Turismo y autencidad: hacia una propuesta relacional para el estudio de
la interacción entre nativos y turistas en las comunidades locales
Jorge Gobbi[1]
III Encuentro
de Turismo Cultural-NayA, Buenos Aires, 30-31 octubre y 1° noviembre de 2003.
“El turismo: espacio de diálogo intercultural”
Introducción
¿Es el concepto de autenticidad un punto relevante para los estudios sobre
turismo y etnicidad? ¿Es esta noción un tema clave cuando abordamos las relaciones
entre turistas y comunidades locales? Durante largo tiempo, y en particular
desde las conceptualizaciones de Dean MacCannell, este concepto ha merecido
una larga atención. En este trabajo, busco analizar cuáles son las consecuencias
teóricas de este abordaje, y cuales son las ventajas y desventajas de su uso.
Etnicidades, construcciones y reconstrucciones
Según Dean MacCannell (1988)
una de las principales tendencias del turismo es fomentar “la restauración,
la conservación y la recreación ficticia de los atributos étnicos” de ciertos
grupos. Las identidades étnicas surgidas en respuesta son clasificadas por MacCannell
como “etnicidad reconstruida”, a la que define como “formas étnicas conservadas
y mantenidas para la diversión de un grupo étnico distinto”. Para MacCannell,
estas formas se dan en tanto “todos los grupos del mundo están situados en una
red de interacciones global”; por lo tanto, estamos frente a una “expresión
simbólica orientada hacia un fin y (...) un valor de uso dentro del sistema
global”.
La hipótesis de fondo de MacCannell es que lo que motiva al turista a desplazarse
es el deseo de experimentar “interacciones auténticas” con otros, durante las
cuales pueda acceder a ver la vida cotidiana en un entorno diferente.
Efectivamente, la conservación de atributos de ciertos grupos étnicos es,
en buena parte, comprensible en relación con la interacción con los turistas.
Estos últimos reclaman un tipo de “autenticidad” que, por supuesto, se define
por su grado de relación con la definición que ellos mismos traen de autenticidad.
Como quieren comprar objetos “auténticos”, deben comprárselos a vendedores “auténticos”;
desde ya, la autenticidad responde a un catálogo previo de características definidas
por las representaciones sociales sobre los grupos indígenas. De todos modos,
parece claro que turistas y nativos comparten una serie de imágenes “naturalizadas”
sobre ciertos imaginarios.
Para explicar el uso del concepto de autencidad en el marco de las comunidades
locales, MacCannell (1976) trabaja con las nociones de “back” y “front” de Erwin
Goffman. Éste último concepto hace referencia a lo que se muestra a los visitantes;
en el caso de las comunidades locales, ese espacio es donde se toma contacto
con el turista. Por lo general, esto se reduce al área de servicios, como hoteles,
lugares donde se sirve comida o se venden diferentes productos. El “back”, por
su parte, refiere a las zonas privadas de la vida de los nativos, que quedan
lejos de la vista de los turistas.
Al igual que en la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, la hipótesis
que sustenta la división entre back y front es que nos comportamos de manera
diferente en cada ambiente, según lo consideremos público o privado.
De acuerdo a MacCannell, el turista desea acceder a esa vida “auténtica”
del nativo, pero jamás consigue ese objetivo, ya que ese entorno sólo se da
en el back, lejos de la mirada de los visitantes. Por lo tanto, los turistas
sólo tendrán acceso a una experiencia desprovista de autenticidad, y que se
encuentra armada con fines turísticos y comerciales.
Extrañamiento y similitud
En una visita que hice hace algunos años a la ciudad de Otavalo, en Ecuador,
mi primera mirada se dirigió, como en el caso de todos los turistas, a sus puestos
de venta de artesanías “típicas”. Pero al quedarme a pasar la noche allí, encontré
que esos mismos indígenas que por la mañana vendían ropa ataviados con sus vestimentas
“tradicionales”, por la noche estaban en los bares de la ciudad, vestidos con
jeans y zapatillas, mientras bailaban escuchando Daft Punk y Gilda. Cuando contaba
este hecho en mis clases, solía recibir comentarios de mis alumnos, en donde
se calificaba de “falsos” a estos indígenas, por no vestir siempre de la manera
en que imaginamos se deberían vestir.
¿Porqué nos extrañan estos “nativos”, que parecen ser llamativa e incómodamente
similares a nosotros? Qué utilizan categorías similares de pensamiento, que
quieren los mismos objetos simbólicos que nosotros y les atribuyen significados
parecidos...
En primer lugar, porque no encontramos la diferencia naturalizada que esperábamos
encontrar. Y somos presa del “efecto Squanto” del que habla Clifford. “Squanto
fue el indio que dio la bienvenida a los peregrinos en 1620 en Plymouth, Massachussets,
que los ayudó a atravesar el duro invierno y que hablaba buen inglés. Para imaginar
el efecto cabal de ese encuentro , hay que recordar como en era el “Nuevo Mundo”
en 1620: se podía oler los pinos desde el mar, a noventa kilómetros de la costa.
