La imagen de la mujer en las comunidades católicas :
entre la tradición y el cambio
Verónica Giménez Béliveau
Introducción
Este trabajo aborda la problemática mujer y
religión en Argentina. Me centraré particularmente en la producción de
representaciones sociales de la mujer al interior del catolicismo. El escenario
religioso contemporáneo está marcado por un doble proceso de fragmentación
y de comunalización: con respecto a la fragmentación, la elección individual
prima en el compromiso religioso; en cuanto a la comunalizacion, florecen
las comunidades de creyentes que se constituyen en espacios privilegiados
de construcción de identidades. Las instituciones religiosas, que regulaban
el campo de las creencias, pierden su influencia sobre la vida cotidiana de
los fieles. Esta pérdida de regulación no se traduce, sin embargo, en una
pérdida definitiva de presencia social: en una sociedad como la Argentina,
en la que la Iglesia Católica ha ejercido una hegemonía sostenida, la institución
sigue proponiendo aún claves de interpretación del mundo y de la sociedad.
Pero la fragmentación religiosa ha llegado al interior del catolicismo, donde
los diferentes actores luchan por imponer su cosmovisión.
A esta dinámica propia del espacio religioso debemos
sumar los datos dramáticos del contexto de la crisis económica, social y política
en el que el país se ve inmerso desde hace años. La desarticulación de la
industria ha producido tasas de desocupación nunca antes registradas. El 50%
de la población está sumida, según las últimas mediciones oficiales, en la
pobreza, superando ampliamente los porcentajes históricos. Las repercusiones
de la crisis económica no tardan en hacerse sentir en las estructuras sociales
y familiares: el marido desocupado, es la mujer quien sale a buscar trabajos
a menudo mal pagados. Es así que las tasas de trabajo femenino aumentan en
los sectores populares.
La crisis económica y social se monta sobre crisis
más profundas ligadas a la situación del individuo en la sociedad contemporánea:
una especie de malestar frente a un mundo que aparece como desorganizado y
desorganizador, en el cual resulta difícil encontrar los ejes de sentido estructuradores
de la existencia. Frente a esta situación, las claves de interpretación del
mundo y de la realidad propuestas por el catolicismo no asumen una sola dirección,
no son unívocas, y los grupos al interior de la Iglesia sostienen representaciones
del mundo y del ser humano que a menudo entran en conflicto entre ellas.
La imagen de la mujer asume un lugar central en
la construcción del imaginario: la representación de la mujer está ligada
a la construcción de los diferentes tipos de comunidad. Presentaré aquí dos
espacios dentro del catolicismo, para comparar la representación de la mujer
que se constuye al interior de los mismos. El primer grupo está ligado al
progresismo, el segundo al tradicionalismo católico. La elección de los grupos,
cuyas representaciones se situan en extramos opuestos del universo católico,
ayudará a comprender la diversidad de posiciones presentes en el seno del
catolicismo argentino.
El espacio del pluralismo
Abordaré en principio el espacio del catolicismo
progresista. Restablecida la democracia en 1983, un grupo de militantes cristianos
comprometidos, miembros de Organizaciones no Gubernamentales y de Comunidades
Eclesiales de Base, se proponen construir un espacio crisiano en el cual retomar
los principios de la Teología de la Liberación. Con una marcada orientación
hacia lo social, este tipo de catolicismo trabaja en el compromiso prioritario
con los excluidos, apoyándose en los principios de pluralismo y diversidad.
La Opción por los Pobres es la bandera de este espacio, cuyos actores
principales son los laicos.
Los Seminarios de Formación Teológica se
han constituido a lo largo del tiempo como el centro articulador del espacio.
El primer seminario tiene lugar en 1986, y se repiten todos los años a partir
de entonces, convirtiéndose en el eje de una densa dinámica organizacional.
La asamblea anual de los Seminarios reúne una miríada de grupos más o menos
institucionalizados, que trabajan en todo el territorio nacional. Desde organizaciones
no gubernamentales ecologistas hasta grupos de mujeres contra la violencia
familiar, desde comunidades de religiosas comprometidas en sectores populares
hasta grupos políticos y sindicales de izquierda, y sobre todo fieles católicos
que trabajan en las parroquias, el público de los seminarios es amplio y diverso.
