Informantes y antropólogos/as ¿quién es qué?
Ensayo reflexivo sobre las relaciones personales y el trabajo
de campo
Liliana Bergesio
CONICET/ICSyH-FHyCS-UNJu
E-mail: dlmontial@arnet.com.ar
RESUMEN
Este trabajo pretende dar cuenta de situaciones que se dieron en el trabajo
de campo y que dejaron al descubierto la falacia de la neutralidad del investigador,
mostrando, quizás lo obvio, que es un sujeto social que lleva consigo los atributos
de la persona en las relaciones sociales.
El problema que me plantearon estos dos casos era que mis
informantes se me pegaban, me invadían. Cuando sentí que mis informantes me
fastidiaban, confundían mi rol de investigador con el de una amiga-oreja o
compinche todo pasó a tambalear.
Provisoriamente pensar el campo en forma reflexiva me mostró
que la persona del investigador no se despoja de su género y sus subjetividades
al acceder a él, aunque lo intente. Que el investigador es un sujeto social
que observa y es observado, conoce y es conocido en el campo como en su vida
cotidiana, porque el campo pasa a ser parte de la vida cotidiana de los/as
investigadores e informantes. Pero a la vez en los incidentes del trabajo
de campo se pueden ver los propios términos teóricos de la investigación si
se piensa a éste como un proceso de conocimiento reflexivo de la realidad
social objeto de la investigación.
El contexto de mi trabajo de campo: crónica de encuentros desencontrados
¡Qué tortura sutil sería destruir todos los espejos del mundo...!
¿Dónde buscaríamos entonces la confirmación de nuestra identidad?
Truman Capote. Otras voces, otros ámbitos.
Pensar el campo. No es sencillo cuando uno le esquiva a
ese bulto por trabas metodológicas heredadas y no cuestionadas. Pero en los
últimos meses ciertos supuestos de antropóloga integrada se me empezaron a
derrumbar. Y, sumada a la angustia personal, pensar si realmente sirvo para
esto, estaba el problema de continuar con un trabajo que había empezado y del cual
dependía en gran parte mi sustento económico.
Cuento lo sucedido. A comienzos de 1999 concluí un
trabajo, de poco más de cinco años, sobre características cuantitativas y
cualitativas de los trabajadores por cuenta propia en la provincia de Jujuy incorporando
en el análisis la perspectiva de género y la dimensión cultural, vale decir,
las motivaciones, valores y actitudes que orientan las prácticas sociales y
económicas de estos/as trabajadores. En esa oportunidad el trabajo de campo
consistió en una investigación de tipo etnográfico basada en la observación
participante con entrevistas semi-estructuradas sobre la base de un mismo
guión. El producto de esa investigación fue un libro: "Ganarse la
vida" (Bergesio 2000).
Este libro fue la puerta de entrada que decidí utilizar
para un nuevo proyecto de investigación, ahora en curso y que por ese momento
estaba en la etapa de iniciar el trabajo de campo. Esta vez planeaba, por las
características del proyecto, hacer investigación nuevamente de tipo etnográfico
basadas en la observación participante pero con entrevistas no dirigidas,
utilizando la conversación, procurando rescatar relatos de vida. La idea es
trabajar con menos informantes, en el caso anterior habían sido cincuenta y
cuatro y ahora pienso hacerlo con ocho, aunque estos son seleccionados de esos
ya conocidos. Es decir, estos ocho informantes, son seleccionados/as de esos
cincuenta y cuatro con los/as que trabajé anteriormente.
El tema del actual proyecto es la construcción de
identidades y representaciones sociales en torno a la crisis del trabajo que
plantea el capitalismo de fin de siglo. Analizando las implicancias mayores,
para el caso de la provincia de Jujuy, que conlleva la afirmación de que los
actuales procesos de desintitucionalización ha puesto en entredicho la
correspondencia entre socialización y subjetivación.
Así fue que a comienzos de diciembre del 2000, con mi
libro bajo el brazo, fui a visitar a antiguos-futuros informantes. Todos y
todas me recibieron con mucho cariño y esto fue gratificante. Cada visita fue
larga y placentera donde se tocaron muchos temas. Casi todos habían compartido
mi tiempo de embarazo, por ejemplo, y a algunos no los había vuelto a ver, por
lo que las anécdotas sobre mi hija se cruzaban con las de los suyos. Mates y
charla amena caracterizaron estos primeros encuentros.
En cada caso comentaba mi intensión de comenzar un nuevo
trabajo y de hacerles entrevistas donde conversáramos sobre su trayectoria
laboral, como habían sido sus historias laborales, cuales habían sido los
primeros trabajos y como habían vivido cada cambio. Y siempre terminaba
diciendo: "la idea es reconstruir, contar, tu historia de trabajo, desde
que empezaste a trabajar, hasta ahora".
Todos se mostraban atentos a mi explicación y aceptaban
el nuevo compromiso con, diría yo, entusiasmo. Por ejemplo, José me preguntó
si quería empezar en ese momento y Raquel me invitó a la fiesta de cumpleaños
de su hijo de 6 años que era en una semana. Es en estos dos casos sobre los
que quiero basar el presente trabajo[1].