Piense en lo que fue llegar a un nuevo lugar como ese y tener la pavorosa experiencia
de toparse con un patuxet que acababa de regresar de Europa. Un nativo que desconcierta
por lo híbrido, encontrado en los confines de la tierra, extrañamente familiar
y distinto por esa misma familiaridad no procesada” (Clifford, 1999).
El impacto del "efecto Squanto" no se da por el extrañamiento frente a la
percepción de la diferencia sino que se produce en la dificultad de integrar
en un nuevo marco de comprensión el no encuentro de la figura naturalizada del
nativo como representante de lo "local" y que, por definición, debería ser completamente
diferente a nosotros. El turismo étnico en cierta medida tranquiliza cuando
promete conocer "nativos"; el turista sabe que encontrará "otros". El problema
es cuando las diferencias que debían aparecer no lo hacen, y nos vemos obligados
a reflexionar sobre los cruces e hibridaciones culturales. No se trata aquí
de hacer reflexiones apresuradas sobre el poder de la "globalización". Más bien,
el punto clave es como nuestros imaginarios sobre el otro están completamente
desligados de la ciertas prácticas.
En segundo lugar, parece que somos casi incapaces de pensar lo “nativo”
como algo que esté más allá de la simple pureza de lo autóctono. Por un lado,
enfatizamos el carácter relacional y no esencialista de la construcción de la
identidad y de la alteridad; pero, por otro, la identidad naturalizada de nativos
y turistas vuelve a aparecer cuando MacCannell sostiene que la identidad de
los nativos frente a los turistas es “artificial”. En el fondo, la posición
de MacCannell es muy problemática: ¿cómo sostener que el turismo contribuye
al mantenimiento “artificial” de la identidad? ¿Acaso esa recreación de la identidad,
esa conservación, no se da en términos relacionales con los turistas y con el
mercado? ¿Hay formas de construir identidades por fuera de los sistemas políticos,
económicos y sociales hegemónicos?
En tanto una de las fuerzas sociales y económicas de mayor peso en la vida
de ciertas comunidades locales, el turismo es parte del contexto que rodea la
construcción de identidades. Por lo tanto, suena forzado separarlo como una
fuerza casi independiente. Más bien, deberíamos articularlo con otros tipos
de movilidades y flujos comunicaciones, que van desde los medios globales hasta
la progresiva extensión de Internet.
Para Barth (1976) "la persistencia de los grupos étnicos implica no sólo
criterios y señales de identificación, sino también estructuras de interacción
que permitan la interacción que permitan la persistencia de las diferencias
culturales". Así, ciertos rasgos como la vestimenta, el lenguaje o los valores
morales utilizados para juzgar ciertas situaciones" se convierten en signos
cuando se aplican a la función de señalar la identidad frente a las personas
extrañas" (Peña-Marín, 1995). En tanto representaciones compartidas entre nativos
y turistas, el uso de ciertos signos por parte de los otavaleños los diferencia
de los extraños, y los "autentifica".
Esos signos son, sin embargo, relacionales, y sólo se comprenden en la interacción
con los “otros”. En este sentido, en el texto de MacCannell el turismo aparece
como una fuerza demasiado “externa” y aislada, lo que, por un lado, impide focalizar
la cuestión del uso de reglas por parte de turistas y nativos, y por otro presenta
problemas para integrar la cuestión del viaje en esquemas más amplios de análisis
de lo global.
El concepto de lo "auténtico"
La noción de autenticidad es tal cuando se relaciona con una representación
compartida entre turistas y “nativos”. Presos de una dominación simbólica bajo
la cual sólo son “auténticos” cuando son como los turistas los imaginan, los
otavaleños serían, en una visión demasiado ingenua, “como quieren” cuando están
fuera de la mirada directa de los compradores. Convengamos en que no parece
esta una conclusión demasiado interesante. Cuando están en jeans, remeras y
zapatillas los otavaleños son tan participantes de los procesos de dominación
simbólica como antes, salvo que sostengamos que los otavaleños eligen vestirse
de forma tan “occidental” porque lo seleccionan libremente, parafraseando a
Fiske, en el mercado de la “democracia semiótica de las identidades”. Su forma
de vestir cuando están en sus tiempos libres fuera del trabajo es una reelaboración
de la forma de vestir de muchos jóvenes en occidente, de la misma manera en
que lo son sus vestimentas típicas con respecto a las ropas españolas.
A pesar de definir la etnicidad como “un producto de las interacciones entre
los grupos”, MacCannell en ningún momento focaliza la cuestión de las reglas
–que ocupaba un lugar central en la teoría de Goffman.
