por
el líder nazi para captar a una masa que deseaba arrasar con la mala suerte,
con la historia y con la memoria. Ansiaba crear un camino nuevo con esperanza,
con remedios para subsanar la desocupación, la inflación, el dolor de la
derrota y lograr, de esta manera, cicatrizar la herida profunda ocasionada
también por una paz impuesta y una república ineficaz.
Los medios de comunicación fueron
hábilmente usados por los nazis para explotar el carisma del líder y captar
a la mayor cantidad de personas a su partido. Y, aún no llegando a una mayoría
en los votos, lograron una mayoría en el parlamento. La fuerza y unidad de
su ideología arrasó con cualquier oposición mayoritaria y, en mayor medida,
con la minoritaria.
“Los nazis hacían una propaganda
descarada de los progresos de su revolución. Joseph Goebbels convenció a Hitler
de que le diera el mando no sólo de la prensa, la radio, el cine, el teatro,
sino de los libros, las artes visuales y la música. La propaganda era un elemento
fundamental en la revolución social que Hitler pretendía poner en marcha,
una revolución cuyo confuso ideal era el de unir a todos los alemanes puros
(rassenrein) en una Volksgemeinschaft (una comunidad popular)
basada en la superioridad racial. Su ambición más alta era materializar el
destino de Alemania como nación rearmada y enérgica, decidida a crear un imperio
alemán en la Europa oriental.”[15]
Una masa, como vimos, no implica
necesariamente una multitud aunque involucre a grandes poblaciones. La masa
como barbarie nazi, va a crear camino de la mano de su jefe y en su paso va
a destruir el pasado en función de un futuro deseado. Lo cierto es que los
nazis van a tener presencia hegemónica en el país y contrarrestarla será difícil.
“La resistencia activa al terror nazi entre la población alemana no pasó de
esporádica, aplastada por la propaganda, la fuerza del poder del estado y,
a partir de 1939, por la lucha diaria por la supervivencia que describió un
periodista alemán, Berndt Engelmann, como el mal de la banalidad.”[16]
En sus discursos Hitler exaltaba
la idea de unidad nacional y de sentir orgullo por ser alemán. La masa lo
aplaudía eufórica y todo se representaba en la cohesión que aportaba la esvástica
dibujada en las miles de banderas que se flameaban en cada mitín. Hitler
supo manipular las grandes concentraciones, no sólo con su discurso sino también
con las imágenes.
Un estudio psicoanalítico reciente,
realizada por el Dr. José Milmaniene[17], sostiene que cuando un sistema
dogmático de pensamiento (político, económico o religioso) logra imponerse
con carácter hegemónico, no puede sino derivar en una práctica masiva de la
perversión. Y esto se da, sobre todo, porque hay una concepción metafísica
subyacente.
Podríamos decir que el pensamiento
metafísico, que se desglosa del comportamiento de la masa nazi, es el de
Platón. En la realidad platónica, según nos señala Richard Rorty[18],
hay una división: el mundo de las ideas o de los objetos A y el mundo de las
cosas u objetos B. Los primeros son entes que no necesitan de otros para existir;
mientras que los objetos B tienen un modo de existencia dependiente de los
objetos A. Es decir que los objetos B, son desvalorizados y dependientes.
Para los nazis –a diferencia del platonismo- los objetos B no permiten la
plenitud de existencia de los A, entonces hay que suprimirlos. De esa forma
los judíos, gitanos y homosexuales fueron considerados objetos B y, como tales,
no permitían el pleno desarrollo de los objetos A: la raza aria.
Los nazis experimentaron con Hitler un nuevo
sentimiento, recuperaron un sentir nacional que estaba herido por la guerra.
Ese nuevo sentir lo tenían que proteger de cualquier derrumbe, es decir, necesitaban
un lugar, hacer sitio y permanecer en él. En la muchedumbre nazi hay que procurar
la igualdad destruyendo la diferencia representada por los judíos, gitanos,
etc. Es decir, destruyendo aquello que se creía corrompía el pleno desarrollo
de los “arios”. La igualdad se canalizó, de esa manera, en el deseo de encontrar
chivos expiatorios o enemigos de la nación, el deseo de encontrar objetos
B.