Todo iba sobre ruedas. Había ingresado al campo. Acepté
la invitación de Raquel al cumpleaños del menor de sus hijos. Ella trabajó
15 años como empleada del Banco Provincia y se retiró cuando se privatizó
(retiro voluntario 1998). Con el retiro compró máquinas de coser industrial
y con ellas trabaja desde entonces con escasas ganancias económicas. Ella
se define como una "ama de casa que a veces hace algún trabajito extra".
Tiene cuatro hijos y está casada con Esteban quien gerenció por casi 20 años
un corralón de materiales de construcción. El dice haber sido "estafado"
por su socio, esposo de su hermana y quedó "en la calle" en 1994.
Desde entonces conduce un remis de su propiedad y él fue informante en el
otro trabajo y ahora yo esperaba que también lo fuera.
Ese día al llegar Raquel me reclamó con mucho énfasis que
haya ido sin mi hija, cosa que hice con intensión, ya que para mí esta reunión
social era parte de mi trabajo, era el campo. No era una reunión social de la
que participaba plenamente en calidad de amiga-invitada. A su vez, como era una
de las pocas mujeres sin hijos de la fiesta me ocupé de ayudar a Raquel y su
hermana adolescente sin hijos, en todos los detalles de atender a los invitados
durante la fiesta y estuve entre las últimas en irse. O sea, a pesar de mi
negación a ser considerada una amiga-invitada me comporté como tal.
Camino a mi casa sentí cierta decepción. No había hecho
nada y sentía que había perdido la tarde, además de estar muy cansada. Las
conversaciones habían sido generalidades, sin profundidad y vacías de
significado para mi investigación. Habíamos hablado mucho pero de nada en
particular. Cuando llegué a mi casa no tenía nada para anotar y atribuí esto a
un error mío, fui a una reunión que no era propicia para tocar temas en
profundidad. Había ingresado al campo pero había elegido mal el lugar para la
entrevista ya que éste no permitía el necesario buen rapport. Pero me consolé
pensando que el próximo encuentro, a solas en su casa iba a corregir el error y
yo ya estaba integrada lo que haría más fácil los próximos pasos.
La llamé a Raquel tres días después para ver si nos
podíamos encontrar, me dijo que habían llegado unos parientes de Tucumán y que
tenía la casa llena de gente, por las fiestas pero me invitó a un asado que
organizaban dos días después, justamente con esta familia que yo no conocía,
pero enfatizó: "Pero no te vas a venir sola, vení con tu marido y con tu
nena así la pasamos todos juntos". Le contesté que no sabía si él iba a
poder, que andaba con mucho trabajo, y que en todo caso yo la iba a llamar
después de las fiestas de fin de año para acordar un encuentro. Ella me
contestó: "Bueno, pero espero que antes nos veamos". Y nos
despedimos. Cuando colgué me desplomé en un sillón con la certeza de haber
elegido mal a mi informante. Yo quería trabajar y ella solo pensaba en
reuniones, asados y encuentros sociales.
Pasé las fiestas sin trabajar en el proyecto y después de
Reyes llamé a José que se había ofrecido para empezar en cualquier momento.
Lo saludé por las fiestas y le recordé lo conversado antes, sobre re-iniciar
las entrevistas. Nuevamente su entusiasmo se puso de manifiesto y yo fui recuperando
el mío. José tiene 48 años, es casado tiene tres hijos adolescentes y vive
a la vuelta de mi casa. Trabaja como empleado de comercio y lo conozco desde
hace más de diez años, fecha en la que yo vine a vivir al barrio. José trabajó
por 20 años en un mismo comercio de venta de telas, hace cinco la tienda cerro
y los mismos dueños le ofrecieron trabajo contratado en otro comercio de su
propiedad de venta de zapatos. Desde entonces le renuevan el contrato anualmente
pero perdió algunos beneficios sociales, la antigüedad y las vacaciones. Sin
embargo en estos cinco años ya cambiaron todo el personal, y el es el único
que queda de los primeros empleados de la zapatería.
Fui a su casa al día siguiente, (lo llamé un viernes y
los sábados a la tarde el no trabaja) y tuvimos una charla de más de tres horas
sumamente fructífera, con mucha información. La conversación la terminé
cortando yo por una cuestión de horarios, apenas sentí que podía hacerlo sin
romper el clima y acordando un nuevo encuentro para el próximo sábado. Yo
durante la semana iba a trabajar sobre lo conversado, y aunque creía que tenía
información suficiente acordé, por las dudas, este nuevo encuentro por si había
quedado algo que yo quiera profundizar ahora. Pero le aclaré que seguro más
adelante lo volvía a buscar porque la idea era profundizar sobre lo conversado.