Estas organizaciones sociales que actuan en los
sectores populares tratan de aportar respuestas a las nuevas situaciones producto
de la feminización del trabajo. Los comedores comunitarios, los jardines de
infantes asociados a parroquias católicas o a iglesias pentecostales, los
grupos de madres que organizan el cuidado de los niños, aumentan al ritmo
de la crisis. El rol de la mujer está en el centro de las transformaciones,
no solo porque es la posición relativamente nueva de la mujer trabajadora
que crea necesidades originales, sino también, y sobre todo, porque las respuestas
a estas nuevas necesidades son mayoritariamente femeninas. La participación
de las mujeres en los movimientos sociales y religiosos supera ampliamente
la de los hombres. El caso de los Seminarios de Formación Teológica es un
ejemplo: entre 1996 y 1999, alrededor de un 70% de los participantes son mujeres,
contra un 30% de hombres. Esta feminización del público asistente a los Seminarios
(que ha sido progresiva) ha contribuido a instalar la problemática de la mujer
en la agenda de discusión de los encuentros.
Es posible distinguir diferentes corrientes de
discurso y de reflexión sobre la representación de la mujer en el catolicismo
progresista. Podríamos asociar estas corrientes de pensamiento, que muestran
distintos grados de sistematización, con espacios sociales diferenciados.
En principio, sectores de la militancia feminista
estuvieron siempre presentes en los Seminarios. Con un discurso organizado
y compacto, estos grupos de mujeres de los sectores sociales medios contribuyeron
a la reflexión de temáticas de género.
En segundo lugar, especialistas religiosos y asistentes
sociales insertos en sectores populares han acercado sus reflexiones alrededor
de la mujer. Las religiosas y los sacerdotes trabajan sobre todo con las familias
y las situaciones de violencia doméstica, intentando contribuir al desarrollo
de relaciones más igualitarias y menos violentas en el seno de la comunidad
familiar.
Finalmente, reflexiones menos sistematizadas son
llevadas a cabo por grupos de mujeres de los sectores populares, que están
cada vez más presentes en el seno de las organizaciones. Estas agrupaciones
trabajan fundamentalmente sobre el rol de la mujer de los sectores populares,
y sus transformaciones frente a los cambios sociales.
Estas tres corrientes se articulan, y la interacción
produce una imagen de la mujer que rompe con algunos presupuestos del catolicismo.
Esta nueva construcción no es por supuesto homogénea, existen tensiones entre
los grupos, pero globalmente vemos emerger concepciones nuevas sobre el rol
de la mujer y de la familia.
Entre estas nuevas concepciones, es posible apreciar
una transformación de la imagen de la mujer que se tiende a consolidar. La
mujer no es ya pensada como un complemento secundario del hombre, sino percibida
como una unidad en sí misma. La identidad de la mujer es repensada y retrabajada,
siguiendo tres ejes fundamentales: el cuerpo y la sexualidad, los roles familiares
y el compromiso en las luchas sociales, eclesiásticas y políticas, a partir
de una perspectiva femenina.
En primer lugar, la redefinición del cuerpo es
una de las problemáticas centrales de los grupos de mujeres cristianas progresistas.
Los esfuerzos por separar las determinaciones biológicas de las construcciones
culturales sobre la maternidad se han convertido en una de sus apuestas principales.
Sin promover abiertamente el derecho al aborto, la reivindicación del derecho
a una “maternidad responsable y libre” es el punto de partida de una serie
de redefiniciones en relación con la maternidad: no se trata ya de una imposición,
inscripta en el orden natural de las cosas, sino de una elección que las mujeres
se reservan para ellas y para sus familias. En este sentido, las exigencias
de la puesta en marcha de políticas públicas de control de natalidad se expresan
con fuerza, sin tener en cuenta la oposición de la Iglesia a todos los métodos
anticonceptivos considerados no naturales.
Este cambio de la relación a la maternidad implica
también una transformación en la relación con el cuerpo. El cuerpo, liberado
de los imperativos biológicos, se convierte en fuente de goce. La sexualidad
aparece como uno de los ejes de la vida humana, una sexualidad basada en sentimientos
de amor y responsabilidad hacia el otro, pero opuesta a la moral represiva
de las jerarquías católicas. El espacio del catolicismo progresista reivindica
la “realización de una nueva lectura de la moral sexual católica,[1]" que es asociada por los fieles
a la idea de liberación interior y también en relación con las normas institucionales,
percibidas como opresivas.