Primero, como vimos, hubo una emigración forzosa,
cuando dejó de ser una opción válida, se crearon los gettos, donde
se obligaba a los judíos a hacer trabajos forzados, en esos campos algunos
sobrevivieron milagrosamente. Finalmente se decidió exterminarlos.
Entonces, captar a las masas fue
sencillo frente a los problemas económicos, políticos y sociales del momento.
Uno de los recursos que se empleo para tal fin, fue asentar la figura del
Tercer Reich sobre una estructura religiosa, una religión idólatra y fetichista
basada en el culto de “dioses” inmanentes a una nación y a una raza. “La cruz
del cristianismo fue reemplazada por la cruz gamada; los evangelios, por Mi
Lucha; los sacerdotes, por los jerarcas, y el Mesías, por la figura de
Hitler.”[19]
Un análisis innovador en el terreno
psicoanalítico, sostiene además que a los líderes del nazismo les faltaba
una figura paterna eficaz en el despliegue de su función. Marcados por un
Padre ausente o demasiado presente, terminaron obsesionados por la imagen
del judío violador, que iba a penetrar y mancillar a la “madre-nación.” Dice
Jean-Louis Maisonneuve: “su reivindicación de la raza pura, de la nación y
la cultura ‘homogénea’ no es otra que el reflejo de la virginidad, de la inviolabilidad
y de la pureza que los obsesionan frente al cuerpo de su propia madre.”[20]
De esta manera la pasión por exterminar
a los judíos devino inevitable. Por otro lado, el nazi no quiere ni parecerse
demasiado a su hermano (judío, homosexual, etc.) ni diferenciarse plenamente
puesto que la identidad se juega en esa oposición. “Parecerse demasiado es
confundirse con el Otro y desaparecer subsumido bajo sus categorías trocadas
en hegemónicas. Y diferenciarse demasiado supone el riesgo de diluir la propia
identidad al perder la referencia constituyente que otorga la existencia diferenciada
del Otro.”[21]
Esta dialéctica del “Otro igual-diferente”
desemboca en su eliminación para recuperar una identidad unificada. Es decir,
que los alemanes convivían con “otros” que amenazaban confundir su identidad,
y para sostenerla necesitaban la pura diferencia. El horror a la diferencia
y al espejo del semejante derivó en asesinato. Sin embargo el nazismo no podía
sostenerse sin las víctimas y, al mismo tiempo, no podía dejar de exterminarlas.
Esto nos conduce a pensar en lo
que Ernesto Laclau sostiene. “La oposición, a los efectos de ser radical,
tiene que poner en un mismo terreno tanto lo que afirma como lo que rechaza,
de modo que el rechazo pasa a ser una forma especial de afirmación.”[22] Es decir, que la identidad nazi
se basaba en la oposición con un “otro” y en la medida en que ese “otro” desaparece,
necesariamente la identidad nazi se diluye, a menos que continúe la diferencia
sobre la base de ser siempre otro, es decir debe haber una contínua renegociación
de la presencia del otro para ser uno plenamente.
La masa como barbarie, destruye
al “otro” y hace sitio al mismo tiempo que cava su fosa. Además, a la masa
que se oprime, hay que despersonalizarla, es decir hay que convertir a sus
miembros en iguales; sin embargo esa homogeneidad debe ser radicalmente distinta
a la igualdad de los nazis, de los arios-alemanes, por lo tanto tienen que
ser iguales en tanto objetos, cosas, números.
En los campos de concentración
se iniciaba el proceso de despersonalización a través de la sustracción de
las ropas y de todas las pertenencias de las víctimas, incluidos anteojos
y prótesis dentales. El despojo era total y esto creaba una inmediata sensación
de pérdida de identidad. Se convertían así en seres uniformes que luchaban
por sobrevivir sin identidad. Los nombres fueron reemplazados por números
tatuados en su cuerpo. No quedaba más que identificarlos como cosas u objetos.