Esa semana trabaje sobre ésta entrevista y no tenía más
que repreguntar, por ahora, a José así que el viernes a la tarde (él no estaba
en su casa sino en el trabajo) pasé y le dejé el mensaje de que el sábado lo
liberaba del compromiso conmigo y que yo lo iba a llamar cuando tenga algo más
armado para ver cuando podía el continuar con las entrevistas. Ese sábado
estaba en mi casa y al atardecer (habíamos quedado en encontrarnos a las 18
horas y esto sucedió a las 19 horas) José fue a mi casa y me dijo que había
encontrado unas fotos que quería mostrarme de lo conversado la semana anterior.
Pasamos a la sala de mi casa y nos quedamos conversando casi dos horas. Donde,
nuevamente, yo terminé la conversación porque debía resolver cuestiones domésticas.
Confieso que esta vez, al cerrar la puerta después de despedirlo sentí un poco
de fastidio por la irrupción del informante en mi mundo privado.
El miércoles de la semana siguiente lo encuentro en el
centro de la ciudad y me dice: "Que suerte que la encuentro, porque
hoy iba a ir a su casa porque los otros días entre una y otra cosa nos olvidamos[2] de ponernos de cuerdo para
encontrarnos este sábado, ¿nos encontramos en su casa o en la mía?".
Yo tenía ganas de gritarle, en realidad: ¡Ni acá ni allá!, y tenía la extraña
sensación de tenerlo pegoteado al cuerpo y con el fuerte deseo de que se me
despegue. Pero en realidad le respondí que por ahora yo no tenía más preguntas,
que en todo caso lo volvería a llamar luego, cuando avanzara un poco más con
el trabajo.
Y otra vez la desasón. ¿Qué me esta fallando que los
informantes ya no son lo que eran? Una solo quiere fiestas y el otro no se me
despega. Pasaron dos semanas de análisis teórico, desgravaciones y
manicura...cualquier cosa menos volver al, ahora, tan temido campo donde los
informantes parecen pac-man come antropólogas bien intensionadas e ingenuas,
que era en realidad como me sentía.
Fue entonces que me encontré con Raquel y Esteban en la
cola de un cajero automático en el centro de la ciudad. Me saludaron muy
afectivamente al reclamo de: "Ahí está la perdida, claro, ahora que
escribe libros ya no se junta con los pobres. Seguro que ya anduvo de
vacaciones por Brasil con los funcionarios la Señora". El reclamo venía en
tono jocoso pero igual venía y lo tomé. Les dije que no, que no quería
molestarlos con las fiestas y los familiares que tenían en su casa y todo eso.
A lo que Raquel contestó que ya estaba como antes y que si quería podía ir ese
día a la tarde a tomar unos mates, que Esteban estaba de licencia, los hijos
más grandes en sus cosas y los dos más chicos se habían ido a Tucumán por toda
la semana y así conversábamos los tres.
Quiero acá destacar algo, que en su momento no me di
cuenta pero sí fue tema de reflexión posterior. Yo cuando presenté el nuevo
trabajo ante Raquel, y después a Esteban, explique que quería: "conversar
sobre sus historias laborales, que no iba a ser como la otra vez algo más
cerrado sobre temas en particular sino algo más general, que básicamente íbamos
a conversar". Recuerdo haber usado el verbo conversar de diferentes formas
pero en él concentraba mi presentación.
Así que cuando Raquel me invitó a conversar yo salté de
alegría, porque ahí estaba el objetivo de mi trabajo de campo: conversar con
mis informantes Raquel y Esteban. Aleluya.
Llegué justo a la hora prevista a la casa de ellos con
una bolsa de masas (el encuentro incluía mate según las palabras de Raquel).
Había llevado grabador y cassette para tres horas pero en realidad quería
prescindir de él y sólo tomar notas ocasionales si era necesario. Cuando Raquel
abrió la puerta, vestida de ropa de entrecasa (chinelas, pantalón corto y una
remera gastada por el uso) de la casa salió un tentador olor a pan de banana en
su etapa final de horneado. Me recibió afectuosamente y me dijo que Esteban
todavía estaba en la cama porque después de la siesta se había quedado viendo
una película.
El ambiente era ideal, relajado, de entrecasa, sin tensión
aparente. Yo me sentía un poco fuera de lugar porque sí sentía en mi cierta
espectación que estaba un poco desubicada en ese contexto. Raquel sacó,
efectivamente, un pan de banana del horno, puso las facturas en una panera,
preparó el mate y nos sentamos en la galería del patio, muy relajadas a conversar.
Yo saqué una libreta y una lapicera que dejé sobre la mesa y el grabador
apagado pero listo (ya lo había llevado así) para prenderlo en cuanto considere
necesario. Y conversamos, que los chicos, la casa y película que vi ayer. Ella
hablaba casi sin parar, y enganchaba un tema con otro. Pero todos de forma
superficial, comentarios sobre generalidades, opiniones de noticieros, sin
profundizar en nada. Supuse que era una forma de hacer tiempo hasta que venga
Esteban y estaba, en lo personal a gusto en ese lugar fresco, tomando unos
ricos mates. Aunque por momentos la conversación me resultaba aburrida. Llegó
Esteban, otra vez la cordialidad y se sumó como escucha de los relatos de
Raquel. Pocos minutos después y cuando mi ansiedad crecía llegó uno de sus
hijos adolescentes con dos amigos que se sumaron a la ronda de mate y media
hora después inventé una escusa para huir del lugar y lo hice.