La construcción de una idea del cuerpo transformado
es asociada también a la metaforización del hecho de dar vida. En efecto,
desanclado de sus raíces biológicas, el hecho de dar vida es percibido como
la producción de proyectos, tanto en el ámbito de la familia como de la vocación
o de la militancia. Y entendido desde esta prspectiva, el “dar vida” no es
ya exclusivamente femenino, sino que se extiende a todos los cristianos y
cristianas de los sectores populares.
El segundo de los ejes de reflexión sobre la imagen
de la mujer es el ámbito de las relaciones familiares. A partir de la inserción
de las mujeres de los sectores populares en el mercado de trabajo, y de la
reducción del tiempo dedicado al hogar y a la familia, se abren nuevas posibilidades
de reflexión sobre los roles familiares. Las críticas al machismo son numerosas,
pero la discusión sobre las situaciones de injusticia en la distribución de
los roles familiares continúa aún abierta: el discurso sigue anclado en la
discusión en torno de los casos de violencia familiar. Se escuchan, son embargo,
algunas voces que proponen la revisión del rol del hombre, y que llaman a
la construcción de otro tipo de familia. La idea que la figura del hombre,
y su rol en el seno de la familia, debe cambiar luego de las transformaciones
de la posición de la mujer comienza a ser sugerida, y los organizadores de
los Seminarios la sostienen activamente.
La lucha por la igualdad de los roles, difícil
de sostener en el ámbito privado, es en cambio claramente explicitada en el
espacio público. El derecho de las mujeres a un compromiso más activo en el
seno de la comunidad y en la esfera de las decisiones políticas es sostenido
activamente por los cristianos y las cristianas progresistas. Las reivindicaciones
se suceden: desde las denuncias contra la utilización sexista del lenguaje,
hasta las demandas de apertura de los espacios jerárquicos reservados a los
hombres, las mujeres muestran una voluntad de compromiso que va más allá de
la intención de detentar el poder, ya que propone una construcción de un punto
de vista femenino del espacio público. En este sentido, los intentos de pensar
teológicamente a Dios como mujer, y las reflexiones sobre el “rostro materno
de Dios;[2]" muestran el interés
del espacio en la promoción de una nueva perspectiva teórica, que se complementa
con un trabajo en las comunidades parroquiales sobre la "lectura de la Biblia
con ojos femeninos[3]."
Las críticas a la institución, que sigue impidiendo
el acceso de las mujeres a los espacios jerárquicos están presentes, pero
son menos fuertes de lo que podría suponerse. Hay por cierto reclamos que
exigen la igualdad de derechos de los hombres y las mujeres en el seno de
la Iglesia, y que denuncian la actitud hipócrita de la institución que, por
un lado, utiliza a las mujeres como vector de transmisión del catolicismo,
y por el otro les niega el acceso a las instancias dirigenciales. Pero estas
voces no son masivas, y no llevan sus reclamos demasiado lejos. Las demandas
de participación se centran sobre todo en los espacios comunitario, político
y social.
La imagen de la mujer en el catolicismo progresista
se separa así de las determinaciones biológicas asociadas a la maternidad.
La mujer es concebida como una actriz social, a la vanguardia de la construcción
de una nueva familia, basada en relaciones más igualitarias entre los sexos.
Participa en las luchas comunitarias, sociales y eclesiásticas, sin adoptar
sin embargo posiciones de ruptura frente a la Iglesia. La construcción de
una nueva identidad de la mujer no toma, sin embargo, la forma de un discurso
de género, asume más bien las características de un discurso vitalista, que
piensa a la mujer en el centro de un movimiento de creación de vida libre,
responsable y sobre todo metaforizada: la mujer es madre pero esenciamente
fuente de proyectos asociados con la continuidad de las luchas comunitarias.
Los ideales de mujer son, entonces, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.
La construcción de un imaginario innovador de la mujer
contribuye a diseñar una estrategia comunitaria de apertura al mundo. Los
intentos de dar respuestas a las situaciones plurales y nuevas de las mujeres
evidencian una voluntad explícita de la comunidad de interactuar con la sociedad,
adaptándose a las transformaciones sociales.
Esposa, madre, militante
Presentaré ahora la imagen de la mujer en los
grupos tradicionalistas, y trabajaré particularmente el caso de FASTA (Fraternidad
de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino). FASTA nace hacia fines de los años
’60, a partir de la influencia de un sacerdote dominicano sobre un grupo de
jóvenes católicos. Estos se proponen fundar un “movimiento épico que transmita
a los jóvenes las grandes virtudes del amor a Dios y a la Patria.[4]" El grupo se extiende entre los sectores medios
de la población urbana, y centra su trabajo en el ámbito de la educación de
los jóvenes. Según sus dirigentes, el objetivo de FASTA es difundir la cultura
católica.