Cuando no haya espacio para ubicarlos, deben
ser necesariamente evaporizados. Como cosas no tiene que quedar rastro de
corporeidad, deben incinerare.
Por un tiempo muchos países recibieron a los
judíos que emigraban de Alemania, sin embrago, pronto pusieron restricciones.
Una de las “soluciones”, para los nazis, fue entonces aislarlos en los guettos,
sin embargo, el espacio que ocupaban y el peligro que representaban al seguir
vivos –como objetos B- los condujo al exterminio en masa.
A diferencia de la masa barbarie que acompañó
a Hitler en su accionar, estaba “la masa forzada” que se la despersonalizó
al extremo de volverlos objetos. La masa nazi debía imprimir nuevas huellas
en el camino, borrando todo rastro de huellas burguesas –como la de la mayoría
judía-. No se le podía permitir a la masa recluida en los campos hacer huella,
ni dejar la huella del cuerpo muerto. “El régimen optó por hacer desaparecer
los cuerpos cadaverizados mediante su incineración... Ni nombres ni cadáveres
enterrados: sólo hubo humo que en su evanescencia no dejaría huella de aquellos
Otros que debían desaparecer para reinstalar el orden homogéneamente racial
del universo.”[23]
Es decir que la masa forzada y recluida debía
dejar de ser masa, primero al despersonalizarse y luego al impedirle que dejara
huella como toda masa.
Por otro lado, si tenemos en cuenta lo que decía
Freud acerca de la masa, los nazis como masa liberan sentimientos que como
hombres en su individualidad los reprimirían. Sin embargo, en la interpretación
psicoanalítica que hace Milmaniene los nazis veían en los “otros” a los seres
que no reprimían lo reprimible. Es decir que el Otro (judío, homosexual, gitano,
enfermo mental, etc.) es generador de la amenaza de los goces más secretos
y ocultos. El odio ario debía erradicar todo aquellas imperfecciones que se
permitían el goce prohibido.
No debía quedar ningún espacio para la diferencia,
ningún lugar para el goce femenino, ninguna fisura por la que se cuele la
tentación humana del deseo. Y esa pasión por erradicar el placer de sujetos
humanos –imperfectos- llevó a los nazis a convertir a sus víctimas en objetos.
En ese sentido, la piedad no tenía lugar, dado que hubiera sido la marca de
la identificación con el Otro.
Conclusión
La adhesión que recibió Hitler
a su política, es la que una masa bárbara realiza a favor de una identidad
herida. Es decir que los acontecimientos, ocurridos luego de la Primera Guerra
Mundial, habían debilitado el sentimiento nacional alemán, en ese marco, la
propaganda hitleriana sobre un futuro próspero fue ganando sitio hasta lograr
hacerse hegemónica en el poder.
Esto no significa que no hubo
oposición a las ideas hitlerianas, sino que éstas últimas tenían hegemonía
y, como tal, la masa nazi fue haciendo sitio llegando al poder y luego manteniéndose
aislando primero toda amenaza de identidad representada en el “otro”, para
finalmente decidir eliminar de raíz el peligro.
De esa manera surge, al decir
de Benjamin, un nuevo sensorium o sentimiento de odio radical que se
manifiesta en su carácter destructivo.
A medida que avanza y se consolida
la identidad de esa masa barbarizada, la sociedad se vuelve cada vez más
intolerante con el “otro” y se mecaniza. El “otro” deja de ser un “otro-semejante-diferente”
para ser un “otro-objeto”; es decir no sólo se animaliza a las víctimas sino
que se las cosifica y entonces el exterminio resulta sin culpas. “Los nazis
se transformaron de este modo en tecnócratas y burócratas de la muerte encargados
de cumplir con eficiencia su compromiso con el Fürer y obedecerlo hasta
el final.”[24]
Al transformarse con el tiempo
en un sistema análogo a una máquina industrial de exterminio, cada cual realizaba
su tarea como eslabón de una cadena que concluía con la muerte del “otro”.
Los excluidos, segregados o aislados
de la sociedad en gettos o campos de concentración, eran considerados
una “masa” pero de objetos. Y no se soportaba la idea que como masa humana
–hacinada a la fuerza- sea capaz de dejar una huella.