Revisé lo que había pasado y la primera y más sencilla
conclusión fue que el error había estado en plantear el encuentro como una conversación,
ya que en esa situación yo había dejado que Raquel manejara la entrevista y me
había desbordado. Por otro lado, sumaba cosas, su amabilidad y la aparente
incorporación de mi persona a su círculo íntimo y esto, junto a lo gratificante
de sentirse querida y bien recibida, era algo que tampoco quería perder y
pensaba: "esto es bueno para la persona pero ¿por qué siento que es malo
para la antropóloga?".
Después de este, que describí con mayor detalle[3], hubo dos encuentros más con Raquel
y Esteban y la constante seguía siendo la conversación sin profundidad, con
múltiples distracciones[4] y cada vez que preguntaba sobre su situación
laboral pasada las respuestas eran un tanto esquivas, yo diría, superficiales,
del tipo: "y bueno, así es la vida, de los trabajos pasados mejor ni
hablar", "dejar de trabajar fue un problema, pero...qué le vas a
hacer".
Pero a esta crónica le falta la cereza. Al día siguiente
del encuentro con Raquel y Esteban que describí en detalle va José a mi casa y
al abrirle me dice: "¡Qué suerte que la encuentro. Necesito hablar con
usted porque tengo un problema en casa y necesitaba conversar con usted!".
Lo hago pasar y me cuenta que su hija mayor de 21 años está embarazada de su
novio, que no trabajan ninguno de los dos, que el es un vago y que esto y lo
otro. Yo no salía de mi asombro de por qué me contaba todo esto y estuve varios
minutos tratando de relacionar esto con mi proyecto de investigación, mientras
él me hablaba y yo pensaba si tenía que buscar el grabador o no. Hasta que el
me despertó y me dijo: "Y mire. Yo no se que hacer. Por eso necesitaba
hablar con usted, porque los otros días cuando hablamos a mi me hizo mucho
bien, ya no estaba tan deprimido y bueno, ahora que me pasa esto necesitaba
hablar con usted para sentirme mejor".
El campo cercano como proceso de conocimiento reflexivo
El problema que me plantearon estos dos casos era que
mis informantes se me pegaban. No la tradicional dificultad de no poder acceder
al campo. Yo accedí pero no me los podía sacar de encima, me invadían los
informantes. La legitimidad del saber del antropólogo se basa en cursos de
teoría y metodología, interminables lecturas y este armamento debería bastar
para alcanzar otros ámbitos, ser dúctiles y accesibles, junto a la utopía
de creernos social y culturalmente solitarios, amplios y distintos del común
de la gente[5]. Así que cuando
sentí que mis informantes me fastidiaban, confundían mi rol de investigador
con el de una amiga-oreja o compinche todo pasó a tambalear.
Guber (1995) sostiene que el trabajo de campo es un proceso
de conocimiento reflexivo de la realidad social[6] que, para la antropología, se produce de manera crucial
en los encuentros entre investigadores y sujetos de estudio. Así, la incorporación
controlada de la reflexividad, entendida más como condición de la realidad
social que como atributo individual del investigador o como premisa de ciertas
líneas teóricas de investigación, tiene consecuencias tanto en la práctica
y el conocimiento sociales, como en la práctica y el conocimiento de la Antropología
(1995:25). Agregando que al aplicar a episodios en apariencia anecdóticos
y personales el mismo tratamiento que daríamos a materiales más convencionales,
se revela cuánto comparte el investigador con la realidad que estudia, permitiendo
contribuir a su esclarecimiento al reconocer estos elementos compartidos (1995:26).
Que los informantes confundieran mi rol de investigadora
con el de una amiga, que no respondieran a mis preguntas con la profundidad
que yo esperaba, y que después de finalizada la entrevista no se produjera
el alejamiento del campo planteaban que yo me había equivocado en mi presentación
o que los elegidos no eran buenos informantes. Pero estas respuestas eludían
el problema y consolidaba la ficción fundamental que oculta del trabajo de
campo antropológico: que el etnógrafo sea -y deba ser- extraño a la realidad
que estudia, de donde tarde o temprano partirá, lo que hace que su experiencia
de campo sea sólo un simulacro de convivencia. Su transitoria presencia en
la aldea-comunidad y sus concesiones ante formas de vida muy distintas de
la suya, le permiten superar los contratiempos y seguir con su trabajo y un
día marcharse sin tener que rendir cuentas de lo hecho y sin haber generado
lazos afectivos basado en su transitoriedad y extrañamiento.[7]
Frederic plantea que es característico del naturalismo
exigir al etnógrafo la construcción de una posición neutra, que le permita
desde su no-participación en el contexto estudiado, registrar todo, para de
este modo construir una visión no sesgada de lo real. El etnógrafo se
constituye así en un no-sujeto, un individuo que no asumiendo rol social
alguno puede ser totalmente objetivo. Se niega la subjetividad para no
distorsionar el objeto de conocimiento ya que el investigador naturalista debe
percibir lo real tal cual es, sin cargarlo de valores, afectos o preconceptos.