Por ejemplo, para Bourdieu, el uso de las reglas es producto de la interacción
entre campo y habitus, una de las consecuencias de este planteo es eliminar
la cuestión de la “autenticidad” y la “falsedad” como categorías ontológicas.
Cuando concurrimos a buscar trabajo, podemos vestirnos de una forma que no nos
es habitual. Pero lo hacemos en tanto sabemos que se espera esa actitud de nosotros.
En términos de campo y de mercado, esta actitud es “lógica” y “natural”, aunque
podamos analizarla críticamente en términos políticos e ideológicos. El problema
con los nativos es que su imagen se encuentra tan “naturalizada” que, en términos
de sentido común, que algunas de sus prácticas –en este caso, vestirse con ropas
“occidentales”- aparece como un “falsificación” y no como una construcción con
reglas propias y comprensibles dentro de un campo determinado de interacción
y sentido.
Evidentemente, habría que integrar un concepto como performance al análisis.
Mientras que en nuestra vida cotidiana ciertas “actuaciones” se encuentran naturalizadas
y no son vistas como parte de una performance, la interacción entre nativos
y turistas es falsa, en tanto los indígenas “actúan”. O sea, su performance
no está naturalizada en tanto no concuerda con la concepción auténtica del nativo.
Las identidades reconstruidas y el turismo
Hablar de "etnicidad reconstruida" para clasificar las etnicidades "causadas"
por el marco ideológico del turismo implica aislar este fenómeno y pensarlo
como completamente diferentes de otras condiciones político-económicas del capitalismo.
Según MacCannell, el turismo convierte al grupo étnico en una "cosa", en una
imagen fija de sí mismo; en un objeto de museo, en suma. Sin embargo, así operan
las representaciones: fijando, delimitando las significaciones posibles de los
signos. En el modelo de MacCannell el turismo aparece como una fuerza externa,
que "fosiliza" las prácticas de los nativos. Así, los nativos y los turistas
son incapaces de toda reflexividad.
En el caso del turismo étnico, la imagen que los nativos muestran a los
turistas es ante todo un producto de un proceso relacional, por el cual estos
construyen una representación de sentido común. Y ésta debe satisfacer tanto
los requerimientos del turista como la propia necesidad de la población nativa
de constituirse como un atractivo turístico interesante. El hecho de que los
pobladores locales reserven un espacio para estar lejos de la mirada de los
turistas –espacio que paradójicamente usan para desenvolverse a la manera “occidental”-
es ante todo un problema ligado a las determinadas reglas de interacción, y
no tanto un problema de autenticidad o falta de ella.
Sin embargo, la idea de pensar al turismo como un marco ideológico es un
buen punto para pensar la tensión global – local. Reconocer, casi como sentido
común académico, que no existen esencias y que las diferencias entre pueblos,
grupos étnicos y culturas son rasgos diacríticos cuyo sentido varía según el
esquema social que los explique, implica integrar esos rasgos en marcos narrativos
en los cuales esas significaciones adquieren sentido en relación con las representaciones
sociales hegemónicas en el campo social. Comprender que asumir paradigma narrativo
necesariamente lleva al reconocimiento de la imposibilidad de crear enunciados
generales sobre al condición humana (Mumby, 1997) no debe evitar reconocer que
estas representaciones se presentan en el sentido común como verdades sobre
el mundo; o sea, como clasificaciones objetivas sobre la realidad.
Por ello, sorprende encontrar este uso de clasificaciones de sentido común
en el campo académico. Al plantear al nativo y al turista como sujetos completamente
incapaces de reflexionar sobre la construcción de sentido y las reglas en las
que están insertos, se vuelve a aplicar el modelo con el que antes eran pensadas
las clases populares. Incapaces de toda reflexividad, los turistas y nativos
no pueden ir jamás allá de la propia “realidad”. En ese sentido, esta parece
ser la principal diferencia con el viajero, un sujeto reflexivo que es capaz
de separarse de lo “meramente real”, pero que en realidad lo hace, en muchas
ocasiones, a partir de definiciones que apelan al “exotismo” y la naturalización
de la diferencia. La división turista-nativo, por un lado, y viajero, por otro,
reproduce la división tradicional entre alta y baja cultura y se acerca peligrosamente
al modelo de la literatura de viajes del siglo pasado, entre un viajero “ilustrado”
y un nativo “salvaje”, salvo que ahora el turista, otro modelo “occidental”
viene también a cumplir el papel de “tonto cultural”.
Plantear que turistas y nativos
son sujetos reflexivos no implica celebrar acríticamente el turismo sino modificar
las pautas de discusión, a partir de la crítica de conceptos del sentido común.