Se pensó que la incineración de
los cuerpos borraría toda huella posible y no contemplaron que la resistencia
–al menos la judía- era a través de la palabra. Así “la humilde potencia del
Verbo, sostenida por hombres cuya única fuerza espiritual residía en la fidelidad
a la Palabra, derrotó al exultante poder instintual de fieras militarizadas.”[25]
Podríamos decir que la identidad
nazi englobaba en sus comienzos una serie de demandas nacionalistas que se
resumían en unidad, prosperidad económica y libertad de acción política. Pero
una vez en el poder y en el camino de consolidar su identidad se fue quedando
con un único significante amo: la raza.
En la medida en que un particularismo
hegemónico busca ser puro se contradice, pues toda identidad está en relación
diferencial con otras identidades. De tal manera que los “otros” –judío, gitano,
homosexual, mendigo, etc.- considerados “opuestos” impiden la constitución
de una identidad pura y, al mismo tiempo, su existencia es condición necesaria
para la identidad nazi. En otras palabras “un contenido negativo que participa
en la determinación de uno positivo es parte integrante de este último.”[26]
En la “solución final” del problema
judío muere la identidad nazi, porque funda su identidad en una diferencia
u opuesto que extermina. La identidad judía, en cambio, resiste sobreviviendo
y a través de la palabra. Guarda esperanza y renegocia resistiendo a la muerte
su identidad en la diferencia.
“Cuando los nazis perdieron a
sus víctimas resignaron el poco de ser que éstas, en su insignificancia, les
otorgaban, luego de lo cual o buscaban otras víctimas para sostenerse o se
disolvían en la autodestrucción... el perseguidor jamás puede sustentar su
subjetividad si no es a través del perseguido, quien al desaparecer, o aún
optar por su propio suicidio, deja sin sostén ontológico al verdugo, que cae
preso de una angustia anonadante.”[27]
El judío sobrevivirá con su libro
a cuestas, con su libro hecho verbo y así, por ejemplo, en las letrinas -donde
los olores fétidos hacían el territorio irrespirable para los guardias- los
hombres recuperaban su dignidad humana en un espacio de libertad para dialogar.
El nuevo sensorium nazi
arrasó con los “otros” porque impedían su plena identidad, sin embargo les
costó perder la verdadera identidad. Por el contrario, la masa judía reforzó
su identidad ganándole a la muerte y sobreviviendo en el infierno.
Creemos, junto a Benjamin, que
no todas las masas se comportan como barbarie; el ejemplo nazi fue el extremo
de barbarie y, como tal, debemos analizarla para no confinarla al olvido ni
permitir que resurja un sentimiento con las mismas características.
Para algunos, tratar de explicar
el porqué del exterminio nazi –ese actuar bárbaro- es justificar la maldad.
“Es sabido, por ejemplo, que muchos sobrevivientes del holocausto aíslan los
hechos ocurridos llegando a considerarlos, y en cierto sentido justificarlos,
como el producto de una anomalía social y psicológica. Se teme que al estudiar
el mal se reemplace la rectitud del juicio por explicaciones psicológicas.
Al comprender todo se perdonará todo. Una manera de decir que en realidad
nadie es culpable de ser culpable, con lo cual se soslaya la responsabilidad
individual y se fomenta la impunidad.”[28]
Pensamos que afirmar que el holocausto no es
susceptible de explicación puede ser también una forma de justificar lo injustificable
y, peor aún, resignarnos a que –por inexplicable- pueda surgir nuevamente.
En la actualidad junto a la irrupción
de neonazis que exhiben viejas insignias, existen hoy en Europa una nueva
extrema derecha que ha entendido que su supervivencia exige un “lavado” de
imagen: viste informalmente y niega ser racista (al tiempo que niega el holocausto)
y declara un compromiso con la democracia.
Por lo tanto, recordar el pasado
puede lograr que ese odio se reprima y no se convierta en fuerza hegemónica
bajo un disfraz o sensorium nuevo.
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