Para el naturalismo no hay un sujeto cognocente que participe activamente en
el proceso de conocimiento por esto la relación de investigación no se
problematiza, debido a que sólo hay un sujeto condicionado por su marco de
referencia, y es éste el sujeto-objeto de conocimiento: los informantes
(1998:93).
A fines de los '60, con la caída del orden colonial que
había engendrado la experiencia antropológica, se inició un nutrido debate
acerca de la pertinencia de hacer antropología en el mundo exótico y lo que
entonces había sido una situación de hecho (irse lejos, donde se encontraba
el salvaje en su ambiente natural), se convirtió en objeto premeditado de
justificación teórico-epistemológica. Estaban quienes abogaban por una antropología
en contextos exóticos y quienes auspiciaban la investigación en la propia
sociedad[8] pero, a pesar de
su oposición aparente, ambas posturas coinciden en que los antropólogos extranjeros
o los nativos pueden reconocer lógicas y categorías locales, asegurándose
un acceso no mediado al mundo social, manteniendo la distancia, como pretenden
los externalistas, o fundiéndose con la realidad que estudian, como los nativistas.
El empirismo ingenuo de las afirmaciones que homologan antropología nativa
con menor distorsión de lo observado y mayor invisibilidad del investigador
en el campo, es caso idéntico al de quienes sostienen que sólo una mirada
externa capta lo real científica y desinteresadamente (Guber 1995:29).
Las ilusiones positivistas y naturalistas han sido
examinadas por varios autores, pero del debate ha quedado, sin embargo, la
puesta en cuestión del lugar de la persona del investigador en el proceso de
conocimiento. En tanto que principal instrumento de investigación y término
implícito de comparación intelectual, el etnógrafo es además de un ser
académico, miembro de una sociedad y una persona con su subjetividades.
El naturalismo positivista es nuestro espejo, el de la
antropología contemporánea. Es a quien, como a todo buen padre, uno critica
pero termina pareciéndose, haciendo y pensando como él, siempre y cuando,
no se reflexione al respecto. Y para el naturalismo el investigador/a no es
un sujeto, pero mi trabajo me mostraba que sí lo era y los informantes me
obligaban a comportarme como tal, ellos y ellas me devolvieron mis cualidades
de sujeto. Pero yo, como sujeto, no quería ser su amiga, el campo nuevamente,
me devolvía una imagen mía que no era la esperada. El antropólogo es tolerante
y comprensivo y a mi me fastidiaban mis informantes, pero no en el campo,
tiempo en el cual yo sí era tolerante y comprensiva, me fastidiaban cuando
aparecían en mi tiempo y espacio de ser persona y no antropóloga. Y esto pasaba
porque yo en mi tiempo quería estar con mis amigos y amigas que no eran informantes.
Y esto me llevó a otra cuestión: qué tipo de conocimiento
podían aportar estos episodios para mi investigación. Desde aquí interrogué lo
sucedido poniendo en relación la realidad social que encontraba en el campo y
la mía propia, con los términos teóricos de mi investigación. Para esto recurrí
a los conceptos y usos de la reflexividad.
El concepto de reflexividad proveniente de la
etnometodología aspiraba a poner fin a las pretenciones positivistas de la
invisibilidad del investigador en el campo, de la exhumación automática de la
perspectiva de los actores, y de las garantías absolutas de veracidad y
neutralidad en la obtención de la información a través de instrumentos técnicos
de vasta complejidad. Según Guber, esta noción de reflexividad se contrapone
tanto a la teoría de la correspondencia, según la cual un informe de la
realidad reproduce (o corresponde a) la realidad tal cual es, como a la
constitución subjetiva de la realidad social (1995:30).
Para Harold Garfinkel[9] los análisis de la realidad social y la realidad descripta se
constituyen mutuamente, porque esas descripciones están hechas de expresiones
cuyo sentido deriva del ámbito descripto. Garfinkel abordó este dominio a
través de una serie de investigaciones sobre las propiedades elementales del
razonamiento práctico y de las acciones prácticas. En el curso de estos estudios
trató de desligar la teoría de la acción de su tradicional preocupación por
los problemas motivacionales, y de recentrarla en el estudio de los modos
en que, concientemente o no, los actores sociales utilizan sus conocimientos
para reconocer, producir y reproducir las acciones sociales y las estructuras
sociales. Esta insistencia en el conocimiento de los actores, sin embargo,
reaviva el interés por descubrir las formas en que los actores sociales analizan
sus circunstancias y pueden compartir una comprensión intersubjetiva de ellas.