Las representaciones de la mujer en los grupos
tradicionalistas católicos está ligada estrechamente al concepto de familia,
que se vuelve uno de los ejes del trabajo del grupo. No existe construcción
de la identidad femenina fuera del marco impuesto por el matrimonio cristiano.
La familia es construida en tanto que espacio simbólico, al interior del cual
la mujer encuentra su plenitud. Noción cargada de referencias esencialistas,
la familia es definida como “una institución natural en la cual los roles
sexuales –y no de género- están fijados desde siempre[5]":
la inmutabilidad es una de sus características principales, y ésta es justificada
en los orígenes divinos de la célula familiar. Según los grupos tradicionalistas,
es Dios quien ha querido determinar las posiciones jerárquicas y las tareas
en el hogar: la distribución de los roles del hombre y de la mujer es entonces
natural, porque reconoce raíces trascendentes.
Los condicionamientos biológicos de la mujer determinan
su posición en el seno del hogar: la maternidad es considerada como la misión
y el destino que todas las mujeres deben desear. “Queremos que la mujer afirme
su sentido maternal como la expresión más excelente y completa de lo femenino,
tanto en su condición conyugal o espiritual como … religiosa.[6]"
Los tradicionalistas católicos construyen la maternidad
como el fin y la confirmación de la femineidad, en cuanto ésta está inscripta
en el desarrollo natural de la vida de las mujeres. La maternidad se
convierte así en una imposición divina y biológica: el hecho de ser madre
es vivido como un destino que no debe ser “ni delegado ni postergado.[7]" El grupo organiza la educación
de los niños y las jóvenes mujeres basada en la figura de una mujer empapada
de virtudes católicas. Uno de los ejes del trabajo de los grupos es la formación
sistemática e integral de la mujer: FASTA, por ejemplo, organiza frecuentemente
jornadas de reflexión, congresos, campamentos, vacaciones y retiros espirituales
destinados a la producción y a la reproducción de su representación de la
mujer. Pero los esfuerzos de FASTA se centran sobre todo en el desarrollo
del sistema educativo formal: escuelas primarias, secundarias y universidades
han sido creadas con el objetivo de inculcar en los y las jóvenes "los ideales
de cristiandad y las virtudes católicas y patrióticas.[8]" Para ello, en los establecimientos escolares,
la formación de los niños y los jóvenes se estructura de manera diferenciada
según los sexos, y ésto a todos los niveles escolares y en la mayoría de las
materas enseñadas: de la biología de los seres humanos a la educación física,
el programa está pensado para la construcción de identidades distintas para
los varones y las mujeres.
El grupo trabaja en la profundización de los rasgos
identitarios considerados exclusivamente femeninos o masculinos. De este modo,
“las virtudes femeninas” serían la obediencia, la discreción, la delicadeza,
la decencia, el orden. Dado que las mujeres están destinadas a comprender,
consolar y acoger a los hombres, el objetivo de FASTA es educar a las jóvenes
para que se conviertan en madres castas, discretas, obedientes: “en el secreto
de los hogares despliegan con magnanimidad la ternura, la afabilidad, la fuerza,
la esperanza, la ascesis.[9]"
La representación de una mujer sumisa, y sobre todo relegada el espacio privado
es reforzada con insistencia en las publicaciones, los discursos públicos
y los boletines internos de los grupos tradicionalistas.
El modelo se completa con la exposición constante
de los ejemplos a seguir. Santa Juana de Arco, Santa Rosa de Lima, Santa Catalina
de Siena son señaladas con insistencia como los ideales de mujer. La virginidad
y la castidad, la obediencia, la sumisión a la familia y a la voluntad de
Dios, el patriotismo son las virtudes católicas que las jóvenes son impulsadas
a imitar.