Si el turismo, como marco ideológico, produce narrativas discriminatorias hacia
los grupos menos favorecidos; si reconstruye las historias de los pueblos de
forma hipersimplificada; si disfraza de “exotismo” y “magia” lo que en realidad
debe ser analizado en términos políticos, histórico y económico, entonces el
turismo debe ser pensado en relación con el sistema capitalista de la misma
forma en que las narrativas turísticas sobre el “resto del mundo” deben ser
estudiadas en relación con la literatura de viajes y los medios, en series diacrónicas
de largo plazo. Plantear al turismo como marco no implica establecer que las
identidades que “crea” (si es que lo hace) deban ser clasificadas como conceptualmente
nuevas; es evidente que en las narrativas turísticas se escuchan ecos de las
viejas construcciones imperialistas que el centro ha hecho sobre la periferia,
por ejemplo.
Conclusiones
La crítica académica del sentido común y de las formas esenciales de construir
la identidad adolecen, en muchos casos, de una notoria ausencia de reflexividad.
No sólo a las dificultades de autoaplicarse los instrumentos analíticos que
el mismo campo académico ha formulado (Wacquant, 1995) sino también muestra
evidentes dificultades para plantear en términos sistemáticos la crítica a los
conceptos “irreflexivos” de sentido común.
La teoría poscolonial ha planteado desde hace largo tiempo una extensa serie
de críticas al concepto de nativo en el que se sustentó la antropología tradicional.
Dicha crítica, política e ideológicamente necesaria, analizó como el “nativo”
era construido como un sujeto “no occidental”, presunto representante de “verdaderas
tradiciones locales”, pero a quien jamás se le daba la palabra si no era a través
de la medicación del etnógrafo (Clifford, 1995). El nativo como construcción
de Occidente era, desde ya, una de las representaciones que legitimaba el dominio
y la opresión sobre los pueblos colonizados. Sin hacer paralelos en términos
políticos, la visión naturalizada del turista como un sujeto decididamente tonto
no hace más que retomar ciertas conceptualizaciones de sentido común e institucionalizarlas
en la academia. El turista como “tonto cultural” justifica que sus prácticas
no sean estudiadas en tanto no son relevantes y a que sus actividades sean condenadas
a un mero reflejo de los deseos del mercado. A ser subsumidas, ya, en el modelo
del espectáculo, en donde todos los significados ya están planeados de antemano
y en donde los sujetos sólo ocupan su lugar. Tal vez Disney sea así, pero “disneylandizar”
todos los estudios sobre turismo como si el parque temático fuera la sinécdoque
del mundo es bastante ridículo.
Criticar las nociones de sentido común implica desencializar al turista
y al viajero, estudiar sus prácticas, retomar las configuraciones políticas
y sociales que convierten al turismo en un objeto de estudio relevante. En cierto
momento, aclaré que no estaba haciendo un paralelo entre la necesidad de deconstruir
las nociones de “nativo” y “turista” en tanto, evidentemente, las consecuencias
políticas de ambas construcciones han sido completemente diferentes, y mucho
más dramáticas y brutales en el caso de quienes han sido colocados en el nicho
de los "nativos”. Sin embargo, por debajo, el movimiento político naturaliza
otro punto de vista académico: el nativo, como oprimido, se merece nuestra solidaridad
y esfuerzo; el turista, como representante de un capitalismo injusto, se merece
ser construido como un representante de lo que odiamos. Los paralelos con la
vieja imagen del televidente, preso de las industrias culturales que el campo
de la comunicación supo demonizar alguna vez, son evidentes.
Bibliografía
Barth, Fredik
(1976) "Introducción" en Los grupos étnicos y sus fronteras. México,
Fonde de Cultura Económica.
Clifford, James
(1999) "Culturas viajeras" en Itinerarios transculturales. Barcelona,
Gedisa.
Clifford, James
(1995) "Sobre la autoridad etnográfica" en Dilemas de la Cultura. Antropología,
literatura y arte desde la perspectiva posmoderna. Barcelona: Gedisa.
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(1996) "This question of moving" en Questions of travel. Postmodern disourses
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Lash, Scott
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MacCannell,
Dean (1988) "Turismo e identidad cultural" en Todorov, T. y otros Cruce
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MacCannell,
Dean (1976) "Staged Authenticity" en The Tourist. A new Theory of a leisure
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Cristina (1995) "Emociones colectivas. Las naciones como verdad y como construcción"
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sobre metodologías de investigación en Ciencias Sociales y comunicación.
Lima, Fondo de Desarrollo Editorial, Universidad de Lima.
Wacquant, Loic
(1995) "Introducción" en Bourdieu, Pierre y Loic Wacquant Respuestas. Por
una antropología reflexiva. México, Grijalbo.
[1] Docente
de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales,
Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como JTP de Teoría y Práctica de la
Comunicación II, cátedra Martini, y dicta el seminario “Comunicación, viajes
y representaciones sociales”. Mail: gobbi@mail.retina.ar
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