En este punto las investigaciones de Garfinkel se centraron en el inevitable
carácter contextual del entendimiento ordinario, lo que tuvo como consecuencia
que se apreciaran las formas extraordinariamente complejas y detalladas en
que el contexto de los hechos provee de recursos para la interpretación de
estos (Heritage 1991:292).
Este enfoque requería la plena integración de los
análisis de la acción y del conocimiento. Esta integración se logró
sustituyendo el enfoque motivacional del análisis de la acción social por un
enfoque metódico de este tema, y se resume programáticamente en una de las
tesis fundamentales de Garfinkel: "...las actividades por las cuales los
miembros producen y controlan los escenarios de hechos cotidianos organizados
son idénticas a los procedimientos para hacerlos explicables (account-able)
esos contextos" (Heritage ob.cit.).El carácter reflexivo o encarnado de la
prácticas explicativas y de las explicaciones componen el eje de esa tesis.
Queriendo decir con "explicables" que sus intereses están dirigidos a
objetos observables y de los que se puede dar cuenta (reportable), accesibles a
los miembros como prácticas situadas susceptibles de ser miradas y contadas.
Pero también esas prácticas consisten en un sin fin de realizaciones
contingentes en curso; que son llevadas a cabo bajo el lema y hechas ocurrir
como eventos de los mismos asuntos ordinarios que, al tiempo que organizan,
describen; que las prácticas son realizadas por los participantes en
circunstancias cuyo conocimiento, destreza y habilidad para el trabajo
detallado, en suma, cuya competencia (de la cual ellos obstinadamente dependen)
reconocen, usan y toman por garantida; y que tomen su competencia como
garantida para si mismos les suministra los rasgos particulares y distintivos
de un conjunto, y por supuesto, les proporciona tanto los recursos como los
problemas, los proyectos, y todo lo demás (Garfinkel 1996:81).
Por esto Guber sostiene que ni el investigador es un observador
externo a la realidad que estudia, ni los sujetos ni el investigador están
en un lugar no-interpretado. Marilyn Strathern define a la auto-antropología
como aquella que se lleva a cabo en el contexto social que la ha producido.
La cuestión no es si las credenciales del investigador coinciden con las de
los informantes, sino saber "si existe continuidad cultural entre los
productos de su labor y lo que la gente en la sociedad estudiada produce en
términos de explicaciones de sí misma".[10] Strathern propone el concepto de reflexividad conceptual que
no se limita a un despliegue de la sensibilidad individual del investigador,
sino que concierne al "proceso antropológico de conocimiento (que) se
erige sobre conceptos que pertenecen también a la sociedad y cultura bajo
estudio".[11] Pero que el investigador proceda
del mismo mundo social que los sujetos no garantiza que sea capaz de identificar
las discontinuidades entre la comprensión de los informantes y los conceptos
analíticos, ni que adopte los géneros culturales apropiados para expresar
su interpretación (Guber 1995:31).
Por su parte Guebel y Zuleta (1995:99) también hacen
hincapié en el modo en que el campo se impone, moldeando el trabajo y
delimitando el hacer y por otro lado la pertinencia metodológica de la consideración
del género del/la investigador/a. Como ya se dijo, la persona que investiga
entra en relación con el orden social y la lógica local y esta relación es
experimentada y expresada en las relaciones concretas que se establecen con los
integrantes de la comunidad estudiada. Es en estas relaciones concretas que el
antropólogo aprende a conocer y es conocido por parte de la comunidad y es aquí
donde encuentran que su género es un dato relevante, ya que su condición de
varón o mujer, posibilitará o dificultará el acceso, la recolección de datos,
el tratamiento de ciertos temas, habilitando ciertas relaciones a la vez que
proscribirá otras. Destacando que el género de quien investiga se pone en juego
en el momento en que se realiza el trabajo de campo y por ello es importante a
los efectos metodológicos tenerlo en cuenta. Surgiendo así el interrogante de
cómo poner a jugar a favor de la investigación aquello que en la situación de
campo aparece como una dificultad, como una limitación o como un obstáculo
(Guebel y Zuleta 1995:99).
Sobre el objeto de mi investigación
[12]
Las actuales transformaciones estructurales de la sociedad
en estos tiempos y espacios globales[13] generaron (y generan) nuevos procesos como
consecuencia de los profundos cambios que afectan el actual orden global,
y que han producido la reestructuración de las relaciones sociales y, con
ello, se han desdibujado los marcos de regulación colectiva que condicionaban
la conducta individual otorgando identidades definidas y, en cierto modo,
estables.
Para conceptualizar estos cambios, que remiten a un análisis
de las consecuencias sociológicas de las nuevas relaciones que se establecen
entre estructura y acción, algunos autores subrayan la especificidad que adquieren
los procesos de individualización en la actual fase de inflexión estructural.