La mujer no solo debe mostrar sumisión a su marido,
sino que esta sumisión debe ser también voluntaria, deseada, y es considerada
como la misión y la vocación del género femenino. La familia está basada,
según el imaginario de los grupos católicos, en esta concepción del rol de
la mujer, que garantiza la transmisión de la religión y de las tradiciones
al interior del hogar. Esta tarea de “primera educadora”, como la llaman,
se vuelve fundamental en el imaginario de los grupos en relación con su concepción
de la sociedad: los católicos tradicionalistas consideran al mundo moderno
como un espacio perverso y perversor, en el cual se han diseminado las ideologías
destructivas de la fe y de la Iglesia. Entre las ideologías destructivas,
el feminismo ocupa un lugar de importancia. El modelo de mujer católica se
opone al modelo de mujer “light”, liberada, moderna. La mujer “moderna” se
inserta en el mundo del trabajo, descuida sus obligaciones hacia su familia,
y no logra encontrar su identidad, dado que vulnera su “esencia femenina.”
La mujer católica, en cambio, encuentra su realización “natural” en el seno
de la familia, estructurada según principios jerárquicos: los hijos se someten
a los padres, la mujer es dominada por el marido. La alegría en el servicio
de la familia es una de las principales virtudes que el grupo valora en la
mujer.
La hostilidad del grupo hacia el mundo moderno
se expresa en muchos niveles, a menudo ligados a las representaciones de la
mujer y de la familia.
El ámbito de la sexualidad es de hecho un tema
de discusión permanente entre los miembros de los grupos, que consideran que
la sexualidad entre los seres humanos no puede desarrollarse fuera del matrimonio
cristiano. Indisolublemente ligada al amor, los grupos suponen que la sexualidad
sólo debe darse en una pareja bendecida por Dios a través del sacramento del
matrimonio. No hay elección sexual posible por parte de las mujeres, se trata
más bien de un “acto sublime” que tiene lugar solamente con el fin de transmitir
la vida. En consecuencia, la sociedad contemporánea es fuertemente criticada
porque ofrece un modelo de sexualidad fuera del marco de las normas morales
y religiosas. El supuesto crecimiento del erotismo y la pornografía en la
sociedad y en los medios de comunicación es relacionado con la promulgación
de la ley de divorcio (1984), considerada un ataque a la familia tradicional.
La oposición al mundo moderno es evidente también
en el ámbito educativo. La escuela pública, que educa a los jóvenes siguiendo
un programa laico, representa para FASTA una intromisión ilegítima del Estado
en el derecho de los padres de educar a sus hijos según sus propios valores.
De hecho, si la escuela no forma a los jóvenes, y sobre todo a las jóvenes,
según las “normas cristianas”, ellas no la podrán transmitir a su vez en el
seno de sus familias. FASTA por lo tanto sostiene activamente políticas de
privatización de la educación.
Esta lucha permanente contra los males del mundo
moderno tiende a construir una comunidad más bien cerrada sobre sí misma,
y cuidadosa de sus límites. El grupo ejerce una vigilancia continua sobre
los sujetos, proponiéndoles un conjunto de recursos para reproducir a su vez
la ideología de la comunidad, al mismo tiempo que la comunidad misma.
A modo de conclusión
He intentado en este artículo abordar la reacción
de los grupos del catolicismo frente a las transformaciones sociales, particularmente
en relación con las representaciones de la mujer que se construyen en las
comunidades.
Frente a un contexto de crisis, de feminización
del empleo, y de crecimiento del número de mujeres jefas de hogar, las respuestas
de los grupos católicos son plurales, incluso opuestas.
Mientras que los grupos tradicionalistas se repliegan
sobre una concepción de la mujer anclada en la idea de sacrificio ligado a
la maternidad, los grupos progresistas intentan nuevas respuestas, renovando
así la imagen de la mujer. Existe asimismo una relación entre esta construcción
del ideal de mujer, y el tipo de comunidad: los grupos tradicionalistas proponen
una comunidad separada del mundo, mientras que los grupos progresistas construyen
una estructura comunitaria integrada a la sociedad moderna.
El marco integrador de la Iglesia católica contiene
esta realidad compleja y plural, y los grupos negocian al interior de la institución
sus diferencias y sus puntos de acuerdo. Sin embargo, en un contexto de transformación
del espacio religioso, y frente a los procesos de individualización y de pérdida
de influencia de las instituciones dadoras de sentido, las comunidades se
convierten en espacios privilegiados de construcción de las identidades. En
este sentido, la redefinición de la imagen de la mujer en el seno de los movimientos
católicos se vuelve una de las apuestas principales: la continuidad de las
comunidades se juega, entre otros espacios, en la posibilidad de recrear un
modelo de mujer coherente para proponer a un público mayoritariamente femenino.