Expulsados de las antiguas estructuras (normativas y sociales) que definían
la orientación de sus conductas y los dotaban de certezas, los sujetos se
ven obligados a producir su acción en un contexto donde los márgenes de imprevisibilidad,
contingencia e incertidumbre se amplían considerablemente. Pero mientras algunos
consideran que la dinámica de individualización se caracteriza por la progresiva
emancipación del agente respecto de las estructuras, otros ponen de relieve
el carácter deficitario del individualismo contemporáneo, despojado de sus
antiguos soportes colectivos.
Para ejemplificar la perspectiva primeramente enunciada
se pueden citar los trabajos de A. Giddens[14] y U. Beck[15]
para quienes el sujeto aparece como un individuo compulsivamente emancipado,
productor y responsable de su propia biografía por consiguiente, la identidad
deviene un proyecto reflexivo y autónomo a construir. Estos autores realizan
el inventario de los nuevos recursos, especifican los agentes, indican la
formación de nuevos clivajes y explican a partir de ello la dinámica propia
del proceso de individualización.
Otros autores, desde postura diferente presentan una lectura
de las consecuencias negativas, enfatizando la ausencia de recursos o su fragilización.
A partir de esto señalan la multiplicación de formas de anomia, los rostros
de la desafiliación contemporánea (Castel 1995), así como las nuevas relaciones
de dependencia y el catálogo de las nuevas patologías sociales (Ehremberg
1999) e incluso los efectos corrosivos que sobre el carácter y la moralidad
tiene el ethos manifiesto en las nuevas reglas del capitalismo flexible (Sennet
2000). Para estos autores la exigencia de autonomía y la necesidad de subjetivación
ponen al descubierto un déficit básico de soportes que caracteriza la situación
del individuo contemporáneo y, de manera más general, la crisis del lazo social.
Sobre esta última perspectiva quisiera concentrar el análisis.
Finalmente...¿qué puede haber pasado?
"Lejos de permanecer como una realidad cerrada en sí misma
o como un medio para obtener información,
el trabajo de campo afecta y es afectado por las relaciones
sociales que se analizan".
Guber (1995:37)
Pensar desde este marco teórico lo ocurrido me plantea
nuevos posibles enfoques. Por un lado, y por ser lo más obvio, considero que mi
género, el femenino, influyó, como lo hace siempre, en la relación con los/as
informantes. Raquel planteó en una ocasión que:
"..cuando trabajaba en el Banco tenía muchas amigas
que eran compañeras de trabajo, pero ahora, solo puedo conversar con las vecinas,
a veces, y como con mi cuñada estoy peleada[16], la verdad que casi no tengo amigas..."
Y a esto se suma la actitud de Estaban en cada encuentro.
Siempre me recibía Raquel, ella fue siempre quien me llamó y hasta la primera
en acercarse a mi cuando nos encontramos en la calle. Esteban participaba pero
distante, entraba y salía de la escena del encuentro, no se sentía con la
obligación de atenderme, creo que el pensaba que yo era la visita de Raquel, no
la suya. José también comentó algo en este sentido:
"Yo en mi trabajo anterior, donde trabajé casi veinte
años tenía muchos amigos, pero ahora los que trabajan conmigo, que son más
jóvenes y siempre andan con poco tiempo... ya no se hacen reuniones como antes.
Además que les voy a contar mis cosas, ellos creen que se pueden llevar el
mundo por delante, piensan que mis problemas son de poca importancia...Yo no
les contaría de mis cosas, ellos siempre hablan de grandezas".
La crisis de la sociedad salarial (Castels 1995) plantea
este tipo de conflictos, de relaciones despersonalizadas, donde Raquel no
encuentra lugares de socialización y José no quiere ser juzgado por los que
trabajan con él (ni siquiera los llama "compañeros"). Así, yo le
ofrecía ese espacio de socialización a Raquel, que ella tanto necesita y para
José era una escucha imparcial pero a la vez que no era competencia y que tenía
una sensibilidad diferente a las de los hombres de su trabajo. Esto lo dijo en
otra ocasión, cuando me contó el embarazo de su hija:
"...Yo le cuento esto porque usted es mujer, y yo
pensé, ¿quién mejor que ella que es joven y mujer me va a poder entender por lo
que yo estoy pasando?"
Pero a su vez en el capitalismo flexible de fin del siglo
XX las relaciones son superficiales, descompromitidas, a corto plazo (Sennett
2000). Esto es lo que yo sentía en el caso de Raquel, me buscaban para hablar
pero sin profundidad, de cosas no comprometidas, de generalidades
superficiales. Lo que se generaba eran relaciones superficiales, amistades
veloces sin profundizar lazos.
Robert Castel considera que la asociación trabajo estable/inserción
relacional sólida caracteriza una zona de integración y, a la inversa, la
ausencia de participación en alguna actividad productiva y el aislamiento
relacional conjugan sus efectos negativos para producir la exclusión, la desafiliación.
La desafiliación no necesariamente equivale a una ausencia completa de vínculos,
sino también a la ausencia de inscripción del sujeto en estructuras dadoras
de sentido. Se postulan nuevas sociabilidades flotantes que ya no se inscriben
en apuestas colectivas. La vulnerabilidad social es una zona intermedia, inestable,
que conjuga la precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de
proximidad (1995:15). El propio ciclo de la vida se ha vuelto flexible, con
la cultura de lo aleatorio[17], las vicisitudes de una vida
profesional más dura y una vida pos-profesional que suele extenderse desde
una salida prematura del empleo hasta los límites en continuo retroceso de
la cuarta edad. Todo el conjunto de la vida social es atravesado por una especie
de desinstitucionalización[18] entendida como una desvinculación
respecto de los marcos objetivos que estructuran la existencia de los sujetos.
Pero la gente se aferra a estos lazos sociales y busca generarlos en los intersticios,
en los escasos espacios que se generan. Y la situación de entrevista, sin
problemas de horarios y con una oyente atenta es un espacio a atrapar en este
contexto un tanto desolador y de soledad, para usar una expresión de Raquel.
Alain Ehrenberg (1999) quien abordó el análisis de las
formas de individualismo positivo señala la emergencia de una neo-traumatología,
en la cual la referencia repetitiva a una realidad factual confiere a la sintomatología
un carácter de neurosis actual motivada por despidos, desempleo o precaridad.
Donde, lo más significativo, es que las problemáticas centradas en lo deseado
y lo prohibido han cedido el paso a problemáticas centradas sobre la pérdida
de objetivo y de la identidad subjetiva. Sobre todo, los conjuntos sintomáticos
parecen más fluidos, polimorfos, con somatizaciones y falta de acción y los
pacientes están a menudo cautivos de un eterno presente.[19]
Esto también lo plantea Richard Sennet (2000) pero va aún
más lejos que Castel y Ehremberg al señalar los efectos corrosivos que sobre
el carácter y la moralidad tiene el ethos manifiesto en las nuevas reglas
del capitalismo flexible o incluso cuando rescata aquellos aspectos considerados
más alienantes del sistema capitalista, como la rutina laboral. La flexibilidad
crea ansiedad: la gente no sabe qué le reportarán los riesgos asumidos ni
qué caminos seguir. Siendo el aspecto más confuso de la flexibilidad su impacto
en el carácter ya que éste se centrar en el aspecto duradero, a largo plazo,
de nuestra experiencia emocional, aspecto hoy en crisis. Pero en el mercado
global y el uso de las nuevas tecnologías, hay nuevas maneras de organizar
el tiempo y en especial el tiempo del trabajo y el signo más tangible de ese
cambio podría ser el lema nada a largo plazo. Esto afecta el carácter y para
ejemplificarlo Sennet toma la cuestión del compromiso y la lealtad. Nada a
largo plazo es el principio que corroe la confianza, la lealtad y el compromiso
mutuos donde la armadura del comportamiento es el desapego y la cooperación
superficial. Agregando que el capitalismo del corto plazo amenaza con corroer
el carácter, en especial aquellos aspectos del carácter que unen a los seres
humanos entre sí y brindan a cada uno de ellos una sensación de un yo sostenible.
Es así que Sennet plantea que la cultura del nuevo orden
trastorna profundamente la auto-organización. Puede separar la experiencia
flexible de una ética personal estática. Puede separar el trabajo sencillo
y superficial de la comprensión y el compromiso. Puede hacer del riesgo constante
un ejercicio de la depresión. El problema al que nos enfrentamos es cómo organizar
nuestra vida personal ahora, en un capitalismo que dispone de nosotros y nos
deja a la deriva (2000:123).
Raquel y Esteban no querían hablar del pasado y el futuro
se les presenta incierto, por esto no quieren profundizar sobre su situación
y ni siquiera recordar más allá de anécdotas superficiales. José está parado,
también, en medio de la nada, sin saber para donde seguir, y por eso acude
a mí, que parece que sé adónde voy para que lo ayude con su problema familiar
y su pregunta cuando terminó su relato fue: "Dígame...¿qué tengo que
hacer?".
Conclusiones provisorias
Esta investigación, en su análisis teórico y de trabajo de
campo, esta en menos de la mitad de su desarrollo. No se que como se irán
sucediendo los conceptos y las experiencias en el campo. Pero, después de
esta experiencia, he visto cómo el investigador no es neutro, un instrumento
que se puede ocultar bajo las premisas del buen uso de técnicas, sino que
es un sujeto social, es decir, que lleva consigo los atributos de la persona
en las relaciones sociales.
Provisoriamente pensar el campo en forma reflexiva me mostró
que la persona del investigador no se despoja de su género y sus subjetividades
al acceder a él, aunque lo intente. Que el investigador es un sujeto social
que observa y es observado, conoce y es conocido en el campo como en su vida
cotidiana, porque el campo pasa a ser parte de la vida cotidiana de los/as
investigadores e informantes. Pero a la vez en los incidentes del trabajo
de campo se pueden ver los propios términos teóricos de la investigación si
se piensa a éste como un proceso de conocimiento reflexivo de la realidad
social objeto de la investigación.
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